Argentina

Con perfume francés

Carlos Singer
jueves, 4 de septiembre de 2008
Buenos Aires, lunes, 25 de agosto de 2008. Teatro Coliseo. Cesar Franck, El cazador maldito. Hector Berlioz, Les nuits d’été op. 7 (Susan Graham, mezzosoprano), Claude Debussy, El Mar. Orquesta Filarmónica de Lieja, director Pascal Rophé. Sexto Concierto de Abono del Mozarteum Argentino.
0,0003004 El Mozarteum Argentino está cubriendo, en estos últimos años, la grave falencia artística del Colón en darnos a conocer importantes figuras de la lírica mundial, algo de lo que el Teatro había podido vanagloriarse durante toda su prolongada trayectoria, pero que en tiempos más cercanos comenzó a dejar de ocurrir. Es así que merced a los buenos oficios de esta Institución privada ha sido posible escuchar, en temporadas recientes, los debuts argentinos de Juan Diego Flórez [leer reseña], Nancy Gustafson [leer reseña], Thomas Hampson [leer reseña] y ahora el de Susan Graham.

Los dos programas que ofreció en nuestra capital la Filarmónica de Lieja -que ya había actuado aquí con anterioridad, justamente en el Teatro Colón, aunque en esa ocasión dirigida por quien era entonces su titular, Pierre Bartholomée- estuvieron dedicados de manera exclusiva a la música francesa, si aceptamos como de esa condición a Cesar Franck, nacido en la misma ciudad de donde proviene la orquesta (cuando esta urbe pertenecía al distrito valón, bajo dominio francés, que posteriormente se convertiría en lo que ahora conocemos como Bélgica) pero que desarrolló toda su carrera en el país galo.

Abrió el concierto el notable poema sinfónico Le chausseur maudit -una página que se escucha muchísimo menos de lo que su enorme calidad amerita- compuesto por Franck sobre una balada del poeta romántico alemán Gottlieb August Bürger. Fue objeto de una interpretación consistente y bien estructurada, con su conveniente dosis de impetuosidad y una remarcable labor de toda la orquesta, en especial de sus cuatro trompas, ubicadas por el director de forma antifonal, un par en cada lado del escenario, detalle no pedido expresamente en la partitura, que sin duda favorece el efecto espacial en los numerosos diálogos que entre ellas se entabla, pero no así cuando deben tocar juntas, como en el enunciado del tema fundamental de la partitura, bien resuelto aunque con alguna nota ‘rozada’ hacia su conclusión.

El enfoque de Rophé me pareció aceptable, con empuje y cuidados balances, aunque hubiese deseado una cuota mayor de misterio u oscuridad en ciertos pasajes así como una más acentuada implicación emocional del director con la obra ejecutada, en la que pareció limitarse a marcar tiempos y dar entradas.

Tras este importante ‘aperitivo’ llegó el plato fuerte de la velada, la presentación en nuestro medio de la excelente mezzosoprano estadounidense Susan Graham, de larga y fructífera trayectoria, abordando una de sus obras predilectas, el hermoso ciclo de canciones de Berlioz sobre poesías de Théophile Gautier.

Graham convalidó con su actuación todo lo bueno que sobre ella se ha dicho y escrito. Es una artista de enorme valía, que sabe otorgar a cada una de las seis páginas que componen Les nuits d’été su clima particular, en un abanico bien amplio que va del optimismo y el gozo de las extremas, que hablan de viajes, con la melancolía -cuando no el carácter fúnebre- y la desazón que pintan las cuatro centrales.

Algunos detalles me hicieron presumir que la mezzo no se encontraba en la plenitud de sus medios: una leve tos y cierto carraspeo entre canciones, o que varias veces debiera recurrir a beber agua (había hecho colocar una mesita con un vaso junto al atril del director), lo que se tradujo en un par de pequeños problemas casi imperceptibles -alguna nota quebrada- , o una respiración más premiosa de lo usual Pero su aplomo, enorme dominio escénico -unido a su magnífica presencia- y profesionalismo le permitieron salir indemne del reto.

Graham mostró adecuada uniformidad de emisión a todo lo largo de su registro, con un color vocal realmente bello y un timbre bien definido y personal. Su pronunciación francesa es inobjetable, como también lo es la claridad con que articula, haciendo perfectamente comprensibles los textos que enuncia. Tiene un volumen más que aceptable, con lo que se la escuchó con nitidez en cada instante. Es además muy expresiva, logrando sus mejores momentos en varios de los finales de las canciones más tristes o en la lírica expansión de los reiterados “Ah! Sans amour ...” que cierran cada una de las estrofas de ‘Sur les lagunes’. Quizás llevó las canciones a unos tiempos algo más moderados de lo habitual, pero ello redundó en una mayor intensidad y hondura

Rophé fue un colaborador servicial, que redujo el número de atriles del conjunto a su cargo para no resultar obstrusivo y acompañó con eficacia pero cierta cortedad de chispa, restando realce a una instrumentación tan variada y colorida como sutil. Pero se adecuó con soltura para seguir las libertades métricas de la cantante y la orquesta le respondió con notoria flexibilidad.

Un debut sumamente auspicioso, que fue largamente celebrado por el público asistente, quizás algo menos numeroso de lo habitual en estos ciclos y en especial de lo que la jerarquía de la velada merecían. Para responder a los aplausos, Graham y Rophé ofrecieron una vibrante y muy rítmica lectura de las ‘Seguidillas’ (‘Près des remparts de Séville’) del Acto I de Carmen de Bizet.

Para completar el programa se pudo apreciar una atinada ejecución de El Mar de Debussy, que permitió constatar las virtudes tanto de la agrupación como de su director, aunque también -por fortuna en menor grado- ciertas falencias de ambos. En el haber de la orquesta -que desde luego milita en ligas inferiores, deportivamente hablando, dentro del espectro de conjuntos europeos- debemos consignar la solidez de su sección cuerdas, con unos violonchelos de envidiable rendimiento -para prueba, el breve fragmento para ellos solos en un comprometido divisi al promediar ‘Del alba al mediodía’ ...- así como la justeza y seguridad de los metales o el esmero puesto en adecuarse a los requerimientos -especialmente de dinámica- de la batuta. Lo negativo: la falta de un mayor impacto sonoro, de esa pátina esplendorosa a que nos tienen acostumbrados otros organismos sinfónicos que nos visitan, cierta tirantez en el registro sobreagudo de los primeros violines y una relativa palidez u opacidad en el sector maderas

En lo que hace a Rophé, su labor tuvo consistencia y se lo nota un director preciso y cuidadoso del detalle. Pero su labor se concentró básicamente en lograr ajuste, ataques certeros y marcar las líneas generales de una interpretación rutinaria y poco imaginativa, que no pasó de una lectura correcta, sin más. Por otra parte, lo noté corto en vuelo lírico o en conseguir una mayor variedad de colores en una página tan pictórica como esta de Debussy.

El caluroso recibimiento por parte del público para los artistas visitantes motivó que estos brindaran, fuera de programa, una cálida y sentida ejecución del último número, ‘Le Jardin Féerique’ de la suite Mi Madre la Oca, de Maurice Ravel, que el propio director se encargó de presentar “para terminar esta velada”. Lo curioso es que un maestro parisino, al frente de una orquesta belga francófona, en un programa totalmente dedicado a la música francesa, hiciese ese anuncio ... ¡en inglés! Es indudable que la lengua de Shakespeare se está convirtiendo en una especie de ‘idioma universal’ con lo se producen estas verdaderas incongruencias.

Es de absoluta justicia reconocer que las notas del programa de mano volvieron a alcanzar, en su totalidad, la jerarquía a que nos tiene acostumbrados el Mozarteum Argentino. Para las obras de Berlioz y Debussy había comentarios realizados con su habitual destreza por Julio Palacio -seguramente provenientes del archivo de la entidad– mientras Cecilia Scalisi fue la encargada de confeccionar, con sapiencia e idoneidad, el referido a la página de Franck, que el propio Julio no pudo escribir ya que desde hace ya casi un par de meses está internado en un sanatorio porteño, a causa de un complicado y muy extendido posoperatorio. Extraña paradoja del destino que lo ha privado de la posibilidad -que de seguro hubiese asumido muy gustoso- de explayarse largamente sobre una de sus partituras predilectas.
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