Portugal

La magia de John Corigliano

Teresa Cascudo
viernes, 6 de junio de 2008
Lisboa, domingo, 18 de mayo de 2008. Gran Auditorio de la Fundación Calouste Gulbenkian. Evelyn Glennie, percusión. Orquesta Gulbenkian. Lionel Bringuier, director. Piotr Ilich Chaicovski, Obertura-fantasía de Romeo y Julieta. John Corigliano, Conjurer, concierto para percusión y orquesta. Igor Stravinsky, Pétrouchka (rev. 1947). Temporada 2007/8 de la Orquesta Gulbenkian. Aforo 75%
0,0002042 Juzgo que el interés del concierto que reseño en esta crítica justifica que se publique, tres semanas después de que se realizara, contrariando los criterios orientados por la actualidad que caracterizan a los medios de comunicación. El motivo principal de su importancia reside en el estreno del Concierto para percusión y orquesta, de John Corigliano, ya anunciado en Mundoclásico.com el año pasado, y que constituía uno de los platos fuertes de la presente temporada de música de la Fundación Calouste Gulbenkian.

Es de destacar la atención que este año ha prestado el Servicio de Música de la Fundación a la música contemporánea americana. No sólo participó en el encargo de esta obra de Corigliano (en colaboración con tres orquestas estadounidenses, una canadiense y otra británica), sino que señaló debidamente el centenario de Elliot Carter y promovió el estreno en Portugal de una de las últimas obras de Steven Stucky (incluida en la digresión europea de Esa-Pekka Salonen y la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y que fue aplaudida con notable entusiasmo por el público lisboeta). Estas decisiones de programación suponen un enriquecedor contrapunto al habitual predominio de los compositores europeos en los conciertos dedicados a la música contemporánea organizados por la Fundación. No obstante, lo cierto es que el estreno de la obra de Corigliano es, por sí mismo, un acontecimiento suficientemente relevante, dado el reconocido prestigio del que goza el compositor.

Como es habitual en él, a través de las notas de programa, facilitó a la audiencia una introducción a la obra, en donde señalaba el principal problema composicional con el que se había enfrentado durante el proceso creativo. En el fondo, se trataba de un doble problema, formal y expresivo. El primer aspecto se relacionaba directamente con la dificultad de crear una sonoridad ‘concertante’ subrayando la variadísima tímbrica de los instrumentos de percusión como solista. El segundo, con la de transformar esa misma percusión en un instrumento emocionalmente expresivo. Corigliano resolvió ambos problemas en la pieza, manteniendo, al menos aparentemente, lazos con la tradicional forma del concierto para solista y orquesta, especialmente en la retórica del movimiento lento, pero alcanzando transmitir al mismo tiempo una poderosa imagen poética que, formalmente, no sigue la tradicional relación entre solista y ensemble.

Los títulos ‘Madera’, ‘Metal’ y ‘Piel’ -correspondientes a cada uno de los movimientos- apuntan suficientemente la solución encontrada para obviar las dificultades derivadas de la variedad tímbrica de la percusión que, además, se mide sólo con la cuerda, creando un fabuloso efecto de personalidades contrastantes. Lo que Corigliano hace, además, es establecer el movimiento central como el eje emocional de la obra, en torno al cual se construyen los dos movimientos extremos. En el primero, la preocupación pareció ser fundamentalmente la de establecer el material sonoro, centrándose en los motivos que fundamentan la obra. En el último, el acento se pone en el efecto físico del 'salvaje' volumen de sonido que se puede conseguir con determinados instrumentos percutidos (en este caso, un tambor hablador africano y un bombo). Cada sección se organiza formalmente según una estructura que Corigliano describe con la expresión “cadenza-into-movement” y que, como la expresión indica, subvierte la convencional forma concertante.

Lo que es de veras poderoso en su obra es, por un lado, la libertad con la que orienta la elección y modulación dramatúrgica del material sonoro utilizado y, por otro, la coherencia con la que está organizado y el impresionante efecto que tiene desde el punto de vista visual y poético. El título Conjurer, según explica el propio Corigliano, se debe a la relación establecida entre solista y orquesta: la percusión -a cargo de la extraordinaria Evelyn Glennie- 'conjura' a través de sus intervenciones la 'aparición' de la cuerda. El resultado es pura magia, intelectual en el primer movimiento, emocional en el segundo y ritual en el tercero. Conjurer podría ser considerado, en última instancia, el resultado de la colaboración entre Corigliano y la citada Evelyn Glennie, cuyo estreno en Portugal era otro de los motivos de indiscutible interés de este concierto. Como suele ocurrir con todos los percusionistas de referencia, ver es casi tan interesante como escuchar a esta magnífica y polifacética instrumentista escocesa.

La contribución de los restantes intérpretes fue, sin lugar a dudas, otro de los elementos que transformaron este concierto en uno de los puntos altos de la temporada que ahora acaba. Lionel Bringuier es un joven director francés que esta temporada se ha estrenado como asistente de Salonen al frente de la Filarmónica de Los Ángeles. Confieso que, no habiendo tenido previamente la oportunidad de verlo y escucharlo, me acerqué al Gran Auditorio con cierta dosis de benévolo prejuicio. Después de apreciarlo en directo, se convirtió en uno de los músicos cuyo trayecto voy a intentar seguir con atención en los próximos años. Bringuier lo tiene todo. Es digno de elogio su absoluto y profundo conocimiento de las partituras que dirige y es un placer apreciar su perfecta técnica. No nos podemos dejar engañar por su cara de niño: es, ahora mismo, un director excelente que reúne, a partes iguales, elegancia, entusiasmo y poder comunicativo. Como además tengo bastante experiencia de escuchar la forma como responde la Orquesta Gulbenkian a los maestros, muy diferentes entre sí, que la han dirigido en los últimos años, el efecto Bringuier se hizo todavía más evidente.

Lo que he escrito no significa, felizmente, que esté de acuerdo con todas las opciones que tomó. Por ejemplo, en su interpretación de la Obertura-fantasía de Romeo y Julieta la primacía del enfoque analítico desequilibró un poco el esperado efecto melodramático que asociamos a la música del compositor ruso. Algunas exageraciones en el control del volumen sonoro en los momentos de clímax me parecieron también discutibles. No obstante, la solidez de su interpretación quedó clara: es raro escuchar un Chaicovsqui en el que los planos instrumentales y la red motívica se ponga tan de manifiesto.

La misma solidez se evidenció en su participación en el Concierto de Corigliano, mostrando, al menos en esta segunda interpretación, una increíble capacidad para dialogar y conjuntarse con la parte solista, algo particularmente difícil tratándose de un concierto para percusión.

Pero fue en la segunda parte, dedicada a Pétrouchka, donde Bringuier mostró, sin dejar el más mínimo resquicio para la duda, su talento como director. Sacó el mejor partido de los excelentes músicos de la Orquesta Gulbenkian, dándonos una versión antológica de la partitura de Stravinsky. Espero sinceramente tener la oportunidad de volver a escucharlo y de contar lo que ocurra a los lectores de Mundoclásico.com.
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