Francia

Pesson, Zimmermann, Xenakis: memorias cruzadas

Sonsoles Hernández Barbosa

martes, 14 de octubre de 2008
París, domingo, 5 de octubre de 2008. Théâtre du Châtelet. Gérard Pesson, Aggravations et final, para orquesta; Bernd-Alois Zimmermann, Photoptosis, preludio para gran orquesta; Gérard Pesson, Wunderblock (Nebenstück II), para acordeón y orquesta; Iannis Xenakis, Antikthon, para gran orquesta. Teodoro Anzellotti, acordeón; Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, WDR; Brad Lubman, director musical. Festival de Otoño de París
Tiene lugar el segundo de los conciertos del Festival de Otoño de París, este año dedicado al compositor francés Gérard Pesson, y éste se da cita con Zimmermann y Xenakis. Un concierto aparentemente de música contemporánea al uso, cuya lógica programática se agotaría en su condición de música contemporánea -de la actual y también de la que no lo es-, y del que sin embargo pudimos extraer una profunda coherencia interna a través del juego con la idea de memoria.

Las dos obras de Pesson pusieron de manifiesto la destacada impronta de la memoria en su obra, concebida, empero, desde ópticas opuestas. Por un lado, en las Aggravations que dieron inicio al concierto, la memoria materializada a través de una especie de caída libre sobre el abismo, como “huida hacia delante” evidenciada en la escena por la intensa vibración rítmica que logró transmitir la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, cuyos miembros se mostraron por momentos convertidos en auténticos actores-performers a través del gesto aparentemente banal de pasar página, y que cuajó perfectamente integrado en la dinámica sonora y visual de la obra. Por otro lado, la revelación de la memoria en Pesson a través de la fórmula de oeuvre à coté, de obra en paralelo, que en el caso de su segundo trabajo, su Wunderblock, no era sino el 'Maestoso' de la Sexta Sinfonía de Bruckner. Pesson se mostró aquí maestro de la memoria concebida como juego velado. No de la memoria directa como en Zimmerman sino de la memoria translúcida, de una memoria lejana y tamizada. Una memoria basada en la técnica del wunderblock concebida por Freud para registrar de manera más perfecta los rasgos profundos de personalidad que podrían ser ocultados por la memoria, logrando así una escritura que se fuese borrando simultáneamente a su ejecución. Esta técnica inspiró el Wunderblock de Pesson, concebido, por tanto, a partir de Bruckner y a la vez eliminando a Bruckner. Y una memoria dada a luz a través de un acordeón, el de Anzellotti, perfectamente empastado con la tímbrica orquestal.

La Photoptosis de Zimmermann cuajó como memoria diacrónica a través de su trabajo con el tempo. Un tempo aquí incombustiblemente precipitado en espiral, un tempo huidizo en busca de la luz -en consonancia con el título de la obra- alcanzada justo en el momento en que se nos presentaban los doce sonidos cromáticos. Un tempo que en Zimmerman se revela en auténtica metáfora de la música: tempo como presente perpetuo donde se dan la mano pasado, presente y futuro. El tempo concentrado en la cáscara de nuez que Zimmerman toma prestada de la nutshell de Joyce, revelación figurativa de su música, y al que pudimos allegarnos a partir de la magnífica exposición previa al concierto del gran musicólogo que ya es Laurent Feneyrou. Y un tempo que se significa también a través de la referencia a los monocromos de Yves Klein y que otorgan a la obra, en su primer movimiento, el carácter de una inmensa tela extendida: el tempo detenido. Por otro lado, la memoria siempre presente en la cita directa, en el collage, actualizada en el segundo movimiento de la obra. Ya no se trata de una memoria velada como en Pesson sino del juego de la cita directa.

Por último la memoria ancestral en el Antikthon de Xenakis como colofón del concierto. Aquí Xenakis remite a través de la memoria al más ancestral de los pasados, al mito germinal que cristaliza unido a la teorización pitagórica en las fuerzas cósmicas. Memoria, matemática y cosmología se dan cita en una obra que fue concebida para ser dramatizada por nada menos que Balanchine y a la que desde la escena quizás faltó chispa; comprensible, después de casi dos horas de intensa velada.

A través de Pesson, Zimmermann y Xenakis el concierto se reveló como expresión continua de lo que fue y precipitándose constante e irremediablemente sobre lo que va a ser (como “movimiento y huella”, definen el concierto los programadores). Un concierto transfigurado, por tanto, en metáfora de la propia música, la obra musical convertida en resonancia, en evidencia presente de la condición permanentemente caduca del discurso musical. Un concierto (metamusical) donde la música nos habló de su propia condición de música.

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