España - Madrid

Jessye Norman, una caja de sorpresas

Víctor Burell

jueves, 11 de marzo de 1999
Madrid, jueves, 11 de marzo de 1999. Teatro Real. Recital de Jeesye Norman
Grandes titulares del diario ABC de Madrid resaltaban, en la mañana del último jueves día 11, las paradojas de nuestro mundo musical: Jessye Norman dispara la reventa del Teatro Real, pero no agota la taquilla. Esto tiene su explicación. El público que hipotéticamente podría acceder al coliseo en esta ocasión habrá tenido muy presente el precio de las localidades "más baratas", y cuatro mil pesetas son repensables para encontrarse al fin con ubicaciones la mayor de las veces sin visibilidad alguna.Por el contrario, el no demasiado aforo caro tiene una clientela sin límite económico - no olvidemos que estamos en Madrid - para el que veinticinco mil pesetas ( 150 euros ) no constituye problema alguno, pudiendo duplicarse sin esfuerzo este precio en la reventa.El concierto -patrocinado, en parte, por una serie de entidades y personas privadas - parecía nacer con mal pie al suscitar, incluso, una ardua polémica en el Patronato de la Fundación Teatro Lírico, que llegó a motivar el enfrentamiento entre Angel Cortés y la gerencia del teatro.A todo esto hemos de añadir el comportamiento - habitual por otra parte - de la gran diva de color: veintidós millones de caché ( 132.223 euros), exigencias denigrantes para la prensa y fotógrafos, e incluso un retraso de más de diez minutos contra la natural puntualidad del comienzo de los conciertos; lo que suscitó la repulsa en directo de la concurrencia más castigada.Creo que hablar del color de la piel es algo innecesario después de las justas conquistas, no conseguidas todavía en el país del que la soprano procede; pero es que, a nada que ejerzamos de psicólogos, la causa de tales arrebatos podría sospecharse que procede de una mezcla de complejo y venganza. No podemos olvidar que los problemas, desencadenantes casi siempre de conductas poco humanas, no son sólo privativos de las razas con la tez más clara.Las injusticias sociales y sus paradojas están a la orden del día en los comportamientos de cualquier sociedad. Por muy apetecible que sea un acto (como el del jueves 11 a las 20,00 horas en el Teatro Real ), dado el panorama de la música en nuestro país, me inclino a pensar que ha constituido otra pequeña-gran locura que no deberíamos habernos permitido, por muy atractivamente manielista que resultemos una pequeña parte del respetable desempolvando los trajes de etiqueta, aunque tampoco en este capítulo el Real nos haya parecido un escaparate de elegancias.Pero llegada la hora del retrasado concierto solamente nos cupo la mayor de las admiraciones mezclada con la emoción más profunda. Norman, acompañada al piano por el cuidadosísimo Mark Markham, cantó, en la primera parte, once canciones, de todos los colores, de Richard Strauss; en la segunda, añadido el Cuarteto de cuerda Castagneri, interpretaría la Chanson perpétuelle de Ernest Chausson, para terminar ( con los mismos acompañantes más el batería David Pouradier y el contrabajo Ives Rousseau) con unos discutibles arreglos sobre tres piezas de Duke Ellington, una de las más grandes personalidades jazzísticas de todos los tiempos.Si la producción del concierto fue una caja de sorpresas, la actuación por una parte, y la cavidad bucal de la diva por otra, pueden seguir calificándose con el mismo apelativo.Jessye Norman es un formidable animal de escena, además de una ¿ soprano dramática ? de excepción. Su actitud, de manera natural, va predisponiéndonos, y al final nos arrolla, hacia y por el contenido expresivo de cada texto, existiendo pues tantas Jessyes como canciones.Si de un lado el registro nos descubre a una mezzo auténtica en paralelo con la soprano, la emisión nos permite escuchar sus pianísimos más sutiles en perfecta afinación, para dejarnos luego absortos ante una voz que se agranda hasta convertirse en auténtica catarata.Lo verdaderamente colosal es su técnica. Disfrutada por mí la cantante en cinco ocasiones, cada vez reconozco avances aparentemente ya imposibles. El material, emitido desde todos los puntos imaginables del sistema respiratorio, llegado a la boca se regula con labios, dientes y lengua, dosificándose hasta extremos inimaginables; para así decir, conforme a cada estilo y contenido de lo cantado, por medio de una dicción perfecta para cada uno de los idiomas empleados.Si en Strauss se pasó de la picardía a la ternura, al drama, al dolor, a la alegría y a la íntima meditación; Chausson se nos presentó desbordado a través del lirismo del texto de Cros y la sutileza musical del compositor francés que no vio inaugurar el siglo que se acaba (1855-1899) .Después, en el personal tratamiento religioso del mensaje negro, Norman alcanzó cotas sublimes en su ritmo y su "swing " , siempre entregada al credo sensualista. Entre las propinas abundantes y arrebatadoras escuchamos una detenida Nana de Falla, literalmente mimada, de la que no recordábamos otra igual tras la muy distinta de nuestra simpar Victoria de los Angeles.

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