España - Galicia

El Rapto de Strehler, o Mozart entre sombras

Hugo Alvarez Domínguez
martes, 3 de junio de 2008
A Coruña, domingo, 25 de mayo de 2008. Palacio de la Ópera. El rapto en el serrallo (Die Entführung aus dem Serail) KV. 384. Singspiel en tres actos de Wolfgang Amadé Mozart. Libreto de J. G. Stephanie sobre un texto de C. F. Bretzener. Dirección escénica: Giorgio Strehler, repuesta por Mattia Testi. Escenografía y Vestuario: Luciano Damiani. Reparto: Laura Aikin (Konstanze), Yi Jie Shi (Belmonte), Bjarni Thor Kristinsson (Osmin), Valentina Farcas (Blöndchen), Gustavo Peña (Pedrillo), Kart-Heinz Macek (Bassa Selim), Marco Merlini (Siervo Mudo). Coro de Cámara de Praga. Director del coro: Jaroslav Brych. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dirección musical: Günter Neuhold
0,000201 El Festival Mozart 2008 ha tenido la feliz idea de presentar en la ciudad dos montajes de ese gran genio del teatro moderno que fue Giorgio Strehler. Y lo mejor de esta función de Die Entführung aus dem Serail fue precisamente poder admirar una producción que, con 43 años a sus espaldas, sigue derrochando elegancia y sentido teatral exquisitos.

Con una escenografía simple, a la par que eficaz y elegante, Strehler se valió de un soberbio uso de la iluminación -precioso el efecto de mostrar a los cantantes como difuminadas sombras chinescas cuando cantan en el primer plano del escenario, quién sabe si queriendo crear algún tipo de monólogos interiores de los personajes, que tal vez sólo dialoguen verdaderamente en las partes habladas, o simplemente para lograr bellos cuadros de enorme plasticidad- para contar la historia con fluidez.

Se enfatizó el carácter cómico de este singspiel, explorando la verdadera personalidad de un Osmín desternillante en su inofensiva maldad, y se incluyen diversas escenas mudas que verdaderamente son un acierto: ver cómo Konstanze carga a Belmonte con su voluminoso equipaje -cinco maletas y la jaula de un pájaro- antes de ser raptada por éste o a ese eunuco mudo -gran intervención de Marco Merlini- dándose cuenta del rapto e intentando inútilmente hacérselo saber a Osmín, son momentos que, inevitablemente, causan la sonrisa del respetable.

Hay que apuntar como curiosidad que el elegante traje del Bassa Selim incluye unas bolas que producen un considerable ruido cada vez que el personaje se mueve por el escenario: parece ser que Strehler quiso darle algún tipo de música a este rol hablado y encontró esta solución, que tal vez pueda ser discutible.

En todo caso, estamos ante un montaje de ópera donde hay verdadero teatro sin faltar al texto original ni en un solo detalle, pero aportando ideas propias que encajan perfectamente, y demuestran el profundo conocimiento y respeto por la obra de su autor; un trabajo genial de esos que hoy apenas quedan. Felicitaciones también a Mattia Testi por la eficaz reposición del trabajo original del finado Strehler.



Valentina Farcas, Gustavo Peña y Laura Aikin
Fotografía © 2008 by Miguel Ángel Fernández


En lo referente a lo musical, se asistió a una versión bastante más interesante que la presentada cinco años atrás por este mismo certamen. No se alcanzaron cotas de excelencia, pero hubo un nivel medio francamente alto. Protagonista absoluto fue el Osmin de Bjarni Thor Kristinsson, que, aunque algo apurado vocalmente -falta rotundidad en el grave y personalidad en la voz-, creó un personaje divertidísimo y se entregó en cuerpo y alma a los mil y un gags que le exigió la regia, divirtiendo al público cada vez que pisaba el escenario.

 Laura Aikin tiene esta ópera muy rodada, habiéndola cantado incluso en el Festival de Salzburgo. No será la soprano dramática de agilidad que demanda Konstanze, pero hoy en día es difícil encontrar una voz de esa tipología, y Aikin es ante todo una buena cantante. Timbre resplandeciente y bien proyectado, y mucha valentía, aunque los graves de su parte -que son más de los que algunos creen- la hayan puesto en algún aprieto, y algún sobreagudo haya sonado un poco tirante. Su versión de ‘Traurigkeit’ fue sin duda su momento cumbre: sobresaliente y cargada de emoción contenida; además, cantó más que dignamente sus dos grandes arias de agilidad, sin demasiados problemas en la afinación. Cautelosa en ‘Ach ich liebte’ e inteligente -supo colocar unas apoyaturas que pueden ser discutibles, pero en este caso fueron necesarias para evitar sorpresas desagradables- en la temida ‘Marten aller arten’.

Grata sorpresa el Belmonte de Yi Jie Shi, un jovencísimo tenor que ha ganado diversos premios el pasado año y que tiene todo lo necesario para hacer una carrera importante en el repertorio mozartiano lírico-ligero: voz grata, con más cuerpo del habitual en este tipo de vocalidad, seguridad en el canto y solo una técnica sobre la que hay que seguir trabajando -el canto legato lo fatiga, como quedó patente en ‘O wie ängstlich’- para redondear su calidad como intérprete. Algo que el tiempo, el trabajo y el estudio le aportarán sin duda. Una carrera cuya evolución conviene seguir muy de cerca.

Más desigual fue la pareja de criados. Por una parte, la Blonde de Valentina Farcas -quien por cierto fue también la Blonde de Salzburgo en el año Mozart, junto a Laura Aikin precisamente- fue el elemento menos convincente. Su voz no tiene especial atractivo y el registro sobreagudo la puso en un par de aprietos notorios y no disimulados. Por el contrario, su enamorado Pedrillo estuvo en manos de un Gustavo Peña que una vez más volvió a hacerse notar en un cometido menor: la línea de canto es excelente y la musicalidad innata; además, se divirtió y divirtió sobre el escenario. Este tenor pide a gritos cometidos de mayor enjundia para terminar de despuntar.

Karl-Heinz Macek cerró la nómina de interpretes componiendo un Bassa Selim solemne, pero de furia adecuadamente contenida, sin excesos innecesarios y articulando el texto con claridad.

Al Coro de Cámara de Praga -un exceso innecesario traer a un conjunto desde tan lejos para una intervención que apenas supera los dos minutos- le faltó tal vez algo de presencia, aunque la afinación y el empaste fueron tan perfectos como es habitual en ellos, y Günther Neuhold ofreció una lectura de la partitura en la que enfatizó la chispeante alegría de vivir que irradia la música -muy sonora en todo momento la característica instrumentación turca-, muy acorde con el concepto de lo que se veía sobre el escenario. Una versión por cierto bien distinta de la ofrecida hace unos años por Jesús López Cobos en este mismo certamen. La Orquesta Sinfónica de Galicia estuvo brillante en todo momento, destacando especialmente el conjunto obbligato en ‘Marten aller arten’, así como la claridad sonora de la sección de cuerda, impecable.
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