España - Valencia

Ni Luisa ni Miller: Rodolfo

Rafael Díaz Gómez
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Valencia, domingo, 16 de noviembre de 2008. Palau de les Arts. G. Verdi: Luisa Miller, melodrama trágico en tres actos. Libreto de Salvatore Cammarano, basado en Kabale und liebe (Intriga y amor) de Friedrich Schiller. Estreno: Nápoles, Teatro de San Carlo, 8 de diciembre de 1849. Producción del Teatro Massimo de Palermo. Dirección escénica: Lamberto Puggelli. Escenografía y vestuario: Luisa Spinatelli. Iluminación: Bruno Ciulli. Alexia Voulgaridou (Luisa), Rodolfo (Marcelo Álvarez), Andrej Dobber (Miller), Orlin Anastassov (Conde de Walter), Rafal Siwek (Wurm), María José Montiel (Federica), Francesca Pedaci (Laura), David Asín (un aldeano). Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Lorin Maazel
0,0001959 Rodolfo, sí. Es decir, Marcelo Álvarez. Y Lorin Maazel. Suficientes ambos para hacer triunfar la representación. El tenor argentino se enfrenta al papel con la sabiduría de la madurez y, por lo tanto, con un arrojo libre de atolondramientos. Apenas se le nota la tensión de la tesitura en la que le hace cantar Verdi y se deleita en todos los matices, en las medias voces, en los reguladores. Flexiona cada fraseo y brilla donde el resorte de la flor de piel salta sin remedio.

El director, por su parte, parece que goza como nadie. Le gusta esta ópera, que ya interpretó en versión de concierto hace unos años en el Palau de la Música. También le gusta su orquesta. Y la hace funcionar como una máquina capaz de compatibilizarla sin desdoro con las funciones de Parsifal. Una máquina dúctil, que halla un compromiso exacto entre la precisión y las necesidades de los cantantes (aunque da la sensación de que si tuviese que salvar a alguien de un naufragio musical, Maazel rescataría primero a los instrumentistas). Y si es en el tercer acto donde conquista los mejores logros, donde consigue integrar de forma modélica la línea flexible del canto en el entramado de la orquesta y donde encuentra el punto justo entre acción dramática y musical, es simplemente porque así lo demanda la partitura, pues es este acto el que el compositor dotó de mayor unidad, una resolución que anunciaba el nuevo camino que estaba a punto de emprender la ópera italiana.

Y siguiendo con los cantantes, de Rodolfo pasamos, en orden de méritos, a Federica. Excelentes ambos en el dúo y ella, María José Montiel, haciendo que añoremos un papel más extenso. La madrileña aprovecha con mucha inteligencia y mejor gusto sus recursos para componer una duquesa tan noble como cálida y cercana.

El resto de las voces, sin llegar a lo deficiente, no se encuentra al mismo nivel. Alexia Voulgaridou, en su tercera aparición en les Arts, no acaba de despuntar. El complejo personaje que le toca encarnar se ha de mover entre la ligereza del comienzo y el dramatismo del final. Pero en su caso se queda en un terreno indeterminado. Es ahí, en esa tierra media, donde mejor se desenvuelve y donde consigue hermosos fraseos y delicados matices, sobre todo en el tercer acto, apoyada o inspirada, quizá, por el dúo Álvarez-Maazel.



Momento del ensayo general
Fotografía © 2008 by Palau de les Arts de Valencia


Entre los tres graves hay otro habitual en el teatro valenciano, el búlgaro Orlin Anastassov. Pero no sólo en eso coincide con Voulgaridou. También él, como la griega, no acaba de dar el golpe de autoridad vocal que cabía esperar de él. Incluso se le nota algo más agrietado que en ocasiones anteriores, quizá porque el rol del conde Walter tiene de dificultad, sobre todo en la zona aguda, lo que le falta de duración.

El Wum de Rafal Siwek es demasiado plano. Bien es cierto que Verdi hace recaer sobre la orquesta buena parte de la carga dramática del personaje, pero en el canto de Siwek echamos de menos más variedad.

A Andrej Dobber le cabe la tarea de sustituir a Carlos Álvarez. Su Miller parece mermado por la preocupación ante las exigencias de entonación de su parte, lo que le resta naturalidad y paterna humanidad.



Momento del ensayo general
Fotografía © 2008 by Palau de les Arts de Valencia

La producción, estrenada hace cuatro años, llega del Teatro Massimo de Palermo. Escenográficamente se abre sobre el escenario una suerte de retablo o, mejor, de casa de muñecas que recoge parte de la acción sobre sus varios compartimentos. Un a modo de teatro dentro del teatro con exhibición clara de los mecanismos y engranajes que mueven los paneles (recintos pequeños, casi opresivos, y grandes cuerdas y poleas: el poder manejando los hilos). La acción quiere Lamberto Puggelli situarla en la Holanda del XVII. Así se reproducen con sorprendente fidelidad pinturas de esa época. También hay proyecciones de cuadros bien representativos. Intenta Puggelli asociar a Rembrandt con los poderosos, mientras que a Vermeer con los humildes, de ahí que Walter aparezca vestido como un personaje de La ronda de noche y Luisa como la muchacha de La joven de la perla. Por lo demás, este recurso a lo holandés barroco quiere estar ligado con el carácter burgués que pretendidamente tanto Schiller como Cammarano-Verdi querían otorgarle a sus obras. Si todo esto funciona y es más o menos inteligible, no lo es tanto el desdoblamiento y cruce de algunos personajes mediante actores, de tal forma que tanto el cantante como su doble mímico llegan a presentarse simultáneamente en escena sin una intención muy clara, excepto la de intentar salvar la incomunicación que crean los compartimentos estancos. Que la actriz que dobla a Luisa en un momento dado enseñe generosamente sus pechos al público es prescindible si lo único que se desea es mostrar lo bajo que cae la chica debido a la presión ejercida por los que llevan las riendas.

No en esa ocasión del semidesnudo, pero sí en otras, el público, implicado y atento, convencido, aplaudió mucho. Y es que el espectáculo mereció la pena. ¡Qué gusto da cuando la ópera te vuelve a coger desprevenido y te demuestra lo hermosa que puede ser!
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