Alemania

Muchacho, ha dado usted con la receta

Xoán M. Carreira
viernes, 5 de junio de 2009
Dresde, sábado, 23 de mayo de 2009. Semperoper. Jean-Yves Thibaudet, piano. Königliches Concertgebouworchester. Gustavo Dudamel, director. Carlos Chávez, Sinfonía nº 2 'Sinfonía India'. Edvard Grieg, Concierto para piano y orquesta en la bemol op. 16. Serguei Procofiev, Sinfonía nº 5 op. 100. Dresdner Musikfestpiele 2009.
0,0002431 "Muchacho, ha dado usted con la receta" es la frase que al parecer le dijo Franz Liszt a Edvard Grieg cuando conoció su Concierto para piano y orquesta op. 16 (1868), prediciendo el éxito que desde entonces acompañaría a esta encantadora obra precisamente por esto mismo: por su condición de encantadora, tal y como diagnosticó Liszt. Y mientras el hedonista Liszt -recientemente reconvertido en abad- demostraba que las órdenes menores no le habían hecho perder el olfato ni el gusto, y mucho menos el oído, analistas y teóricos se aprestaban a explicarnos la mediocridad del Concierto de Grieg. Lo mismo que llevan haciendo desde hace 150 años sin que ni el público ni los intérpretes -partidarios de Liszt- les hagan el más puñetero caso. Es que pocas cosas hay más mutables y perecederas que los valores eternos, por eso dictadores y terroristas los tienen que imponer a sangre y fuego ... y ni siquiera así lo consiguen.

Y sin embargo las cosas bonitas se le resbalan entre las rendijas de los dedos a los canonistas de la estética y a menudo resultan poco perecederas. Como espetó en ocasión gozosa Lorenzo Bianconi, en medio de un sesudo, profundo y aburridísimo seminario sobre ¿Es posible hablar de lo bello en música?, "si una canción le pareció hermosa a nuestros abuelos y a nuestros padres y nos lo parece a nosotros y consigue atraer a nuestros hijos es muy probable que esa canción sea bella". Y belleza es por ejemplo lo que consiguió alcanzar Thibaudet con su interpretación de la Canción de la primavera de Grieg en su primer bis, o con su preludio chopiniano en el segundo, tras haber demostrado frente a Gustavo Dudamel que, al igual que en el jazz, dos grandes intérpretes pueden conseguir grandes cotas artísticas en la música culta sin necesidad de estar de acuerdo en ningún momento y en casi nada de lo que atañe al concepto de la obra.

No se entienda por mis palabras que en la Sempeoper asistimos a un enfrentamiento de egos superlativo como el famoso combate de wrestling, camuflado de Concierto de Brahms, que mantuvieron Glenn Gould y Leonard Bernestein en el ring de la New York Philharmonic. La interpretación que ofrecieron Thibaudet y Dudamel se corresponde perfectamente con parámetros históricos del Concierto de Grieg, aunque no probablemente con una tradición viva del mismo. En las últimas décadas hemos asistido a una canonización del concepto de 'obra' que nos ha llevado a la convicción de que cada obra musical es una creación artística individual inmutable como si fuese el 'metro patrón', de la cual forzosamente ha de existir una ejecución canónica perfecta a la cual todas las demás deben aspirar a semejarse. El caso es que estas ideas, tomadas de la teología, no son trasladables al mundo del arte y nada tienen que ver con él. Y puesto que no existe la 'obra' en ninguno de los sentidos antes mencionados, mucho menos puede existir una idea o una ejecución auténtica de la misma. Ni siquiera tienen por qué coincidir las ideas y las ejecuciones del solista y del director, basta con que sean personas bien educadas, que conozcan el arte de la conversación y -como diría Copland- que no se den codazos.

El Concierto de Grieg, en su versión definitiva de 1906-7, es un jardín perfectamente organizado para la exhibición de la politesse en el que pueden mantener una conversación un intelectual austero y racional, fascinado por los juegos de simetrías y equilibrios de color como Thibaudet -un caballero old-fashioned tanto en 1907 como en 2009- y un joven vitalista, atento al impulso y a las emociones, como el moderno Dudamel.

De nuevo, y como de costumbre, los músicos de la Orquesta del Concertgebouw tocaban como hipnotizados y el público de Dresde, que de repertorio sinfónico sabe las cuatro reglas, aplaudió enfervorizado a ambos artistas, por más que Dudamel cedió todo el protagonismo en los saludos al maestro Thibaudet. No tuve ocasión de leer los comentarios de mis colegas europeos, pero sí de conversar con ellos y muchos me manifestaron su absoluto espanto, incluso su condolencia por lo que debía haber sufrido Thibaudet. Yo no lo percibí así y personalmente me pareció asistir a una recuperación de una vieja forma de hacer las cosas, tan válida como tocar todos marcando el paso de la oca.

La Sinfonía India de Chávez (1935) fue un encargo de la cadena CBS para un concierto radiofónico y ha llegado a ser la obra más popular y grabada de Chávez. Los aspectos más exóticos -indigenismo y neo-primitivismo- han quedado un tanto diluidos al convertirse en una partitura relativamente habitual en todo Occidente, al igual que ha pasado con otras obras rusas, eslavas o españolas. Por ese motivo no me siento obligado a sorprenderme porque los percusionistas de la Concertgebouw obtengan espléndidos sonidos de instrumentos como el tenabari (una cuerda con crisálidas de mariposa), el palo de agua, el teponaztle, etc. o que los violinistas no tengan problemas con las armonías diatónicas libres. La Sinfonía India es música occidental escrita en forma sonata. La Concertgebouw es una de las mejores orquestas de Occidente y Gustavo Dudamel es un adirector extraordinario con una singular intuición del impulso y del pulso. Ergo, lo que escuchamos, fue una versión apoteósica de la Sinfonía India de Chávez.

La Quinta sinfonía de Procofiev, según la dirigió Dudamel, fue totalmente ajena a toda la tradición interpretativa soviética y a casi todas las otras concepciones que me vienen a la memoria. Es muy posible que los músicos de la Concertgebouw nunca se hubiesen tenido ante sí un director que plantease una interpretación de esta Sinfonía basada única y exclusivamente en la pulsión emotiva, en el impulso vital. Objetivamente hablando, lo que sonó poco o nada tenía que ver con el Procofiev amargado y desmotivado de 1944, cada vez más recluido en su dandismo. Pero aceptar que una obra de arte refleje el estado de ánimo o la psique de su autor equivale a negar el canon artístico, que se basa en la superchería. Además, ¿cuál es el nivel de certeza que podemos tener cuando hablamos de interpretación? Más aún, ¿cuál es el nivel de certeza que debemos desear, dado que el rango probatorio de nuestros argumentos es nulo? Incluso podemos argumentar que si bien es cierto que el texto -la partitura- de la Quinta sinfonía op. 100 es de Procofiev, sólo esto es de él, mientras que lo que sonó en la Semperoper el 23 de mayo es una creación de Dudamel de la que Procofiev se limita a ser agente pasivo, de enorme relevancia, evidentemente, pero pasivo y sin derecho a opinar.

Durante la interpretación, la mirada de los profesores de la Concertgebouw resplandecía de felicidad y al final homenajearon a Dudamel. El público se rompió las manos y pateó hasta cansarse, y por lo que sé, los representantes de la academia, eruditos varios y crítica musical, más bien fueron desfavorables.La función de la ciencia es convencer, la función del arte es seducir, la búsqueda de la verdad es monopolio de la teología. Aquella noche en el hotel me prometí que a mi regreso a casa releería el Orlando de Virginia Woolf.
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