Alemania

Un cuento de Navidad en una caja negra

Xoán M. Carreira
miércoles, 7 de enero de 2009
Berlín, viernes, 26 de diciembre de 2008. Komische Oper Berlin. La Bohème, ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini sobre un libreto de Giuseppe Giacosa und Luigi Illica. Versión alemana de Bettina Bartz y Werner Hintze. Dirección escénica, Andreas Homoki. Decorados, Hartmut Meyer. Vestuario, Mechthild Seipel. Iluminación, Franck Evin. Elenco: Brigitte Geller (Mimi), Natalie Karl (Musette), Timothy Richards (Rodolfo, el poeta), Mirko Janiska (Marcel, el pintor), Edwin Crossley-Mercer (Schaunard, el músico), Dimitry Ivashchenko (Colline, el filósofo), Hans-Martin Nau (Benoit el casero), Stephan Spiewok (Alcindor), Christoph Schröter (Parpignol) y Mathias Bock (Sargento). Coro, coro infantil y orquesta de la Komische Oper Berlin. Carl St. Clair, dirección musical
0,0001465 El telón abierto y la caja negra plenamente iluminada y sin ningún tipo de decorado reciben a los espectadores. Sólo un poco de nieve que cae nos recuerda simultáneamente las fechas en las que estamos y que se va a representar La Bohème. Empieza a sonar la música y sale Marcel portando dos cubos de pintura: uno de azul y otro de amarillo que arroja contra la pared con lo cual nos enteramos que en esta ocasión nuestro pintor fracasado es un artista conceptual. Es en esta caja negra en la que Homoki desarrollará los cuatro actos de su Bohème y no necesitará nada más porque Homoki es un mago de la dramaturgia y todo lo que él toca se convierte en teatro.

El único elemento escénico, descomunal, es un abeto navideño cuya erección alude al doble enamoramiento de Mimi y Rodolfo, y de Marcel y Musette. El resto de los elementos -mesas del café, carrito de la compra, bidón de petróleo, asientos, cajas de regalo, etc.-, al igual que en el gran teatro del XVII, son piezas de la vida cotidiana que por sí mismas evocan todo el espacio que las contiene habitualmente. El resto lo proporciona una iluminación y unos figurines tan requetebuenos que pasan desapercibidos hasta que uno los recuerda asombrado, pero sobre todo esa capacidad de Homoki para hacer que sus actores sonrían, se asombren, se emocionen, se entristezcan …. ¡se miren!



Que todo tenga sentido teatral y cada personaje -hasta el casero- esté integrado en la dramaturgia tiene notables ventajas no sólo para que el espectador disfrute del espectáculo sino también para la propia funcionalidad interna del mismo. La comodidad, tranquilidad y seguridad de la actuación repercute a la hora de cantar y es algo que se traslució en la interpretación de los jóvenes protagonistas de la función a la que asistí, caracterizada por un trabajo en equipo y una homogeneidad que es cada vez más raro encontrar en los teatros de repertorio y que considero que es un patrimonio que es urgente reivindicar. El público así lo supo entender y ovacionó la representación obligando a repetir el saludo final en una sesión tan poco propicia como la de las 15 horas de un 26 de diciembre en Berlín, día muy festivo y muy doméstico. Por respeto al público y a los artistas no destacaré a ninguno de ellos.



El trabajo del foso fue espléndido y de una nitidez y transparencia admirables. Los criterios de fraseo de Carl St. Clair me sorprendieron y confieso que en ocasiones no los comprendí, si bien reconozco que me parecieron muy hermosos y en cualquier caso coherentes con su concepto general. Lo suficiente para despertar mi curiosidad y quedar interesado en volverle a escuchar algún otro Puccini antes de emitir un juicio filológico. En cuanto a servir a los cantantes y a la escena, y crear momentos de intensa belleza musical, es evidente que St. Clair lo hizo.

Esta producción de La Bohème se estrenó el 6 de abril de 2008, por lo cual es probable que la Komische Oper la mantenga en cartel durante bastante tiempo. Estén atentos a ella si pasan por Berlín en los próximos meses y no hagan caso de sus prejuicios aunque se cante en alemán.
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