España - Valencia

Y Messiaen, hecho melodía, subió a los cielos

Daniel Martínez Babiloni
martes, 24 de junio de 2008
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Valencia, miércoles, 11 de junio de 2008. Palau de les Arts Reina Sofía. Teatre Martín i Soler. Centenari d’Olivier Messiaen. Obras de Claude Debussy, Pagodes y Jardins sous la pluie (Estampes); Maurice Ravel, Scarbo (Gaspard de la nuit); Isaac Albéniz, El Corpus Christi en Sevilla (Iberia) y Olivier Messiaen, Quatuor pour la Fin du Temps. Igor Malinovski, violín. Arne Neckelmann, violonchelo. Joan Enric Lluna, clarinete. Leonel Morales, piano. Aforo: 400. Ocupación: 100%
0,0001992 Entre la vorágine de fechas, centenarios y celebraciones, acicate del mercado global de la música culta occidental -intensamente activo, continuamente en crisis (¿o desaceleración?)- no se podía pasar por alto que un diez de diciembre de 1908 nació, en la otra ciudad de los papas, Aviñón, Olivier Messiaen. El coliseo operístico valenciano, atento y acertado, ha incluido esta efeméride -junto al 150 aniversario del nacimiento de Puccini- en la programación de su I Festival del Mediterrani. Ciclo de óperas, ballets, zarzuela, conciertos, cine y teatro -bajo el lema Llum (Luz), esa luz del Mediterráneo inspiradora de tantos creadores artísticos (y tópico un tanto manido por otra parte)- que se prolonga, una vez terminada la temporada, desde finales de mayo hasta el primero de julio.

La obra de Messiaen suele ser programada con cierta regularidad en Valencia. Baste recordar la reciente interpretación de L’Ascension en el vecino Palau de la Música o la inclusión de este mismo cuarteto que nos ocupa y de algunas otras obras, Sinfonía Turangalîlâ o Veinte miradas sobre el Niño Jesús, en el vigesimoséptimo festival de música contemporánea, Ensems, de hace tres años. En esta edición la obra del francés tuvo gran presencia, muestra de la predicación que goza por estas tierras, de la mano de Amando Blanquer (1935-2005): alumno suyo de análisis en París, compositor y oráculo local, quien hizo proselitismo sobre su figura y obra hasta pocos días antes de fallecer.

En el Teatre Martín i Soler, la última y más profunda de las salas del Palau de les Arts que quedaba por inaugurar, debido a las inundaciones que sufrió por las lluvias en octubre del año pasado (además, el carísimo edificio de Calatrava, que este verano espera más reformas, se encuentra en el viejo cauce del Turia), Leonel Morales fue descifrando con acierto algunas páginas de Debussy, Ravel y Albéniz que precedieron al Quatuor pour la Fin du Temps. Todas ellas vinculadas entre sí, según las notas al programa, por “cierto misticismo”.

Il.luminnacions místiques (Iluminaciones místicas), es el título del concierto que se inició con piezas también recientemente centenarias; modernistas en general o inmersas en los ambiguos impresionismo, simbolismo, exotismo, folclorismo y todos los ismos que se quieran poner. Así, se sucedieron ‘Pagodes’ y ‘Jardins sous la pluie’ de Estampes (1903); ‘Scarbo’ de Gaspard de la nuit (1908), pieza difícil a la que quizá le pesara el recuerdo de la ‘Ondine’ (de la misma obra) que regaló Achúcarro en su recital en el Palau de la Música hace unos días; y ‘El Corpus Christi en Sevilla’ del primer cuaderno de Iberia (1906), interpretación sensible y sentida a la que le faltó un punto de empaque en el fortissimo segundo tema.

La obra de conjunto atrapó al oyente desde su inicio, Lluna (clarinete), con gran delicadeza y claridad, presentó el motivo inicial de Liturgia de cristal –“comme un oiseau” (como un pájaro)– dando pie a una atmósfera serena y una deliciosa sonoridad de grupo. En ‘Vocalis para el ángel que anuncia el fin de los tiempos’ Malinovski y Neckelmann (violín y chelo) además de empastar sobremanera expusieron una melodía fraseada de forma muy interesante.

Uno de los momentos álgidos de la pieza fue el ‘Abismo de los pájaros’. El clarinetista valenciano demostró su impresionante dominio técnico en cuanto a respiración y emisión -espectaculares resultaron los sonidos filados desde la nada para llegar a un contundente fortisimo. En el ámbito expresivo consiguió unos gráciles cantos de pájaros y logró transmitir esa tristeza que pide la partitura (Lento, expresiff et triste). Le siguió un ‘Intermedio’ bien construido aligerando la carga emocional del conjunto de la obra.

La ‘Danza de la furia para las siete trompetas’ sonó verdaderamente ‘granítica’, con mucha garra y como contraste tuvo unos pianissimi delicados y muy bellos. Los esfuerzos del clarinetista en dirigir el complicado tutti, marcando el compás a la vez que toca con el instrumento, en la sección que se indica como “Presque lent, terrible et puissant” (Casi lento, terrible y poderoso) no evitaron ciertos desajustes en los ataques simultáneos. La exigencia del autor marca esta sección con una textura armónica homorrítmica y una dinámica en tres efes, además de la indicación de “terrible”. Ligera zozobra que no empañó el resultado global.

Si el chelo, perfectamente entendido por Morales al piano, en su 'Alabanza a la eternidad de Jesús' transmitió una emotiva y contemplativa quietud, el violín, fue realmente vehículo de emoción verdadera en su ascenso celestial en el final, la segunda alabanza dedicada a la inmortalidad de Jesús. Si bien se merecían unos cuantos “bravo”, la tensión alcanzada en toda la obra y el tenue aliento final de violín y piano hizo contenerse al público, costó comenzar a aplaudir.

Como conclusión se puede señalar el acierto del Palau de les Arts en programar obras camerísticas en las que los intérpretes sean los propios músicos de la casa (lo viene haciendo durante toda la temporada que termina), con lo que conlleva en cuanto a conocimiento y colaboración entre partes de un todo con dos años de funcionamiento. Así mismo, destacar la idoneidad del homenaje a uno de los compositores fundamentales del siglo pasado: músico de profesión, “ritmologista” de especialidad y ornitólogo apasionado.

En resumen, música trascendente, técnicamente muy compleja, escrita e interpretada por primera vez en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial; servida con calidad y una contundente pero serena emoción, alejada del fácil recurso al demagógico desgarro al que se presta por el contexto.
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