Austria

Edita di Lammermoor

Jesús Orte

martes, 9 de junio de 2009
Viena, viernes, 29 de mayo de 2009. Wiener Staatsoper. Donizetti: Lucia de Lammermoor. Dir. escena: Boleslaw Barlog. Intérpretes: Edita Gruberova (Lucia), Matthew Polenzani (Edgardo), Boaz Daniel (Enrico Ashton), Dan Paul Dumitrescu (Raimondo), Gergely Németi (Arturo). Orquesta y Coro de la Wiener Staatsoper. Dir.: Paolo Arivabeni.
Lucia di Lammermoor y Edita Gruberova. Una intérprete y un personaje destinados a encontrarse desde siempre, para bien o para mal, con todas las consecuencias. La versión del clásico de Donizetti creada por la soprano de Bratislava es un icono de otro tiempo, de otras voces y otra dramaturgia, de otra manera de hacer ópera. Un icono agrietado por lo años pero todavía en pie, altivo y desafiante, listo para ser adorado o detestado.

Porque ante todo, la Lucia de Gruberova sigue siendo hoy fiel a sí misma y a lo que ha representado en las últimas tres décadas. Con sus portamentos y sus continuos ataques di sotto, su rubatos más allá de toda lógica, su tercio grave casi inaudible, su espantosa dicción del italiano... Pero también con su metal todavía esplendoroso, su agudo gigantesco, sus filados de infarto, y su aura de gran diva de antaño capaz de aumentar la densidad del aire sólo con entrar en escena. Así es el icono. Más allá empieza el territorio de los sentimientos religiosos.

En circunstancias tan comprometidas, el Edgardo de Matthew Polenzani bastante tuvo con mantener el tipo. El instrumento del tenor americano posee un timbre grato y volumen suficiente, pero acarrea el lastre de una colocación indecisa que tan pronto se retrasa impidiendo que la voz corra, como se nasaliza afeando el sonido. Los problemas fueron disminuyendo por fortuna con el avance la velada, hasta culminar en una escena final –Tombe degli avi miei / Tu che a Dio spiegasti l’ali- decididamente meritoria.

En cuanto al resto, digno nivel el del Enrico de Boaz Daniel, barítono de medios contundentes poco dado a sutilezas, así como el del Raimondo de Dan Paul Dumitrescu, vocalmente desgastado pero muy creíble en rol del viejo confesor. En un escalón inferior, este sí ya bajo mínimos, el Arturo de Gergely Németi.



En el plano escénico, sería difícil imaginar un montaje más afín a la idiosincrasia de la Lucia de Gruberova que el firmado por Boleslaw Barlog en 1978 para la Staatsoper. Tanto los telones pintados del primer acto como la minuciosa reconstrucción historicista de interiores de los dos siguientes, son el ejemplo palpable de una escenografía entendida como estricto marco narrativo y visual del canto. Un marco, eso sí, tan preciosista como pasivo, a años luz de cualquier concepto teatral moderno.

El lunar de la velada lo puso la dirección musical de Paolo Arrivabeni. Los alarmantes desajustes del coro inicial de cazadores fueron el preludio de una lectura confusa y errática, caprichosa en los tempi, tan propensa al estancamiento como a las sacudidas, y culpable de hacer aparecer completamente desdibujados a los que para muchos son los mejores cuerpos estables del mundo. El público, como es natural, estaba pendiente de otras cosas y terminó ovacionando a todos con generosidad y a Gruberova con delirio. Todo dentro de lo previsible.

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