España - Euskadi

Strauss triunfa en territorio Verdi

Javier del Olivo
miércoles, 22 de octubre de 2008
Bilbao, sábado, 18 de octubre de 2008. Palacio Euskalduna. R. Strauss. Ariadne auf Naxos. Libreto de H. von Hofmannsthal. Uwe Eric Laufenberg, dirección de escena. Tobias Hoheisel, escenografía. Jessica Karge, figurines. Wolfang Göbbel, iluminación. Agnes Moyses, coreografía. Adrianne Pieczonka (Prima Donna/Ariadne). Valentina Farcas (Zerbinetta). Klaus Florian Vogt (Der Tenor/Bacchus) Michelle Breedt (Der Komponist). Konrad Jarnot (Musiklehrer). Peter Bronder (Tnzmeister). Marta Ubieta (Echo). Alexandra Rivas (Dryade). Cristina Obregón (Najade). Iván Paley (Harlekin). Markus Brutscher (Scaramuccio). Ante Jerkunica (Truffaldin). Mikeldi Atxalandabaso (Brighella). José Manuel Díaz (Der Lakai). Carlos Imaz (Perückenmacher). Götz Argus (Haushofmeister). Alberto Núñez (Der OIffizier). Orquesta de Cámara de Basilea. Stefan Anton Reck, director musical. 57 Temporada de la ABAO. Ocupación 100 %
0,0003612 Bilbao puede considerarse hoy que es la plaza operística más volcada en la obra de Giuseppe Verdi. Desde hace tres años se vienen representando una media de tres obras del autor italiano dentro del proyecto de escenificar su catálogo completo. Pero ya la temporada pasada no fue ninguna de las óperas del compositor de Busetto la que suscitó el mayor interés en gran parte de los aficionados bilbaínos y de la crítica especializada. Fue, fueron, dos obras del siglo XX, presentadas en un mismo programa, las que se consideraron lo mejor del año: Elektra, de Strauss, y El Castillo de Barba Azul, de Bartok. Esta temporada, aunque quizás sea prematuro decirlo, vamos por el mismo camino. El pasado sábado vimos una representación de Ariadne auf Naxos que firmaría cualquier gran teatro del mundo, sobre todo en lo musical. Un gran triunfo del genio alemán en territorio verdiano.

Ariadne auf Naxos es la tercera colaboración de Strauss con el poeta y escritor Hugo von Hoffmanstal. Fue éste uno de los tándems más fructíferos de la historia operística, aunque no fuera la suya siempre una relación sin obstáculos. La idea del teatro dentro del teatro no es nueva, pero en Ariadne, Hoffmanstal la resuelve con gran originalidad. En la primera parte de la obra, el llamado Prólogo, se nos presenta a los personajes que van a representar dos obras, una seria y otra cómica, como entretenimiento para los invitados en la mansión del que se autoproclama “el hombre más rico de Viena”. En esta galería de tipos destaca el del Compositor, joven que va a estrenar su ópera seria Ariadne auf Naxos. La otra será una comedia costumbrista a cargo de unos comediantes italianos liderados por la alegre Zerbinetta. Pero una decisión caprichosa del rico hacendado hace que ambas obras se fundan en una sola, para gran desesperación del joven compositor, algo remediada por la intervención de la pizpireta italiana. En la seguna parte, la llamada Ópera, es donde la genialidad de Hoffmanstal se hace palpable en la admirable unión de tragedia y comedia y su resolución en un final que contenta a todos.

La música de Strauss, si bien en casi toda la representación acompaña, engrandece y eleva lo que escribe su libretista, hay un momento donde va por otro camino. Y es precisamente en el dibujo del personaje que da título a la obra, Ariadne. Si Hofmannsthal pone en sus labios versos de desesperación y tristeza, y nos presenta a una mujer sin futuro, Strauss trasluce un deseo de salvar a su heroína, y en todo momento (no en vano es Strauss uno de los mejores retratistas del alma femenina) hay un rayo de luz en los compases que le dedica.



Fotografía © 2008 by E. Moreno Esquibel

Volviendo a la representación que el pasado 18 de octubre puso en pie la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera), hay que destacar, sobre todo, el excelente elenco que pudimos escuchar. Ya se ha comentado más de una vez el mimo e interés que pone esta asociación a la hora de buscar voces de referencia internacional en los roles de las óperas que presenta. Si este empeño ha naufragado alguna vez en los últimos papeles, sobre todo en los tenores verdianos, no ha pasado lo mismo en el complicado repertorio alemán.

Adrianne Pieczonka es una soprano en plena madurez vocal. No puede haber más que admiración y aplauso para la recreación que hizo del rol principal, la abandonada Ariadna. Como cantante fue sobresaliente. Su voz bella y bien modulada sirvió plenamente a lo escrito por Strauss, llevando esa luz de la que hablábamos a su oscuro texto. Sin aparentar en ningún momento esfuerzo o tensión, recorrió toda la tesitura exigida con un legato admirable y una elegancia que solo una excelsa conocedora del canto straussiano puede tener.



Fotografía © 2008 by E. Moreno Esquibel

Para la coqueta y voluble Zerbinetta, Strauss compuso uno de los pasajes más impresionantes que se pueden escuchar para una soprano ligera. No solo las endiabladas coloraturas, sino los constantes cambios de ritmo y tesitura hacen que sea una auténtica piedra de toque para la cantante que asume este papel. La rumana Valentina Farcas posee un físico muy adecuado para el papel, y si bien cantó con una impecable técnica y sin aparentes dificultades (si exceptuamos algunas tiranteces en los reguladores), le faltó más potencia y decisión para arrasar con esta perla del canto operístico. Fue muy aplaudida, pero uno siempre espera que le dejen con la boca abierta ante este despliegue de pirotecnia vocal, y en este caso no fue así.

El primer papel importante femenino que interviene es el del travestido compositor, que protagoniza el prólogo de la obra. En esta ocasión fue Michelle Breedt la que se ponía en la piel del joven e impetuoso autor que quiere que su obra triunfe, pero sobre todo, que conserve toda su integridad. Sus medios vocales fueron suficientes, y aunque un poco insegura en sus primeras notas, fue haciéndose con su papel, al que dotó de toda la energía y frescura que necesita, destacando sus bellísimos cambios de intensidad, jugando con un fiato envidiable.

Ariadne auf Naxos tiene papeles de lucimiento para los secundarios. En el caso femenino, las tres ninfas que habitan el peñasco solitario en el que se halla Ariadne. Tanto Marta Ubieta (Eco) como Alexandra Rivas (Dríade) cantaron con impecable técnica y bellísima voz. Pero destacaría la Náyade de Cristina Obregón, una excelente cantante con muchísimo futuro por delante. Juntas crearon algunos de los momentos más intimistas y deliciosos que tuvo la representación.



Fotografía © 2008 by E. Moreno Esquibel

En algunos círculos se comentaba si Klaus Florian Vogt sería el cantante adecuado para el difícil rol de Baco. La nómina de tenores heroicos del repertorio alemán es francamente escasa, y un papel tan exigente como éste haría claudicar a más de uno. Quizás por esto, el cantante alemán fue el gran triunfador masculino. Hacía tiempo que en el palacio Euskalduna no se oía una voz de esta cuerda con esa fuerza, con esa potencia, con esa facilidad en todo el registro. Fue un heldentenor en toda regla. Bravo.

El maestro de música es el papel que acompaña al compositor en sus peripecias en el prólogo. No es un papel cómico, pero sí que pone un poco al joven escritor en su sitio. Strauss escribió para él una música resolutiva como para todos los comprimarios de esta parte de la obra. Konrad Jarnot, que asumía el rol, lo despachó un poco sin pena ni gloria, pero con toques de buen actor. Mucho mejor estuvo Peter Bronder como el maestro de danza, director de la troupe italiana. En ésta, el papel más destacado es el de Harlekin. No brilló aquí Ivan Paley. Su voz, no excesivamente bella, careció del cuerpo suficiente que requiere el papel. Bien el resto de personajes italianos, destacando entre ellos el Brighella de Mikeldi Atxalandabaso. Ariadne tiene un personaje que no canta, el mayordomo de la casa, que aquí asumió el actor alemán Götz Argus, que hizo una caracterización acertada del chulesco valet.

Decir que la música de esta ópera es bella es decir poco. Strauss es un maestro en pasar de lo camerístico a lo sinfónico sin ningún problema ni desajuste sonoro. Stefan Anton Reck, director musical, fue de menos a más. Impuso en el prólogo ritmos excesivamente lentos, que si bien dejaron lucirse a Zerbinetta y al Compositor en su bello diálogo, resultó algo plomizo en general. Atento siempre a sus cantantes, estuvo mucho más acertado al final de la ópera, donde sirvió un dúo entre Baco y Ariadna de una belleza impresionante. Profesional y bien empastada estuvo la Orquesta de Cámara de Basilea, que debutaba en el foso del Euskalduna.

La producción, procedente del Gran Teatro del Liceo, la firmaba Uwe Erik Laufenberg. Si bien la dirección de escena fue adecuada y resolvió sin problemas la dramaturgia, no destacó en nada más. Ni los muy clásicos decorados de Tobías Hoheisel ni los figurines de Jessica Karge pasaron de lo correcto. Más fallos se vieron en la iluminación de Wolfang Göbbel. Una producción puesta al servicio de la obra, que si bien no la entorpeció ni distrajo nuestra atención (aparte de unas figuraciones que a veces no venían muy a cuento), tampoco aportó nada a lo que estábamos escuchando.
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