España - Andalucía

Nada ha cambiado

Bardolfo

lunes, 25 de junio de 2001
Sevilla, martes, 19 de junio de 2001. Sala Joaquín Turina. Chopin: Nocturno en Si mayor, op. 32, nº 1. Barcarola en Fa sostenido mayor, op. 60. Berceuse en Re bemol mayor, op. 57. Polonesa-fantasía en La bemol mayor, op. 61. Granados: Valses poéticos. Montsalvatge: Sonatina para Yvette. Albéniz: Iberia (Evocación, El Puerto, El Albaicín). Tango. Alicia de Larrocha, piano. Asistencia: 100%.
Cuando se aproxima a los ochenta años, Alicia de Larrocha sigue siendo fiel a sí misma: peinado, vestuario, actitudes ante el público, nada ha cambiado para esta artista que puede encuadrarse por méritos propios entre los grandes músicos del ya finalizado siglo XX, perteneciente a una distinguida élite de intérpretes que han dedicado su vida a la música haciendo caso omiso de vanidades superfluas y gestos fáciles para atraer al público. Porque de Larrocha, como Giulini, Fonteyn, de los Ángeles u Oistrakh, entre otros muchos, ha sabido ganarse el respeto, la admiración y el cariño de los aficionados y los críticos, como quedó ayer demostrado en la prolongada ovación que estalló en la Sala Joaquín Turina al aparecer la pianista sobre el escenario y en el clima entusiasta que acompañó toda la velada. Y nombrar a los críticos no es gratuito, porque más de uno se partía las manos aplaudiendo.El fraseo elegante, la perfecta regulación de las dinámicas, el legato impecable, el virtuosismo sin exhibiciones, la entrega total, la identificación con el repertorio, todo ello forma parte del arte de Alicia de Larrocha, y de todo ello hubo buenas muestras ayer. Con un programa por el que la artista siente especial afecto, mil veces cultivado pero nunca afrontado con rutina, concentrada ante el piano como si tocara para ella sola, el recital fue pasando del más puro romanticismo, encarnado en cuatro piezas de Chopin que combinaban a medias sensibilidad y tragedia para culminar en la cumbre nacionalista de Albéniz, con tres fragmentos de Iberia, piezas unidas para siempre a la pianista catalana, por colorido, sentido del ritmo y dominio total de las endiabladas partituras de su paisano.Entre ambos autores, otros dos nombres ligados íntimamente a Alicia de Larrocha: Granados, de cuya escuela pianística ella es estandarte, y del que nos ofreció los hermosos Valses poéticos, en una lectura diáfana y seductora, y Montsalvatge, cuya vivaracha y despreocupada Sonatina para Yvette, que capta perfectamente la inocencia y alegría de la niñez de la hija del compositor, fue traducida por esta niña de setenta y siete años con total adecuación y espontaneidad. La serena belleza del Tango de Albéniz puso punto y final a un recital para el recuerdo. Nada ha cambiado. Que siga así por muchos años.

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