España - Madrid

¡Impresionante en todos los sentidos!

Juan Krakenberger
viernes, 28 de noviembre de 2008
Madrid, miércoles, 19 de noviembre de 2008. Auditorio Nacional.Sala Sinfónica. Anne-Sophie Mutter, violin. Lambert Orkis, piano. Johannes Brahms: Sonatas nº2, nº1 y nº3 para violín y piano. Solistas Extraordinarios de Juventudes Musicales de Madrid. Aforo: 99%
0,0001843 A sus 45 años, Anne-Sophie Mutter -esbelta, elegante, bonita- se parece a todo menos a una de las mejores violinistas del mundo. Su atracción mediática es indiscutible, y no es para menos. Ningún violinista tiene tantas entradas como ella en el buscador Google: casi medio millón. Que a pesar de todo este mundo carismático que la rodea -y que la ha rodeado siempre- ella haya tenido tiempo y calma suficiente para adentrarse en las partituras del pasado y del presente es, sencillamente, admirable.

Digo esto porque tras haberle oído las tres Sonatas para violín y piano de Brahms tocadas por ella, hay un antes y un después: he oído estas sonatas decenas de veces, he escuchado otro tanto de grabaciones, las he tocado yo mismo hace medio siglo, y heme aquí teniendo que reconocer que ella supo imprimir a estas obras, sobre todo a las Sonatas nº1 y nº2, unos detalles expresivos, un fraseo, y una concepción como hasta ahora nunca había presenciado.

Para lograrlo, recurre tanto a recursos técnicos -que le sobran- como a recursos sonoros. Es correcto asumir que en tiempos de Brahms, con el violinista Joachim como primer exponente de su oficio, el vibrato ya era algo normal, pero el 'constante vibrato' no lo era. Y es así que ella tocó pasajes enteros sin vibrato alguno, contrastando luego esta sonoridad con otra, vibrando, e enriqueciendo así el lenguaje expresivo notablemente. Luego viene la libertad de tempi, cosa también connatural con la música de Brahms. Pero ella va un paso más allá dando énfasis a ciertos giros variando el ritmo del momento, con lo cual logra muchas veces enfatizar algo íntimo, ensoñado, que de otra manera no surtiría el mismo efecto. Tengo que acotar aquí que algunas pocas veces se pasó con unos manierismos que le conozco de sus Sonatas de Beethoven, donde me parecen totalmente fuera de lugar. Con Brahms y su romanticismo contenido esto es plausible, pero unas pocas exageraciones las hubo, a pesar de todo. Pero el concepto, en su integridad, fue admirable.

Luego vienen los aspectos de orden técnico. Ella puede permitirse tocar una melodía en tesituras altas de la cuerda de Sol, por motivos sonoros, sin que esto pueda advertirse en cuanto a claridad o afinación. Lo que ella se propone hacer sobre el violín, lo logra con la mayor soltura, y eso que hay algunos pasajes en estas sonatas que son exigentes. ¡Para ella, no!

Todo esto presupone naturalmente que ella pueda contar con un pianista que le siga, que le permita su protagonismo, que sepa tocar piano en un instrumento de cola grande. Y esto, Lamberto Orkis sabe hacerlo. Para ello recurre al pedal de piano más veces que otros pianistas. Y cuando tiene pasajes para piano, solo, nunca se excede y da rienda suelta. Esa debe ser la razón que la Mutter toca con él desde 1988 y no se haya juntado nunca con algún pianista célebre (como por ejemplo, el caso de Martha Argerich con Misha Maisky, que comentamos hace poco). Un detalle, no menos importante por motivos visuales, es que Orkis no precisa de ayuda para dar vuelta de hoja a sus partituras. No conozco ninguna edición que permita esto, así que concluyo que -con los medios técnicos que hoy día abundan- se ha confeccionado partituras sui generis que le dejan una mano libre, en el momento oportuno. Creo haber detectado una vuelta, una sola vez, donde emitió alguna nota en el bajo para tener la mano izquierda libre, pero eso apenas se notó.

El hecho que solamente la Mutter y Orkis aparecen en el escenario confiere mayor intimidad a su actuación, y este detalle se agradece. Acotar aquí que la Mutter toca sin atril, pero está parada casi al lado del pianista y puede utilizar la partitura sobre el atril del piano como aide memoir. Pero no cabe duda que se sabe estas sonatas de memoria, otro recurso más que le deja libertad para expresarse.

Otro pequeño detalle, no menos interesante: apenas hubo un breve momento para respirar entre los tres o cuatro movimientos de cada sonata. Cuando, al finalizar un primer o segundo movimiento, se inician las toses acostumbradas, ya empieza a sonar el movimiento siguiente provocando silencio inmediato. En la Tercera sonata esto fue más notable aún. La obra se tocó prácticamente sin solución de continuidad. Me parece oír a la Mutter decir: el que suena aquí es mi violín Stradivarius, no ustedes.

Sobran comentarios sobre estas tres Sonatas de Brahms. Todo alumno de violín las debe tocar. Son, todas y cada una, obras maestras, que contienen bellezas y tesoros que logran conmover al oyente. Hubo varios momentoss de auténtica magia, sobre todo en los movimientos lentos: ¡qué sobrecogedora intimidad y emoción! Es de destacar que la singularidad de la interpretación de la Mutter se notó más en las primeras dos Sonatas, y menos en la Tercera, cosa -en rigor- lógica: la Tercera se abandona menos, su técnica compositiva está más desarrollada, y limita así algo más la libertad del intérprete.

Los aplausos fueron, por supuesto, prolongados y calurosos. Así que el público se ganó dos propinas, sendas Danzas húngaras, también de Brahms. Aquí la Mutter se convirtió de repente en un violinista gitano, magiar, haciendo de las suyas con un derroche de virtuosismo y arrojo inigualable. Después de cada danza, el auditorio se vino abajo de clamor y sonoro aplauso. Esto fue una auténtica aventura. ¡Inolvidable!
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