Bélgica

Mozart y Haydn en tiempos inciertos

Jorge Binaghi
martes, 7 de octubre de 2008
Bruselas, martes, 30 de septiembre de 2008. Palais des Beaux Arts. Szabols Brickner (tenor), Layla Claire (soprano), Anna Kasyan (soprano), Sophie Hallynck (arpa), Barthold Kuijken (flauta), Lorenzo Coppola (clarinete ‘d’amore’). La Petite Bande, dirigida por Sigiswald Kuijken. Obras vocales e instrumentales de Haydn y Mozart
0,0002179 En épocas en que todo parece volverse oscuro, problemático, difícil, imprevisible, la música, determinada música, puede obrar milagros. Llegar cansados de una jornada de trabajo bajo una lluvia tenaz puede invitar, al sentarse, a dormitar. Pero si aparecen unos señores y señoras vestidos con sus galas de uniforme que parecen conocer lo que hacen y gustar de ello, las energías se recuperan más y mejor que con unas cabezadas.

Si, además, ejecutan unas músicas de autores que uno puede considerar ‘amigos’ (conozca más o menos las obras precisas que se ejecutan), no sólo se reconstituye el cuerpo. La tonificación de eso que llamamos por comodidad ‘espíritu’ o ‘alma’ está más que garantizada. Es cierto que, si las obras son conocidas, pueden -y suelen- llevar a asociaciones inevitables que pueden teñir la audición de alguna nostalgia o melancolía, independientemente de la calidad de la interpretación.

Todo esto viene a cuento de este concierto, bueno o más que bueno, en que una sinfonía juvenil (la 12, escrita a quince gloriosos años) de Mozart, un aria de oratorio de Haydn (La creación) más un dúo de Il mondo della luna del mismo autor, tres fragmentos de Le nozze di Figaro, dos de Idomeneo, más los Conciertos para arpa y flauta en do mayor y el Concierto de clarinete en la mayor -de los con justicia más célebres del salzburgués- se fueron sucediendo para invitar a la sonrisa, a la reflexión, al más agudo lirismo casi romántico de esos momentos lentos de Mozart (o a la belleza triste en que baña ese momento memorable de la música occidental que es el recitativo y aria de la ‘Condesa’ de Le nozze di Figaro) y funcionaron mejor que la más eficaz de las píldoras contra el estrés.

En estos casos, la crítica debería terminar aquí con un agradecimiento general a los artistas por el esfuerzo realizado y los resultados conseguidos y también al público -no numerosísimo, claro, ya que no había superestrellas o lo que se le sirve por eso- que tosió apenas lo indispensable para molestar en algún momento clave (no sería un buen público si no lo hiciese), pero se agitó poco y apagó sus celulares civilizadamente.

Lamentablemente, cuando entra la necesidad de una ‘reseña’, hay que hablar de los momentos más relevantes. Esto no implica desconocer el valor de los que alcanzaron más raramente o con menos facilidad las alturas. La Petite Bande es un conjunto de geometría variable que dirige desde su violín Segiswald Kuijken con brío y un afán pedagógico que se reveló en sus alocuciones al público para explicar cambios de orden en el programa o, llegado el final, con el concierto de clarinete, para presentar este instrumento “parecido a una pipa” (como el famoso cuadro de Magritte) mal descrito en el programa y que tiene más notas que el habitual clarinete y que “se tocan porque están en la partitura…bueno, la partitura autógrafa está perdida”. El conjunto es bueno aunque los vientos a veces (como en el primer movimiento de la sinfonía mozartiana) se ensamblen con alguna dificultad con los arcos. Cumplieron su mejor labor en los conciertos y, pese a ciertos tiempos (recitativos rápidos -demasiado en el duettino ‘Sull’aria’- de las óperas mozartianas) en los acompañamientos de los fragmentos vocales.

Los solistas del concierto para arpa y flauta fueron otro Kuijken (hermano del director), que forma parte del conjunto orquestal de forma permanente, y una arpista belga que suele colaborar con ellos: sus prestaciones fueron muy buenas aunque el sonido fuera menos redondo y muy fijo en el caso de la flauta, y gélido y excesivamente brillante en la gama aguda del arpa, que encontraba sus mejores momentos en las zonas centrales. El momento más alto de todas las interpretaciones solistas (cantantes o instrumentistas) fue la memorable intervención de Lorenzo Coppola en el concierto de clarinete, no sólo por la ‘rareza’ (relativa, algo más clara que la habitual) del instrumento y su dominio técnico (qué respiración), sino por su participación -incluso gestual- en la interpretación de la obra (ciertamente una maravilla total, pero absolutamente íntima y casi dolorosa en el célebre ‘adagio’).

En cuanto a los cantantes, con la posible excepción de la citada aria de la ‘Condesa’ y de ‘Deh, vieni non tardar’ (‘Susanna’) de Nozze, se les pidió más musicalidad que arrojo vocal o pirotecnias. Desde ese punto de vista, el momento mejor fue el primero, el aria del arcángel ‘Uriel’ en Die Schöpfung, donde se canta la creación de los seres humanos. Brickner brilló como el primer premio del último concurso Reine Elisabeth por su dicción perfecta, su exquisito fraseo y técnica (el manejo de los resonadores y el “Wonne’ que nos regaló al final me volvieron a traer el recuerdo del enorme Gedda). Estuvo asimismo muy bien en el dúo ‘Un certo ruscelletto’ del otro extracto de Haydn, y si su ‘Idamante’ en el dúo ‘Spiegarti non posso’ fue bueno, mejor resultó su ‘Idomeneo’ del terceto ‘Pria di partir’ de la ópera homónima. La voz, pese a la juventud, parece cada vez más robusta, claramente lírica, y aunque ejecuta las agilidades y aliviana para el canto rápido y las medias voces, la emisión del agudo tiene otra intensidad. Se mostró desenvuelto como artista, aunque menos que Layla Claire. Esta cantante canadiense que no logró clasificarse entre los seis primeros finalistas en el mismo concurso volvió a demostrar su gran clase, su dominio y su comprensión de los textos (que la voz no sea particularmente bella o que el trino final de ‘Dove sono’ sea más bien una intención que una realidad son hechos físicos; su inteligencia y musicalidad le deberían asegurar un porvenir respetable), y pudo pasar de la melancólica ‘Condesa’ a la pizpireta ‘Clarice’ de Il mondo della luna a la conflictuada ‘Electra’ de Idomeneo con parecida fortuna. Anna Kasyan, cuarto premio siempre del mismo concurso, agradable y simpática como en todas las pruebas, extremadamente joven, no tuvo esta vez el apoyo de los fuegos de artificio y casi siempre sonó opaca, a veces con algo de vibrato metálico (su mejor momento fue el de la ‘Ilia’ del dúo mencionado de Idomeneo, pero el duettino de la carta de Bodas puso en claro quién se encuentra mejor preparada -no es lo mismo que equipada- para afrontar una obra entera sobre una escena.

Vuelvo a repetir que escribo esto porque es lo que pienso, pero con todas las ‘distinciones’, el concierto y su buen (o muy buen) resultado fue debido a todos. Como en mi pasado de profesor, me resulta a veces injusto y desagradable tener que ‘poner nota’, pero hasta que no se encuentre otra forma… En cualquier caso, gracias a Mozart y Haydn (por ese orden), y gracias por esa forma de interpretarlos.
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