España - Canarias

Una alternativa a la norma

Sergio Corral
martes, 10 de febrero de 2009
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Las Palmas de Gran Canaria, viernes, 30 de enero de 2009. Auditorio Alfredo Kraus. Viktoria Mullova, violín. Orquesta Sinfónica de Tenerife. David Atherton, director. Igor Stravinsky, Scherzo à la Russe (versión orquestal, 1943-1944), Concierto para violín y orquesta en Re mayor, y Petrouchka, escenas burlescas en cuatro actos (versión de 1947). 25 Festival de Música de Canarias
0,0001045 Este monográfico dedicado a Stravinsky resultó especialmente interesante, por cuanto suponía un paréntesis en una programación normalmente ocupada por creaciones que comparten el origen común de la consagrada tradición romántica alemana. Sin duda, la obra del maestro ruso no participa de los mismos criterios estéticos, ni goza de la misma popularidad y aceptación, que la de los compositores englobados dentro de dicha tradición, lo que explicaría, de alguna manera, la discreta asistencia de público registrada en este concierto como en el anterior, celebrado en Tenerife. La música de Stravinsky otorga protagonismo a elementos como la melodía y sobre todo el ritmo -tomando como referencias modelos de la herencia barroca y clásica- en oposición a las habituales inmersiones en la tupida red formada por las complicadas relaciones tonales de la armonía, tan propias del romanticismo tardío.

La interpretación del Scherzo à la Russe nos adentraba en este particular y exclusivo universo musical del compositor y, a su vez, en las buenas maneras que tanto el director como la orquesta mostrarían a lo largo de la noche. Pieza tratada con la calidez del timbre de las cuerdas y un adecuado entendimiento del tempo, todo esto revestido de una exquisita austeridad, la misma que estaría presente en el posterior Concierto para violín.

Como solista de la obra concertante, tuvimos la fortuna de contar con la presencia de Viktoria Mullova, una violinista que en sus contadas actuaciones en la isla siempre nos ha dejado memorables muestras de su cuidado arte, tanto en el apartado técnico, como en el puramente expresivo, como volvió a suceder en esta ocasión. Dobles cuerdas, incisivos trinos y demás efectos, realizados con absoluta soltura e integrados adecuadamente en el continuo dialogante con la orquesta. Los protagonistas de este coloquio se mostraron perfectamente entrelazados y, a la vez, enfrentados en una pujante lucha llevada sobre una dinámica efectiva y vitalista, obteniéndose una trascripción que supo resaltar las principales virtudes de una obra complicada como ésta.

Dificultad también presente en el desarrollo de los cuatro cuadros que componen Petrouchka. Con el mismo espíritu y atención mostrados en la primera mitad, Atherton encarriló el rico y abultado repertorio de detalles tímbricos, rítmicos y melódicos de este ballet sin descuidar en ningún momento la articulación y la acentuación del pulso en las diferentes escenas, evitando con ello un posible desmembramiento del discurso. La atención puesta por el director británico tuvo su efectivo apoyo en la favorable respuesta de las diferentes secciones de la orquesta. Los solos de flauta, el repique de timbales, el brillo de los metales, los diversos efectos a cargo de los instrumentos de viento madera -especialmente el fagot y el clarinete- y los bruscos staccati de las cuerdas, sirvieron a los distintos propósitos expresivo-descriptivos del variado muestrario de sentimientos contenidos en estas “escenas burlescas”. Saludable y fresca aproximación a una enriquecedora forma de entender la creación musical que no necesita de la pesadez metafísica -y en ocasiones presunta trascendencia- de algunas afamadas obras del repertorio tradicional.
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