España - Madrid

Atmósferas vienesas desde la excelencia

Sonsoles Hernández Barbosa

lunes, 6 de octubre de 2008
Madrid, miércoles, 6 de febrero de 2008. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Orquesta Sinfónica de Viena. Fabio Luisi, director. Franz Schubert: Sinfonía nº 7 en si menor, D 759, “Inacabada”; Sinfonía nº 8 en do mayor, D 944, “La Grande”. Ciclo ‘Johannes Brahms y el Romanticismo’. Organización: Caja Madrid

Si hay una plantilla a priori idónea para un programa estrictamente schubertiano es la de la Orquesta Sinfónica de Viena, especializada en el culto a la calidad del sonido vienés. Sin duda alguna, los que presenciamos el concierto ofrecido en el Auditorio Nacional pudimos constatar la excelencia en la interpretación de un programa que desde los primeros compases de la ‘Inacabada’ anunciaba un genial desenlace, y que permitió con creces obviar la ausencia de Brahms en un ciclo dedicado a ‘Johannes Brahms y el Romanticismo’.

El programa de la tarde incluía las dos más destacadas y populares muestras del catálogo sinfónico schubertiano, la Inacabada  y La Grande, dos obras enfrentadas, sin embargo, en cuanto al carácter, de lo que dio buena cuenta la orquesta; si la Séptima presenta un perfil más intimista y lírico, la Octava es puro optimismo, energía y majestuosidad. La Orquesta Sinfónica de Viena dio muestras de una magistral capacidad para la creación de atmósferas, en ocasiones contrastantes entre sí, recuérdense el inicio misterioso de la Séptima, el carácter evocador del comienzo de la Octava o el dramatismo del segundo movimiento de ésta. Aquí se mostró especialmente hábil en los tránsitos de carácter, en los silencios expresivos de cuño beethoveniano que ejercían de punto de inflexión entre dos ambientes, siempre con una tensión efectiva entre los pasajes líricos y trágicos.

En esta extraordinaria capacidad de creación atmosférica, la cuerda jugó un papel esencial, cuya maestría es sin lugar a dudas lo más impactante de la orquesta. Una cuerda que en la Octava se vio sensiblemente aumentada, terminando con ocho contrabajos sobre el escenario, que equilibraban el enorme peso que en esta sinfonía detentan los metales y que probablemente retoman la plantilla del estreno de la obra en 1839 por la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig dirigida por Mendelssohn; recordemos que Schubert repudió la Séptima y falleció sin poder ver estrenada la Octava, dos de sus obras más reconocidas tras su muerte. De hecho, esta última, una de sus obras más audaces e innovadoras, plenamente romántica, apenas logró tener impacto hasta finales del siglo XIX.

Como apuntábamos, la cuerda destacó por su brillantez y precisión, tanto en los pizzicatti –limpios, ligeros–, que lograban una delicada tensión romántica, como en aquellos pasajes de carácter más lírico, y también en el contraste entre éstos y los estrictamente dramáticos. Los rubatos resultaron extraordinarios por la sutileza en el tratamiento, los pianísimos por su cálida belleza y los puntos climáticos por la precisión en la intensidad, en los que se logró un perfecto incremento en la potencia sonora del tutti gracias al control de los metales. 

La Inacabada, que en la tarde precedente había sonado en el Riojaforum de Logroño, resultó refinada, poética, transparente, quizás un punto por encima en perfección respecto a la Octava, que por su parte resultó sólida, sobria e intensa a pesar de ciertos desajustes en su inicio.

El nutrido público que casi llenó la sala ovacionó repetidamente a la orquesta desde el final de la primera parte, y antes incluso de terminar el Finale de la Octava. Fabio Luisi regaló al público dos propinas, la segunda de las cuales –la popular Danza húngara nº 5 de Brahms– reconcilió a la orquesta con la temática del ciclo, y tras la cual el auditorio en pie agradeció a los músicos su buen hacer. Los intérpretes se felicitaron mutuamente tras el concierto, gesto inhabitual entre las plantillas nacionales ¡Enhorabuena!

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