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Tiempo de Recerca

Isabel Rocha Barral

jueves, 5 de junio de 2008
Diego Ortiz, Recercadas del Tratado de Glosas (1553). La Reverencia: Paloma Gallego, soprano; Lluís Coll, corneto; Jorge Miró, Ruth Robles y Viviana González, violas da gamba; Pedro Jesús Gómez, vihuela y guitarra; Emmanuelle Cassard, arpa tripla; Miguel Ángel Orero, percusiones; Andrés Alberto Gómez, clave, órgano y dirección. Un disco compacto DDD de 55’28 minutos de duración, grabado los días 23 a 25 de julio de 2007 en la Capilla del Rosario de Chinchilla (Albacete), por Arturo Moya y Pascual Lorenzo. Several Records SRD 359.
Están todas, todas las Recercadas. Gran reto: o eso o nada. Al conjunto muy respetable llamado “La Reverencia” hay que aplaudirle: su participación en el Volumen I de la colección “Castilla La Mancha Antiqua” es un trabajo de un esfuerzo difícil de imaginar. No son partituras abiertas, como si un conjunto de músicos (con tanta o más ambición, naturalmente) se impusiera la tarea de dominar la integral de los cuartetos de cuerda de un Mendelssohn o un Dvorák, por dar un ejemplo de excelencia muy conocido y no tan comprometido por la cantidad -como ocurriría si se tratara de Haydn o Mozart-.

Aquí, decir que no se trata de partituras abiertas no quiere dar a entender que las Recercadas constituyan un arcano lleno de misterios o tabúes. Para eso se tiene la suerte de disponer letra por letra, frase por frase, de las explicaciones del bueno de Diego Ortiz en su Tratado de Glosas publicado en 1553, y de cuya reproducción del facsímil podemos disfrutar hoy, gracias a la editorial alemana Bärenreiter, nada menos que desde el año 1936 (hace la friolera de 72 años).

Sí es cierto, no obstante, que el estilo se las trae. Las Recercadas son 27 piezas divididas en cuatro géneros. Uno de ellos consta de dos madrigales “O felice occhi miei” de Jacob Arcadelt, y “Doulce memoire”, de Pierre Sandrin. Ambos están, en el libro de Ortiz, presentados en el formato estricto de polifonía vocal en estado puro, con las cuatro voces y el texto correspondiente bajo cada una de ellas, y a su presencia en este caso le es asignada la función de encabezar como precedente, las cuatro variantes glosadas de cada uno de los dos.
Si los dos madrigales se hubiesen querido incluir, no podrían haber tenido cabida en el CD. A la vez, dicha inclusión hubiera conllevado la obligación de un orden estricto, esto es, aquél que el propio Ortiz sugiere con precisión en su Tratado, que no responde a la razón de ser de dicho libro. No son “Estudios”, en cuyo caso se hallaría fuertemente incorporada una intencionalidad “secuenciadora”, es decir, de más fácil a más difícil, de forma gradual, a la que sí se acostumbraron los músicos que se formaron después del siglo XVIII, hasta la actualidad.

Dicho todo ello, se puede uno preguntar: ¿Hacía falta mezclarlas todas? Tanto como hacer falta no es exacto, pero sí -por supuesto- que es legítimo, teniendo en cuenta que en esta música, de la que se ha dicho que el estilo se las trae, la permisividad ofrece todo lo imaginado y lo nunca imaginado. En el caso que nos atañe, la combinación “arbitraria” en el orden de selección de todas las recercadas, ayuda a que la tensión y curiosidad que suscita esta música se mantenga gracias a los contrastes conseguidos precisamente por aquella arbitrariedad, que -escrita entre comillas- no es sino todo un sabio e ingenioso proceder.

De todas maneras, se debería reconocer que la polifonía de Ortiz en sus dos madrigales es casi lo más bello de todo el Tratado. A propósito, ¿es bella, esta música, o presta un servicio más eficaz a todo lo que de interesante y curiosamente sugestivo puede ofrecer, acrecentado por un sello de originalidad? Yo creo que es apasionante, y siendo esto una opinión subjetiva, no está de más reconocer que pueda haber quien no se sienta atraído por esa clase de discurso contrapuntístico.

En líneas generales, “La Reverencia” parece que haya querido imponerse un embellecimiento exagerado, sin desmerecer por ello un resultado más que brillante: es aquí donde yo encuentro a faltar los madrigales. Por dos veces, la participación de las voces humanas en disposición polifónica podrían quizás haber conferido a todo el conjunto una mayor calma, y así, haber proporcionado más ocasiones de facilitar unas tomas de aliento, que hubieran evitado la sensación de premura las más de las veces, un “tempo” implacable se convierte en una imposición, como si se tuviera miedo de fallar al rigor rítmico.

Excelentes instrumentistas todos, especialmente en determinadas obras, para las que no encuentro razón alguna que me indujera a tener que silenciarlas, como son la Recercada Primera de “Doulce memoire”, la Folía (Recercada Octava), la Recercada Segunda de “O felice occhi miei”, la Primera también de esta última con el clave en solitario, o la Tercera de “La Spagna”. También una de las partes más interesantes del Tratado se halla en el primer grupo, con las cuatro Recercadas para viola sola: Ruth Robles merece un “quitarse el sombrero”. Aunque no como mera crítica y sí más a tono como simple consideración, podría haber enriquecido el fraseo, con unos acentos y articulación más atrevidos. Personalidad no le falta.

¿Porqué tan interesante este grupo con la viola en solitario? Por algo muy sencillo: resulta fascinante ir reconociendo, a lo largo de toda la trayectoria de la obra de Ortiz, las fórmulas, patrones, recorridos peculiares, en fin, cláusulas que parecen inocentes en sus planteamientos iniciales, y cuyo desarrollo se va convirtiendo en un entrelazado de variantes contrapuntísticas, reforzadas por destellos acertadísimos de los timbres, y todo ello en unos niveles de intensidad de alto voltaje.

Ortiz convierte a sus intérpretes en artesanos, compositores, virtuosos, y también en poetas, si logran -además de la exigencia de unos comprometidos malabarismos en el terreno instrumental- concentrarse en las nostálgicas y amorosas sugerencias de las palabras de ambos madrigales “O felice occhi miei” y “Doulce memoire”. Creo sinceramente que estas dos piezas polifónicas, en todo este tratado, actúan de piedra angular; e incluso el armonioso equilibrio que destilan hubiera mitigado esa especie de litigio instrumental, que sin faltarle eficacia, le lleva a uno -a veces, como antes al hablar de la premura- a pedir todo lo contrario: sencillamente ¡respirad más hondo!

Este disco ha sido enviado para su recensión por Several Records

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