España - Castilla y León

Decibelia, feria del metal

Samuel González Casado
viernes, 14 de noviembre de 2008
Valladolid, sábado, 8 de noviembre de 2008. Auditorio de Valladolid. Dagmar Pecková, mezzo. Orquesta Sinfónica de la BBC. Director: Jirí Belohlavek. Richard Wagner: Wesendonk Lieder (orquestación de Felix Mottl). Anton Bruckner: Sinfonía nº 5 en Si bemol mayor, WAB 96 (edición de la Bruckner Gesellschaft). Ocupación: 65% de 1700
0,0001488 Un concierto con Bruckner y Wagner suele congregar sobre todo a fans incondicianales, pues es sabido que ambos autores despiertan desde el entusiasmo más enfebrecido hasta el odio más indisimulado. Reconozco que me encuentro entre los que adoran esta feria temática tedesca, tradicional fuente de satisfacciones para quien escribe estas líneas. Una buena interpretación de obras de Bruckner, Wagner, Mahler o Strauss, sobre todo cuando coinciden con situaciones personales del que escucha afines a lo que pueden llegar a transmitir estas músicas, puede convertirse en toda una experiencia.

Fue ésta una feria algo extraña, porque puede decirse que no hubo nada que estuviera mal y, sin embargo, tampoco me transmitió gran cosa; desde luego, mucho menos de lo esperado. La razón hay que buscarla sobre todo en el director, sin duda un excelente técnico con cosas que decir, pero que seguramente utiliza unas vías que no logran transportanos a ese 'más allá' de las notas, como luego se dirá respecto a la Sinfonía nº 5 de Bruckner.

En los Wesendonk Lieder se notó que Jiri Belohlávek no estaba especialmente preocupado en arropar convenientemente a su compatriota Dagmar Pecková. La checa consigue un bello color a costa de oscurecer bastante su centro, lo que paga sacrificando graves, agudos a partir del Fa y limitando continuamente el volumen para evitar el trémolo. Un caso comparable al de otras mezzos que tratan de disfrazar sus verdaderos medios, aunque aquí hablamos de un coloreado que no se hace en boca y, por tanto, la emisión no es mala: los resonadores superiores tienen buena presencia y utilización en gran parte de la tesitura, lo cual es de agradecer ante tantos y tantos casos de cantantes guturales que terminan a garganta descubierta. Se echó en falta, empero, algo más de intencionalidad en el fraseo en ‘Der Engel’ y ‘Stehe still!’, aunque en ‘Träume’ lució unas medias voces redondas y perfectamente graduadas.

La Sinfonía nº 5 es, bajo mi punto de vista, la obra más perfecta de Bruckner, pese a que no luzca la efusividad melódica de alguna de sus hermanas. Se trata de una composición armónicamente compleja, de endiablado contrapunto: ese último movimiento convierte la indiscutible genialidad de un organista en genuina plenitud sinfónica. La enorme y escindida fuga que forma el primer bloque temático se trabaja sobre una metamorfosis continua de genialidad creciente hasta su culminación en esa 'pequeña hecatombe' que se desmorona pomposamente, efecto radicalmente subrayado por Belohlávek. El segundo bloque, tan ligero, fue liquidado a toda velocidad, en busca de un contraste con la fuga no del todo conseguido (sonó superficial y poco trabajado).

En general, digámoslo ya, pese a que la orquesta es estupenda -sube enteros por una sección de cuerda tremenda, y no tanto por unos metales contundentes pero poco sutiles y unas maderas algo dubitativas a veces-, la concepción del director diáfana y variada -con una perfecta di-sección de lo que hay que conseguir y cuál es el punto de llegada en los crescendi-, el volumen utilizado fue tan brutal que en no pocas ocasiones la cuerda partía del mezzoforte en vez del piano, para culminar en un estruendo ensordecedor de los metales difícilmente disfrutable; en este sentido, el tercer movimiento fue un auténtico terremoto. Aunque, ojo, estruendo ordenadísimo, con la cuerda escuchándose perfectamente, y el timbalero (y su refuerzo) luciendo músculo sin tapar a nadie.

Se consiguieron momentos muy bellos en el primer y segundo movimientos gracias a una articulación de la cuerda muy bien marcada -clarísimos grupetos-, pero generalmente no había calor en el fraseo, sino una sensación de perfecta, buscada y trabajada asepsia (que no monotonía, insisto), culminada siempre con ese molesto exceso acústico. La transiciones tampoco aportaban originalidad o regusto romántico especial, excepto cuando daban pie a conseguir algún efecto lindante con lo expresionista, ni los decibelios sugerían ese misticismo arrollador que otros colegas más sabios en el arte de la gradación han logrado: escuchado un fortísimo, escuchados todos. La magnífica coda del último movimiento debería ser siempre algo especial, y aquí esto no se logró: el mismo ‘fuego’ (por decir algo) con algo más de leña.

Supongo que este estilo analítico tendrá sus partidarios, y debo reconocer que cuando técnicamente se raya a gran altura uno disfruta en ese momento de una obra enorme como esta sinfonía. Pero la sensación al abandonar la sala es que el discurso musical no ha acabado de funcionar, y que por mucho que se pueda admirar resultados tales... para qué negarlo: el Bruckner que me gusta es ese de los Jochum creyéndoselo y amándolo, el de los Kabasta cometiendo excesos geniales, el plástico y sentido de los Abendroth, el personalísimo de los Knappertsbusch o su maravillosa sucursal Matacic, el natural y sabio de Walter, el acorazado y expeditivo de los Horenstein, el nunca suficientemente valorado de los Mravinski (que firma la mejor Novena que se ha registrado jamás) y, finalmente, el absoluto de los Furtwängler. Recordamos, porque nunca está de más repetirlo, que no es recomendable comparar un concierto con la música grabada, pues hablamos de medios de transmisión muy distintos, absolutamente condicionantes del resultado. Sin embargo, creo que el lector entiende lo que quiero decir: existen un montón de maneras de afrontar una partitura, pero la fórmula de la emoción no se encuentra escrita en ella.
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