España - Galicia

El efecto Poulidor

Tino Martínez

lunes, 9 de julio de 2001
Santiago de Compostela, jueves, 5 de julio de 2001. Teatro Principal. Il Sogno, cantata escénica de Vicente Martín y Soler. Estil Concertant. Director Musical: Juan Luis Martínez. Directora Artística: María Esparza. Director de Escena y Dramaturgia: Juan Bautista Otero. Solistas: Olga Pitarch (soprano), Gloria Fabuel (soprano) y Patricia Lloréns (soprano). III Festival Internacional de Música de Galicia. Ocupación: 80%.
Como acontece todos los años desde su primera edición, llegó la interpretación historicista al Festival Internacional de Música de Galicia y lo hizo con una más que pasable representación que alejó los fantasmas y miedos que la edición anterior había producido en el espectador, tras la destrucción sistemática de los conciertos de Brandemburgo efectuada por La Petite Bande o la simplemente correcta ejecución del Magnificat bachiano debida al Bach Collegium de Japón.El programa que se presentó en el Teatro Principal compostelano estaba integrado de forma monográfica por tres piezas del valenciano Vicente Martín y Soler (Valencia, 1754-San Petersburgo, 1806), un compositor que, para no desmerecer a sus coetáneos, llevó una azarosa existencia que partió de España, se desarrolló en Nápoles, Viena, San Petesburgo y Londres y concluyó en la Rusia de Pablo I. Martín y Soler pertenece a esa pléyade de autores que han vivido bajo el 'efecto Poulidor'. Con este símil ciclista, aludo a aquellos músicos de indudables cualidades y brillantes composiciones que tuvieron la mala fortuna de nacer, vivir y crear en un tiempo en el que aparece un monstruo que lo devoró todo, musicalmente hablando. Si Poulidor, a pesar de su buen hacer como rodador, tuvo que conformarse con premios secundarios por el empuje sobrehumano de Eddie Merckx, Martín y Soler hizo lo mismo ante la hegemonía indiscutible de Mozart.El poder del genio salzburgués fue tal que figuras interesantes (como el tan denostado Salieri o el valenciano que nos ocupa) quedaron postergadas ante los embates, la vitalidad y la novedad que aquél introdujo en el panorama europeo del XVIII. De hecho, Martín y Soler fue considerado rival de Wolfgang y adquirió celebridad merced a su ópera Una cosa rara ossia belleza ed onestà, estrenada en Viena en el año 1786 (uno de cuyos temas fue aprovechado por Mozart para su Don Giovanni), con libreto del reputado Lorenzo Da Ponte. Tuvo una sonada repercusión en Viena, Londres y San Petesburgo. Pero el factor Mozart acabó imponiéndose. Martín y Soler buscó el refugio y el éxito continuado en tierras rusas, llegando a ser maestro de capilla de la corte de Catalina la Grande en San Petersburgo, ciudad en la que alcanzó las cimas de su carrera profesional como director de la Ópera Rusa y donde, ya en el reinado de Pablo I, inició el declive que le llevaría a dedicarse a la enseñanza y a tareas administrativas.El 'efecto Poulidor' se traduce no sólo en su falta de fortuna profesional en comparación con la sucesión de éxitos que constituyeron las óperas de Mozart, sino también en el influjo notorio y evidente que aquéllas produjeron en las creaciones contemporáneas. Mozart lo dominaba todo y, por ende, influía en todo. Con esto quiero decir que, no obstante, la originalidad de Martín y Soler, su obra rezuma Mozart por los cuatro costados, con discursos musicales parecidos, cuando no idénticos.Debe destacarse el acierto de los programadores del Festival por recuperar la figura de un compositor que, como otros tantos ejemplos en nuestra Historia, no fue profeta en su tierra, cuyas obras raramente se representan y cuya discografía es asimismo limitada. A esa rareza del programa, se le suma el atrevimiento y el riesgo de ejecutarlo con instrumentos originales. Pero no hubo que lamentar víctimas.El conjunto valenciano Estil Concertant, bien dirigido por Juan Luis Martínez, dio muestras de su profesionalidad y de su prestigio, acreditados por la participación en numerosos festivales, aunque sin llegar a los extremos de prestigio de mis bien queridos Harnoncourt y Minkowsky. El concierto se inició con la Sinfonía con que se abre la ópera del propio Martín y Soler Ifigenia en Áulide (1779), con el esquema típico de las oberturas operísticas del clasicismo vienés. El Estil Concertant dio muestras de equilibrio y energía, con una armonía entre las distintas familias muy destacable. Esa fue la nota constante a lo largo de la hora y cuarto que duró la actuación: bien las cuerdas, muy aceptable la madera y comedido el metal (sin desafinar y sin hacer ruido selvático, lo que es mucho con el precedente más inmediato que tiene quien esto escribe: el Savall del sábado pasado en A Coruña), todo ello arropado por un buen clavista y una poderosa percusión. A pesar de la dificultad que comporta la utilización de instrumentos de época, el tono medio de los intérpretes fue correcto, sin perjuicio de algún que otro despiste de las cuerdas en las finalizaciones.De ahí se pasó al núcleo central del programa: la cantata escénica Il Sogno (o la fragilidad del ser), datada en el año 1789. Sobriedad en los decorados, presididos por una especie de torbellino de tul, de donde emergían los personajes: el joven pastor y las ninfas (¿o diosas?). Las voces de las tres sopranos mostraron una gran homogeneidad, sin que destacase una por encima de las demás. Muy suave la textura de los recitativos y fuerza medida en las arias. El vigor de la orquesta silenció a veces a las cantantes, como en el momento central de la obra en que se simboliza con la música el empuje de las fuerzas de la naturaleza. Debe resaltarse la elegancia y colorido con que se ejecutó el dúo 'Non turbi le gioie', con las voces perfectamente ensambladas, así como el delicado trío final 'Dolcissimi momenti'. El público correspondió con numerosos aplausos. La brevedad de la obra se tradujo en la correspondiente propina: nuevamente Martín y Soler. Esta vez, un trío de su ópera El árbol de Diana (1787), también con Da Ponte, con los juegos pícaros y vengativos de la diosa griega, el pastor y el Amor, entrelazados de una manera melodiosa y agradable.La única objeción que se puede hacer es la brevedad del concierto y un cierto tonillo de improvisación que el propio director musical reconoció en sus intervenciones previas a cada una de las piezas. Por lo demás, reitero las palabras con las que inicié este comentario: el 'efecto Poulidor' se hizo sentir, porque, aun reconociendo la singularidad de Martín y Soler, no dejó de estar presente el recuerdo de Mozart (y también, en menor medida, el de Haydn), en cuanto al esquema musical de las obras, la gradación del dramatismo, el dominio del diálogo entre los solistas y el tutti orquestal, etc. De la misma manera que Eddie Merckx se había convertido en el calvario de ciclistas con sobresalientes condiciones, Mozart se erigió en el dominador musical de la Europa hasta el punto de anular a figuras singulares, dignas de todos los elogios y merecederoras de oportunidades que apenas tuvieron en sus vidas, y de hacerles crear música con arreglo a los dictados que él venía imponiendo. Un acto de justicia y reconocimiento para con un valioso compositor español, interpretado de una manera correcta y sobria por un grupo de su misma tierra.

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