Alemania

Una tarea de equipo

Maruxa Baliñas
miércoles, 14 de enero de 2009
Berlín, sábado, 27 de diciembre de 2008. Komische Oper. Die Liebe zu drei Orangen, opera en cuatro actos y un prólogo de Serguei Procofiev. Versión en alemán de Jürgen Beythien y Eberhard Sprink. Dirección escénica, Andreas Homoki. Decorados, Frank Philip Schlössmann. Vestuario, Mechthild Seipel. Iluminación, Franck Evin. Elenco: Christoph Späth (Der Prinz), Christiane Oertel (Prinzessin Clarice), Carsten Sabrowski (Der König), Aurelia Hajek, (Fata Morgana), Renatus Mészár (Celio), Peter Renz (Truffaldino), Horst Lamnek (Leander), Herman Wallén (Pantalone), Karolina Gumos (Smeraldine), Mirka Wagner (Prinzessin Linette), Anna Borchers (Prinzessin Nicoletta), Karen Rettinghaus (Prinzessin Ninetta), Hans Gröning (Farfarello), Hans-Peter Scheidegger (Die Köchin), Edwin Crossley-Mercer (Der Herold). Coro y Orquesta de la Komische Oper. Stefan Blunier, dirección musical
0,0001639 Aunque lo normal es comenzar hablando de los cantantes individuales, esta representación de El amor de las tres naranjas fue ante todo una demostración de la categoría de los cuerpos estables de la Komische Oper y es más justo hablar en primer lugar de ellos. El coro lo hizo espléndidamente y de hecho, recibió una buena tanda de bravos. El montaje requería que además de cantar actuaran mucho, y a menudo se dividían en grupos pequeños -serios, románticos, excéntricos, etc.- sin que eso mermara el rendimiento vocal. Ellos fueron –tanto musical como actoralmente- el primer elemento que fundamentó el éxito de la representación.

La orquesta fue la segunda gran baza de la representación. Ágil, dinámica, bien fraseada, el director Stefan Blunier la llevo a un ritmo más bien rápido, pero sin llegar a causar dificultades a los cantantes, que parecían cantar tranquilos, sabiendo que la orquesta les apoyaba pero no les tapaba. Objetivamente, la orquesta de la Komische Oper es la peor de las tres grandes orquestas de foso de Berlín, sin embargo es frecuente que consigan grandes resultados no porque su sonido sea muy cuidado o porque tenga grandes solistas, sino porque es una orquesta que resuelve muy bien, que se adapta a diferentes estilos, que resulta ágil y segura.

Los cantantes secundarios mantuvieron esta misma tónica de calidad y se notaba poca diferencia entre ellos y los protagónicos cuando compartían escena. Destacaría el caso de Mirka Wagner, la princesa Linette, la primera que aparece, que era una substitución de última hora y sin embargo salió de su naranja con la misma seguridad que cualquiera de las otras dos. Cualquier teatro con un buen presupuesto y un equipo gerencial más o menos competente puede conseguir buenos solistas para una representación, pero la calidad en los secundarios es una de las marcas de un gran teatro.



Entre los cantantes principales me gustó mucho la Princesa, que resolvió especialmente bien los momentos con sobreagudos. Su príncipe fue algo más irregular, pero también convenció más que sobradamente en todo lo que el papel le requería. El Rey de Tréboles y –por seguir con las voces graves- tanto el Mago como Trufaldino, reunían buenas voces con adecuación a sus papeles, lo que convirtió todas sus intervenciones en un placer. Fata Morgana me gustó más actoralmente que vocalmente, sin que tuviera ningún problema vocal o musical concreto.

El ya tradicional montaje de Homoki, director artístico de la Komische Oper, estrenado en 1998, se ajusta a su estilo habitual, que personalmente me gusta mucho: sencillez en los decorados y atrezzo, buena dirección de actores, respeto a la partitura pero al mismo tiempo interés en iluminar sus aspectos principales, sentido poético, etc. Acaso la poesía es lo que más faltó en esta ocasión, ya que Prokofiev no pretendía en absoluto hacer una ópera romántica o poética, sino al contrario, más bien objetiva y seca. Los personajes son tópicos y no aspiran a ser realistas, no se busca la identificación con ninguno de ellos, aunque ocasionalmente uno se pueda sentir cercano al padre que sufre por la enfermedad de su hijo, la tristeza y desinterés de este, o los fracasos de Truffaldino.



Homoki refleja muy bien la diferencia entre los personajes colectivos, los grupos de público, vestidos de blanco/crema aunque con diferentes trajes –los serios con sombrero de copa, los cómicos con sombrero hongo, los líricos que incluyen mujeres con sombreros años 20-30, excéntricos con boinas y sin traje-, y los personajes individuales, muy coloristas. Los elementos escénicos son muy escasos y todos ellos de gran tamaño: dos libros –Tragedia y Comedia-, luego un cojín también enorme con su botella de medicina –el príncipe enfermo-, a continuación las cartas, las naranjas, y demás elementos necesarios.

En resumen, una representación muy satisfactoria musicalmente, ágil en lo escénico, y un auténtico placer. Recomendable para cualquiera que se acerque por Berlín.
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