España - Galicia

Chivo que rompe tambor, con su pellejo paga

Juan Gil y Tino Martínez

martes, 17 de julio de 2001
A Coruña, jueves, 12 de julio de 2001. Teatro Rosalía de Castro. Neopercusión. Director: Juanjo Guillén. Programa: Los elementos. J. S. Bach: Cuatro Corales (arreglo de John Bergamo para cuatro vibráfonos con arco). I. Xenakis: Okko (para tres djembés). Y. Taïra: Hierophonie (para seis percusionistas). O-le-le. Samba popular brasileira con arreglo de Rogerio de Souza. III Festival Internacional de Música de Galicia. Aforo: 750 localidades. Asistencia: 30%.
Dentro de la programación de este año del Festival Internacional de Música de Galicia, siguiendo la nueva y errática política de descentralización de actividades, se celebró en A Coruña un singular concierto centrado en los sonidos de percusión y en la multiculturalidad del programa. Al llegar al teatro, el espectador se sorprendió al ver una puesta en escena más digna de un mercado persa que de un concierto propiamente dicho: multitud de instrumentos de la más dispar procedencia geográfica y étnica aparecían extendidos a lo largo y ancho del escenario, sin orden ni criterio (más que nada el orden y el criterio de quien los desembarcó allí) y empezaban a sonar en los primeros compases de una improvisación que, si bien encontró su punto de referencia en el protagonismo de la marimba, se convirtió en un potpurrí de sonoridades varias generadas por los más inimaginables objetos (tambores de agua, campanas zen, ocean drum, palo de agua, etc.).Los músicos surgen de los laterales del teatro en una suerte de procesión pagana, presidida por los instrumentos que portaban. La primera pieza a interpretar, Los elementos, de la autoría de propio grupo, consistió más que en una composición guiada por una idea o por un programa concretos, en un muestrario de los sonidos que se pueden generar con objetos de uso cotidiano. A tenor de lo que explicaba el programa de mano, se intentaba plasmar el proceso de creación del mundo y la combinación de los elementos básicos (agua, fuego, tierra y aire), de forma que cada uno de ellos se expresó por medio de su correspondiente familia sonora. Un sucesión in crescendo mostraba el paso del caos al cosmos ordenado, sin mayor pretensión ni interés.Más atractiva en su planteamiento fue la segunda pieza, consistente en unos arreglos de John Bergamo de cuatro corales bachianos para vibráfonos tocados con arco de contrabajo. Debe destacarse la analogía sonora con el órgano que se consiguió, con una mayor riqueza de los armónicos, pero con una textura más sinuosa, más discontinua. Las finalizaciones fueron simplemente caóticas puesto que se dejaba el sonido en plena libertad, sin control del intérprete, hasta su fallecimiento por motivos naturales. A ello se deben sumar los problemas de coordinación y del empleo de obras nacidas por y para una tonalidad concreta que se sumergen en un océano tímbrico diferente, cuando no opuesto.La perspectiva contemporánea la pusieron las obras de Xenakis y de Taïra. Okko (1989) del primero de ellos, una deliciosa obra para tres djembés, basada en la teoría de conjuntos y del cálculo de probabilidades, que fue ejecutada con excesiva dureza (violencia hasta cierto punto), de modo que se perdieron muchas de las sutilezas y de los matices que la composición del griego encerraba. Los tres sonidos básicos del instrumento se combinaron en una ordenada serie matemática, tan ordenada y tan matemática que se podía seguir la pulsación marcado por los propios músicos. Con esto terminó la primera parte del programa, dando paso a un prolongado descanso.Se reinició el espectáculo con la Hierophonie de Taïra, para seis percusionistas. La defectuosa calidad de algunos de los instrumentos y el escaso énfasis de los gritos que requería la propia pieza frustraron cualquier posibilidad de disfrute de la misma.Pero lo peor estaba por venir. No hay que ser un fanático del formalismo, pero ciertas actitudes exigen un marco propicio y un receptor o receptores adecuados. No es de recibo que el ¿líder espiritual? del grupo, tras justificar la inclusión en el programa de una pieza de música popular brasileña, se dedicase a jalear al respetable, pidiendo sus aplausos, en una escena que recordaba más bien a aquellas gloriosas palabras de Gaby, Fofó, Miliki y Fofito ("¿Cómo están Ustedes?") que atormentaron nuestras infancias. Parecía un espectáculo futbolero (casi hípico mejor que épico) que habría causado sensación en el estadio de Riazor, en un festival gastronómico cualquiera de los que pueblan el solar galaico por estas fechas o en el neohippismo renovado del festival celta de Ortigueira y similares. Pero, repetimos, no era el lugar adecuado. Suerte que no pidió que hiciésemos La Conga al final, recorriendo el patio de butacas al ritmo de sus instrumentos: simplemente hubiera sido el delirio orgiástico, el intento de camuflar bajo el manto del populismo más simplón una cierta incapacidad, buscando el apoyo de los niños, que son quienes gozan con estas cosas de las palmas, los silbatos y los bailes agarrados. Asimismo demostraron importantes carencias vocales cuando tuvieron que enfrentarse al simple O-le-le.En resumidas cuentas, un interesante programa a priori que se quedó en una exhibición de falta de recursos económicos (por lo de los instrumentos: muchos y baratos) y de falta de gusto, tacto y olfato (en la ejecución y en el tratamiento dado al público: no todos eramos niños, ni futboleros, ni aficionados a la equitación). Por último, queremos hacer una pequeña mención al hecho de que el concierto coincidiese con otro espectáculo dentro del mismo festival: descentralizar está bien, pero mejor y más deseable y sano es descentralizar con criterio y sin hacerse auto-boicot. Cierto es que la actuación de Neil Young y Beck en el Coliseum pudo ser algo imprevisible y ajeno además a la propia organización, pero lo que no se puede hacer es proyectar en un radio de 50 kilómetros, bajo el mismo festival, dos actividades en principio atractivas para un mismo sector del público. Luego pasa lo que pasa: que una de las actividades se llena y la otra no llega ni al medio aforo.

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