España - Euskadi

Un viaggio meraviglioso

Ainhoa Uria
jueves, 8 de enero de 2009
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Bilbao, sábado, 15 de noviembre de 2008. Teatro Arriaga. Il Viaggio a Reims, Drama giocoso en un acto. Música: Gioachino Rossini. Libreto: Luiggi Balocchi. Producción del Teatro Real de Madrid en colaboración con el Rossini Opera Festival de Pésaro. Dirección escénica y elementos escénicos: Emilio Sagi. Figurinista: Pepa Ojanguren. Iluminación: Eduardo Bravo (AAI). Ayudante del Director de Escena: Marta Maier. Maestra Repetidora y Clave: Anna Bigliardi. Figuración: Jorge García Condado. Auxiliadora Toledano (soprano), Lola Casariego (mezzosoprano), Rocío Ignacio (soprano), Ellie Dehn (soprano), Shi Yijie (tenor), Maxim Mironov (tenor), David Menéndez (Barítono), Sávio Sperandio (bajo), Valeriano Lanchas (bajo), Troy Cook (barítono), Carlos García-Ruiz (bajo-barítono), Alberto Núñez (tenor), Marifé Nogales (mezzosoprano), Itziar de Unda (soprano), Izaskun Kintana (soprano), José Manuel Díaz (barítono), Javier Tomé (tenor). Bizkaiko Orkestra Sinfonikoa (BIOS). Dirección musical: Alberto Zedda. Aforo 1300. Asistencia 80%
0,0002114 28 de Mayo de 1825. Cielo azul y sol radiante nos acogen en un día importante; el último rey Borbón de Francia, Carlos X, va a ser coronado en la catedral de Reims, y los huéspedes del balneario llamado “Giglio d'óro” (el lirio dorado, que hace referencia a la flor de lís, símbolo de la casa Borbón) no quieren perderse la ocasión.

Con la solemnidad del primer acorde de la orquesta, asciende hacia las hamacas del balneario el amplio elenco que requiere esta complejísima de ejecutar pero muy fresca ópera buffa. Don Profondo (Sávio Sperandio), con profunda voz nos deslumbra con su gran espectro vocal, sin inmutarse prácticamente nada. Corinna (Auxiliadora Toledano) nos deleita con su voz timbrada y llena de armónicos, aunque en varios momentos se desajusta en las entradas. Aún así, nos embelesó con un canto muy seductor y expresivo en momentos, que, de no haber tenido recursos, podía no haber funcionado, cosa que no pasó en ningún momento.

La histriónicamente frívola, Condesa Folleville (Rocío Ignacio) desmayada por la pérdida de su valioso vestuario, pero recuperada por la recuperación de su ostentoso sombrero (sin vestuario apropiado no podía ir a la recepción del último rey absolutista francés), arrancó más de una carcajada con su desenvoltura en escena, compaginándola con su magnífica interpretación. Los formantes denotaban un gran trabajo del aparato de resonancia, los staccatti se oían muy ligeros y con muy buena impostación y los agudos estaban muy cubiertos. Los glissandi, en cambio, decrecían demasiado rápido y la fuerza que durante el fraseo iba acumulando, se perdía instantáneamente. Los graves, a su vez, en contraste con los brillantes agudos, carecieron de la fuerza necesaria. Un detalle que eclipsó algo su brillo, pero que para nada se lo eliminó.

Madama Cortese (Ellie Dehn), con una rica voz y llena de brillo, es muy cuidadosa con sus clientes y, por lo tanto, algo estricta con la servidumbre. Resulta muy expresiva en el escenario; lo llena según se mueve por él y su forma de desenvolverse hace su papel muy agradable, más de lo que posiblemente hubiera sido Madama Cortese en verdad. El barón de Trombonok (Valeriano Lanchas) mostró una algo opaca voz, pero, con la puesta en escena suplió mucho al mostrar un aire alegre y bonachón.

La Marquesa Melibea, (Lola Casariego) dio un cambio de color al elenco femenino, haciéndonos oír la profundidad de la voz de mezzosoprano con el timbre aterciopelado y la fuerza necesaria para defender un papel indiscutiblemente atractivo y sensual, junto al Conde Libenskopf (Maxim Mironov), quien con una rica y agradable voz, la seduce. Don Álvaro (Troy Cook) nos presentó un canto correcto sin mucha pompa pero aún así con un fraseo cómodo. El Caballero Belfiore (Shi Yijie), espectacular en todos los aspectos de su actuación, nos hace desternillarnos de risa cuando se desnuda y se declara a la escandalizada Corinna. Pero no hay que hacer de menos su hermoso canto, lleno de expresividad y buen gusto. Lord Sydney (David Menéndez), con torso descubierto, agrada desde su entrada en escena hasta el final; nos mostró un timbre cálido y aunque el control del aire se desajustó en algún pasaje, (las notas tenidas no fluían), cumplió muy bien con los requisitos de su papel.

El trío femenino vasco formado por Marifé Nogales (Magdalena) de voz profunda, Itziar de Unda (Delia) de voz fina y delicada, e Izaskun Kintana (Modestina) de voz brillante, resultó muy jocoso y aportó en todo momento un aire divertido. Alberto Núñez (Don Luigino) tuvo un corto papel pero lo cumplió con salero y haciendo alarde de buen canto. Don Prudenzio (Carlos García-Ruiz) al igual que Antonio (José Manuel Díaz) y Zeferino y Gelsomino (Javier Tomé) dieron la talla y estuvieron en su sitio en todo momento.

En varios momentos, la partitura requería que la totalidad de los solistas cantaran como coro; hasta en esos momentos la química entre tan alto número de cantantes era espectacular.

La bella partitura comienza con un calor y un empaste muy bien logrado, trabajo que el anciano pero aún enérgico experto en Rossinni, Zedda, lleva sin ningún titubeo. La Bizkaiko Orkestra Sinfónikoa (BIOS) respondió muy bien al director, aun siendo una partitura que requería mucho trabajo de fondo, y aún más en directo. Crescendi y decrescendi de reacción rápida dominaron la obra, que consiguió una buena calidad de sonido. Las cuerdas, vigorosamente, se batían en duelo por ser las primeras. El viento también consiguió su lugar a excepción, puntual, de un solo de flauta que quedó algo destemplado.

Emilio Sagi, repite, con éxito esta original puesta en escena y sigue dando al Teatro Arriaga productos de muy buena calidad. Pepa Ojanguren hace un buen trabajo sin salirse de lo que Il viaggio a Reims es en realidad; una ópera cómica, por lo tanto, muy acertado el vestuario de los solistas con albornoces, zuecos y rodajitas de pepino en los ojos y el contraste con el glamour de los caros ropajes de fiesta con los que se rinde homenaje al Rey. La iluminación a cargo de Eduardo Bravo no requirió mucha presencia y ocupó un lugar bien discreto en la representación, a excepción de unos sorprendentes instantes en los que nos ubicaba dónde se encontraban arpista y soprano, que caprichosamente recorrieron el Teatro. Momentos en los que, en penumbra, degustábamos la intimidad que nos concedía el dúo, sólo quebrantado por, quizás, la poca flexibilidad del acompañamiento con respecto al canto.

Finalmente, cuando todos, invitados por la Condesa Folleville a su mansión en París hacen un brindis, cada uno al estilo de su tierra de origen, hay alguien que decide hacer un homenaje a Carlos X por su reciente coronación, al que todos se suman entusiasmados implicando al público en el calor de la emoción, mientras un niño, representando al hermano pequeño del decapitado Luís XVI atraviesa el patio de butacas con cetro y corona, cerrando para siempre una etapa en la historia de Francia.
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