España - Valencia

Concierto Barroco

Vicent Guillem

martes, 29 de abril de 2008
Valencia, martes, 15 de abril de 2008. Palau de la Música de Valencia. Sala Rodrigo. Zefiro Baroque Orchesta. Alfredo Bernardini, director. Obras de Tomaso Albinoni, Concierto, op. 9 nº 3 en la mayor para dos oboes, cuerda y bajo continuo, Concierto, op. 9 en do mayor para dos oboes, cuerda y b. c. Antonio Vivaldi, Concierto RV 484 en mi menor para fagot, cuerda y b. c., Concierto RV 545 en sol mayor para oboe, fagot, cuerda y b. c.; Baldassarre Galuppi, Concierto en sol menor para cuerda y b. c.; Diogenio Bigaglia, Concierto en si bemol mayor para oboe, cuerda y bajo continuo; Alessandro Marcello, Concierto nº 6 en sol mayor, de la colección “La Cetra”, para dos oboes, cuerda y b. c.; G. Benedetto Platti, Concierto en sol menor para oboe, cuerda y b. c. Ciclo de Música Antigua, Clásica y Barroca. Aforo: 85%
No puedo evitar, cuando asisto a un concierto de las características del que ahora les comento, pensar algunas veces en Alejo Carpentier y en la visión que, sobre esta época y su música, expresara, clarividente, en ese libro de pequeño formato llamado Concierto Barroco. ¡Qué intuición la suya! Qué conocimiento, además, de lo que en verdad se esconde tras las formas que vuelan, es decir, tras la música barroca. Y es que, la realidad, la praxis interpretativa y el espíritu de esta música, tal y como hoy se entienden, se encuentran sorprendentemente próximos en el fondo a lo que un día imaginó en esta curiosa novela el gran escritor y musicólogo cubano, de aquél delirante concerto grosso interpretado por Antonio Vivaldi, Domenico Scarlatti y Jorge Federico Haendel, ayudados por Filomeno en la percusión y por las discípulas de Antonio.

Fallecido en 1980, Alejo, apenas pudo disfrutar de la segunda revolución del llamado movimiento historicista, protagonizada por el ínclito Reinhard Goebel y su Musica Antiqua Köln, y simbolizada, sobre todo, por su extraordinaria lectura de los Brandenburgische Konzerte, grabada a mediados de los ochenta. Un paso imprescindible éste que posibilitó a su vez el nacimiento de, entre otros muchos, de Europa Galante, Il Giardino Armonico, Concerto Italiano…

¡Cómo hubiera disfrutado de haber escuchado la forma con la que Zéfiro interpretó a sus queridos Albinoni, Vivaldi, Galuppi, A. Marcello, Platti! La formación italiana, pocos instantes después de haber atacado el primer movimiento del Concierto en fa mayor para dos oboes, cuerda y bajo continuo de Albinoni, op. 9 nº3, que abría el programa, estaba ya a pleno rendimiento. Desde luego, hubiera reconocido enseguida esa energía que él mismo intuyera y con la que se construyeron los allegros y su movimiento perpetuo, el ritmo y carácter danzable, su cantabilidad, ese contagioso swing tan típicamente nuestro (de hoy, no de hace tres siglos). Se hubiera emocionado sin duda con los movimientos lentos, adagios y andantes, que, con su delicadeza y lirismo, aportaban al conjunto el equilibrio y la simetría necesarios.

Quizá se hubiera frotado los ojos -los oídos debería de decir-, incrédulo, ante la claridad con que se podían escuchar los diálogos entre los solistas, violines, oboes y fagot, bien instalados sobre el son, empeñoso y constante, de un bajo continuo que, integrado por una tiorba, un clave, un chelo y un contrabajo, elaboraba el sustento armónico-rítmico imprescindible. Tampoco hubiera pasado por alto el virtuosismo de los músicos, sobre todo, de los solistas, en especial Alfredo Bernardini, oboísta, que a su vez hacía las veces de director, y los hermanos Grazzi, Paolo, oboe, y Alberto, fagot. ¿Y para qué hablar de la tímbrica? De la belleza del sonido de los llamados instrumentos originales, de su relieve casi matérico, ‘táctil’. Hubiera pensado, tal vez, que aquello era un milagro.

Puestos a imaginar, prefiero creer que, ante los eventuales problemas de afinación de la tiorba, evidentes en algunos de los conciertos interpretados -el de Baldassare Galuppi, especialmente, quedó un tanto perjudicado por ello-, se habría mostrado comprensivo, sabedor de que éste era el precio que en ocasiones había que pagar por semejante deleite -dos veces, una en cada parte del concierto, los músicos debieron de afinar sus instrumentos. Y, desde luego, como todos los asistentes que lo pudimos saborear, también hubiera salido del concierto, de la Sala Rodrigo, congraciado con el mundo y con una sonrisa de oreja a oreja. Emocionado, asimismo, al comprobar cómo esa música tan querida, tan ligera y tan apasionada a la vez, tan colorista, que un día él imaginara, se había instalado entre nosotros convirtiéndose en uno de los pocos reductos todavía con vida que existían dentro de la llamada música culta.

Sólo una cosa le hubiera resultado inexplicable. Que en el programa de mano correspondiente, ni se incluyeran unas notas explicativas -un género literario, éste, que él apreciaba y en el que, por cierto, era un verdadero maestro-, ni que tampoco figurasen en él los nombres de los músicos. Este detalle, seguro, le habría dejado un tanto perplejo.

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