España - Galicia

Un Fausto con ritmos modernos

Tino Martínez

domingo, 7 de octubre de 2001
Santiago de Compostela, jueves, 7 de junio de 2001. Teatro Principal. A Historia do Soldado (versión íntegra). Música de Igor Stravinsky. Libreto de Claude Ferdinand Ramuz. Plural Ensemble. Dirección Musical: Fabián Panisello. Director Escénico: Germán Corona. Espacio escénico, iluminación y vestuario: Cecilia Hernández. Coreografía: Cristina Morella. Intérpretes: Bruno Squarcia (narrador); Antonio Pérez (diablo); Humberto Orozco (soldado); e Iris Muñoz (bailarina). Aforo: 400 localidades. Ocupación: 90 %.
Una pieza singular dentro del repertorio de Stravinsky la constituye la Historia del Soldado, por la desnudez y el misterio que preside toda la combinación musical que el maestro ruso elaboró para narrar una moderna visión del Fausto con la guerra como escenario de fondo y como excusa. Un mito eterno recubierto con la crueldad de nuestros tiempos. Las familias instrumentales se reducen a su mínima expresión para que cobre protagonismo la relación trágica de los hechos: un violín, acompañado por un contrabajo; clarinete y fagot; trompeta y trombón; y una batería de jazz, para dar un aspecto popular y callejero a la composición. Más sencillez (y, al mismo tiempo, complejidad) es imposible de plasmar en una obra de apenas una hora de duración por la que van desfilando la totalidad de sentimientos, ambiciones y deseos del hombre: el poder, el amor, la codicia, la vanidad … todo ello sintetizado en un maravilloso e histriónico diablo que salta por todo el escenario al compás de las distintas marchas, valses y demás músicas que surgían del reducido grupo orquestal (magnífico Antonio Pérez, parapetado tras un paraguas, que salta, baila, ríe, grita y domina el escenario mejor que cualquier otro de los protagonistas, arrancando sonrisas del público, sobre todo el infantil).Pieza singular, digo, porque con ella Stravinsky introduce en el ámbito de la música culta algunos de los recursos e ideas de tipo popular, de teatrillo de pueblos y provincias, como se manifiesta en el uso de una suerte de marcha fúnebre como leit-motiv, con la que arranca y se cierra el número musical, demostrando la imposibilidad de que el hombre luche contra sus deseos más íntimos con ánimo de victoria: somos lo que somos y es imposible enfrentarnos a aquello que está más arraigado en lo profundo de nuestra esencia. Siempre ese animal, ávido de riqueza o de poder, se acaba imponiendo y la música de Stravinsky se encarga de recordarlo con la estructura circular que imprime a esta obra estrenada en el Teatro de Lausanna en 1918.El Plural Ensemble ofreció una versión equilibrada, sin estridencias, de la obra, bajo la dirección del argentino Fabián Panisello. Los músicos, procedentes de diversas orquestas madrileñas, mostraron una mesura, una corrección y una gran delicadeza a la hora de afrontar los estilos varios que se combinan en esta maravillosa reflexión sobre el hombre contemporáneo. Un narrador nos va introduciendo en la historia, con unas rimas infantiles. Juegos de luces y sombras. Trajes blancos, raídos, decadentes. En el escenario, una especie de rayuela que constituía el camino de regreso (camino, en todo caso, inabarcable, inescrutable, sin parada final) de un anónimo soldado que torna a casa. El actor Humberto Orozco cumple, sin más, con su papel, a pesar de ser un poco soso, plano en los monólogos, casi sin sangre, etéreo. Su maleta, repleta de recuerdos: una foto de la novia, una imagen de un santo cualquiera, un violín. Es el pasado que mantiene vivo al hombre con sus recuerdos más personales e íntimos: el amor; la religión protectora frente a la barbarie; la música como salvación y engaño.El diablo se le aparece y, encantado con su violín, le ofrece un trueque: su pequeño instrumento (que simboliza ese pasado, esa infancia violada en la crueldad de la guerra) a cambio un libro que le traerá la riqueza, el poder y la gloria. Tras un momento de duda, acepta el ofrecimiento y comienza un breve período de aprendizaje tras los pasos del diablo. Aprendizaje recíproco: el diablo descubre la magia de la música; el soldado, el encanto de las cotizaciones en bolsa, el oro, la ambición. Lo que parecen ser tres días resultan ser tres años: la vuelta al pueblo es infructuosa y desoladora. Nadie lo quiere, nadie lo reconoce. El hombre ha perdido sus afectos personales de referencia: amigos, amadas, familiares. Ese hombre desnudo de todo, sólo con su riqueza, la riqueza impura y maldita que le ha proporcionado el maligno. A destacar en estos instantes los juegos musicales ofrecidos por el violinista Florián Valshi, con un ejemplar dominio del instrumento que acoplaba perfectamente a los estados de ánimo de los personajes (duda, resolución, temor, angustia, etc.). Muy de celebrar asimismo el papel del percusionista César Peris, que arropaba al reducido conjunto orquestal con una sonoridad y una fuerza increíbles. Al mismo tiempo, imprime con su ejecución un aire de charanga, popular, escoltada con los metales y las maderas, frente a la seriedad procedente de los instrumentos más sobrios como el violín y el contrabajo.El soldado toma conciencia de su nueva y engañosa situación y trata de enfrentarse a su dominante señor. Una ocasión se le presenta: rescatar del sueño eterno a una enigmática princesa. Para ello ha de recuperar la inocencia perdida y se enfrenta al diablo en una partida de cartas donde la victoria de uno comporta la derrota del otro. El soldado se deja ganar, pierde todo, pero recupera momentáneamente el dominio de su vida. Con su violín consigue sanar a la princesa enferma e iniciar un camino hacia la felicidad. La escena central y más lograda muestra una coreografía en la que se suceden un vals, un ragtime y un tango (bailes vitalistas, llenos de carnalidad, cercanos al pueblo) que protagonizan la princesa recuperada y el nuevamente feliz soldado. La sensualidad de la bailarina Iris Muñoz exteriorizó ese momento de ensueño. Un ambiente de cabaret, berlinesco, muy en la línea que representará Kurt Weil en las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial. Pero el demonio, el destino es un arma de doble filo. Y cuando la felicidad de volver a la aldea se muestra como algo tangible, el diablo recupera su poder y con una sórdida marcha triunfal consigue derrotar una vez más al pobre soldado. Una solitaria escalera que baja desde el cielo exterioriza ese triunfo último sobre el mortal, la contradicción del hombre contemporáneo, el dolor mudo de la guerra y la imposibilidad de escapar a los renglones que la novela de la vida ha trazado para cada uno de nosotros. En líneas generales, un cuidada ejecución de la versión íntegra con algunos fallos de los actores que se 'pisaron' los diálogos y las intervenciones en, al menos, dos momentos, un bella coreografía central y una muy lograda iluminación, con claroscuros, sucesiones de luces y de sombras, que representaban a la perfección el drama que se escenificaba.

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