Ópera y Teatro musical

Más calavera que gallardo

Delfín Colomé (1947-2008)

lunes, 12 de mayo de 2008
Cuando Pinkerton –hacia 1900- seduce a la ingenua Cio Cio San, Japón estaba viviendo la que se ha denominado época Meiji, que va desde la proclamación, en 1868, del príncipe Mutsuhito como 122º Emperador del Imperio del Sol Naciente (quien adopta el revelador nombre de Meiji -gobernante ilustrado), hasta su fallecimiento, en 1912. Se trata de un período en el que Japón experimenta una verdadera evolución –ya que no revolución, propiamente dicha- política y social que lo conduce hasta la modernidad.

Una de sus características más importantes –que resulta clave para entender los avances que a su aire se producirán- es su apertura al exterior, rompiendo el aislacionismo en que se había encerrado, a cal y canto, desde mediados del siglo XVII. Esta cerrazón, practicada totalmente a la defensiva y que llegó, incluso, a prohibir la lectura de libros occidentales, sólo se había quebrado por esporádicas expediciones comerciales de holandeses, chinos y de algunos misioneros europeos.

Durante la primera mitad del siglo XIX, Japón sufrió considerables dificultades. La economía totalmente autárquica iba empeorando gradualmente, las cosechas (entre 1824 y 1832) fueron desastrosas y entre 1833 y 1836 el hambre diezmó una buena parte de la población, severamente castigada también por epidemias de viruela y cólera. Todo ello llevó a una situación de grave malestar social que ayudó al fermento de movimientos revolucionarios como el de la “mejora del mundo” o el de los “motines destructores”.

Estas circunstancias empezaron a generar la duda de si el aislacionismo secular, en vez de preservar el país, no iba a conducirlo al caos; con lo que una de las prioridades del Gobierno de Su Majestad Imperial Meiji fue encontrar para Japón el lugar que le correspondía en la comunidad internacional, no sólo abriéndose al exterior, sino compitiendo con Occidente para convertirse –según insistía machaconamente un eslogan de la época- en un “país rico y fuerte”; y aunque no faltaban samurais que exigieran pura y simplemente que no se negociara con los “bárbaros”, muchos ilustrados –algunos de ellos habían viajado a Occidente- propugnaban que se aprovechara la técnica occidental debidamente maridada con el espíritu japonés.

En este proceso hay un hecho clave, todavía anterior a la época Meiji, que sucede en 1853: la llegada de los “buques negros” del Comodoro Matthew C. Perry. Pocos años antes, en 1846, otro barco americano, comandado por James Biddle, había arribado a la bahía de Edo, con la intención de negociar un tratado comercial. Los estadounidenses, con su incipiente marina, surcaban ya esas aguas desde finales del siglo anterior, traficaban ventajosamente con Shanghai y cazaban ballenas en el Pacífico Norte, por lo que sus rutas entre San Francisco y China necesitaban una escala intermedia que Japón podía brindar. Pero había que lograr el acceso a sus puertos, vedado por el aislacionismo que permitía incluso disparar contra cualquiera nave que osara vulnerarlo. Biddle no sólo fracasó en su intento, sino que, además, recibió un trato humillante.



Por ello, Perry cambió de estrategia: se plantó con sus buques –verdaderas máquinas de guerra cuya avanzada tecnología aterró a los locales- en Usaga y, con aires amenazantes, entregó una carta de puño y letra del Presidente de los Estados Unidos en la que exigía que se llegara a un acuerdo de aprovisionamiento en determinados puertos y de disfrute del derecho de atracar y comerciar.

Con más palo que zanahoria, Perry –después de dar a su contraparte un año para que se lo pensara- regresa a Japón en 1854 y concluye un tratado tremendamente leonino. Por supuesto, en favor de los Estados Unidos. Firmado en Kanagawa, prevé los derechos de atraque y comercio, con acceso a los puertos de Hakodate y Shimoda, y admite la jurisdicción extraterritorial para los Consulados de Estados Unidos.

Abierta la puerta, Inglaterra, Rusia, Holanda y Francia siguen los pasos de EEUU y fuerzan, ante un gobierno nipón muy debilitado por la situación interna, una serie de acuerdos que abren las puertas de Kanagawa, Kobe, Nagasaki y Niigata. Pero no sólo eso: los avasalladores bárbaros se atribuyen el control absoluto sobre los derechos de aduana (exportación e importación), lo que cercena en gran manera la competitividad de los productos japoneses.

Son los históricamente conocidos con el vergonzante nombre de “tratados desiguales”, por las desventajas diferenciales que acarreaban en contra de la parte japonesa. La corrección –a través de la re-negociación– de esos desequilibrados instrumentos bilaterales, será una constante de toda la época Meiji, cuyo deseo de independencia en la política exterior tenía que pasar, forzosamente, por un reajuste de tales “desigualdades”.

En medio de estos despropósitos, se produce uno más. Por mantener una arraigada tradición, la paridad oro/plata era en Japón –en esa época– de 1 a 5, mientras que en el mercado internacional el cambio era de 1 a 15 -¡tres veces más! Los especuladores occidentales, al descubrirlo, hicieron su agosto, al tiempo que provocaron en un abrir y cerrar de ojos la desaparición de cien mil lingotes de oro.


Boda en la época Meiji

Con todo, la época Meiji supuso –a través de esas problemáticas aperturas– notables avances. Hubo un verdadero Aufklärung intelectual, se estableció un sistema tributario moderno y se dió un notable empuje a la educación. Pensemos que en la época de nuestra ópera, la tasa de escolaridad primaria se acercaba al 98%, cuando en muchos países europeos era todavía misérrima. El sistema social se vió positivamente alterado. Aparecieron los primeros partidos políticos, consagrados en la Constitución de 1889. Desapareció el sistema de clases sociales: los parias dejaron de serlo, legalmente, en 1871. Se estableció un registro civil unificado y se autorizaron los matrimonios con extranjeros.

Y, en esas, Pinkerton, más calavera que gallardo, llega a Nagasaki.

Los libretistas de Puccini, Giuseppe Giacosa y Luigi Illica supieron traducir escénicamente, con notable acierto, las circunstancias en que Japón se encontraba en aquel momento, encajando a los personajes de la ópera para que hicieran perfecto juego con el telón socio-histórico de fondo que he descrito en las páginas anteriores.

Así, Pinkerton es el símbolo mas concluyente de la prepotencia yanqui. Si Perry tenia cañoneras, Pinkerton es un guaperas abusón que sabe cómo beneficiarse de los tratados desiguales, cualquiera que sea su naturaleza jurídica: “En este país las casas y los contratos son elásticos”, le comenta al Cónsul Sharpless al mostrarle su hogar pretendidamente conyugal. Y le confía: “He comprado la casa para 999 años, pero puedo cancelar el contrato cada més. ¡Es fantástico!”. “Y el hombre experto lo aprovecha” apostilla el Cónsul, justificando con una sonrisa conmiserativa el flagrante abuso.

Pinkerton canta, sin ningun empacho, su filosofía en una bella arietta: “Por el ancho mundo / el yanqui vagabundea / gozando y traficando / despreciando el riesgo”. A lo que el Cónsul, en contrapunto, le opone, muy institucional que “éste es un credo muy banal... que entristece el corazón”.

Y cuando le pregunta a Pinkerton si la novia es bella, éste no sólo le responde “como los rayos de una estrella de oro”, sino que añade, “y me sale casi gratis: solo cien yenes” -que, seguramente, había obtenido a precio ridículo, usando el provechoso cambio de plata y oro, al que antes aludía.

El cinismo de Pinkerton hace intuir al Cónsul que todo aquello puede acabar como el rosario de la aurora. Por ello le recrimina que “no es bueno jugar con el confiado corazón de una muchacha” –recordemos que Cio Cio San, a todo esto, sólo tiene quince años... Pero Pinkerton es pertinaz: “Cónsul, eres un buenazo, ¡no me riñas!”; tras lo que, para demostrar sus buenas intenciones a largo plazo le confiesa que, pese a su aventura japonesa, un día se casará “en una boda de verdad con una verdadera esposa americana”. Un sinvergüenza integral, que todavía lo era más en la versión original del estreno que en la definitiva.

No creo que ambos libretistas tuvieran sentimientos anticolonialistas, al menos tal como hoy se entienden. Esas cosas aparecieron, históricamente, mucho más tarde. Pero sí consta que Illica, que fue, en todo caso, un progresista, se documentaba minuciosamente antes de esbozar sus libretos y que Giacosa conocía bien a los americanos, ya que había viajado, en 1891, a Estados Unidos. En todo caso, acertaron a pintar un personaje capaz, desde su prepotencia, de los atropellos más absurdos.


Precisamente, el contraste de ese desparpajo con el candor de Madama Butterfly es uno de los hallazgos de la ópera. Cio Cio San ve en los Estados Unidos de su amado esposo, que asume ya como su propio país, todos los paradigmas que el período Meiji propugnó: modernidad, progreso, libertad, futuro, en definitiva.

“Los dioses japoneses son gordos y perezosos; seguro que los americanos responden con más presteza a los ruegos de quien les implora”, canta Madama Butterfly –que insiste machaconamente en ser llamada Madama Pinkerton.

Y cuando Sharpless acude a verle para leerle la carta del esposo ausente, ésta le espeta: “Bienvenido a una casa americana”, y le ofrece inmediatamente cigarrillos... americanos, claro. Y, para que no quede duda alguna, ha plantado en su altar doméstico –presente en todos los hogares nipones- la bandera de las barras y estrellas.

Y si bien es cierto que el Cónsul Sharpless se preocupa por lo que pueda pasar, tampoco hace nada por evitarlo: su responsabilidad está bien cubierta por la extraterritorialidad.

Ante tanto despropósito, no le queda a Cio Cio San más remedio que buscar refugio en la quintaesencia de sus tradiciones: desenfundar el acero de su padre y hacerse el hara kiri; con lo que los nobles postulados del período Meiji saltan por los aires, hechos añicos. Gajes de la historia.

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