Musicología

En tiempo presente, a pie de calle. David del Puerto

Daniel Martínez Babiloni
miércoles, 10 de junio de 2009
0,0003865 "Bebiendo el agua clara del olvido, que fluye mansamente del manantial del tiempo, reconstruyo mi piel, y palpo la luz cálida que comienza a hacer nítidas las formas de un mundo que ahora puedo entender con otros ojos. Me detengo un momento. Aspiro suavemente. Y hago sonar de nuevo con fuerza mi paso entre los campos."
David del Puerto: Sobre la noche

Desconozco si estas palabras esconden la intencionalidad última de servir de autorretrato del autor, pero lo cierto es, después de escuchar su clase magistral[N|1] (así consta en el programa del Festival Ensems de Valencia), que cobran una tremenda fuerza simbólica y refuerzan el discurso construido entorno a su propia trayectoria artística. Es así, de forma mansa pero fluida y suave, como David del Puerto (Madrid, 1964) repasa una carrera que comienza con una formación “heterodoxa sobre fuentes ortodoxas”. Itinerario de paso firme, al que le ha venido muy bien las altas dosis de sentido crítico vertidas, sobre lo propio y lo ajeno, dando lugar a esa reconstrucción de la piel estética desde una perspectiva amplia.

En la vida del compositor, “ecléctico y poco purista”, esos momentos de pausa: “Me detengo un momento. Aspiro suavemente.”, han sido numerosos y le han servido para reflexionar sobre el camino a seguir. Habla bien de sus maestros, en lo musical Francisco Guerrero y, más en lo humanista, Luis de Pablo, quien le permitió acceder a músicas no occidentales. No rechaza el aporte de la tradición culta occidental y tampoco el de las Vanguardias del siglo XX: Ligeti, Nono, Stockhausen, Boulez… pero es cierto que ha recurrido en más de una ocasión a ese “agua clara del olvido” para dejar en el camino, sin denostar a nadie, elementos que podían mermar su libertad creativa.

A esa herencia culta ha añadido un interés por todo tipo de músicas: rock, jazz, música afroamericana, asiática y músicas populares urbanas. “Me gustan todas las músicas”, señala. Justifica y reivindica el rock como aglutinante de culturas diferentes y no mero indicio colonizador por parte de la cultura estadounidense. Además, se siente deudor, entre otros, de Bernstein, Britten, Copland y especialmente cercano a Werner Henze, músicos señalados por el aparato oficial de la vanguardia a mediados del siglo pasado.

Del Puerto asume conscientemente todo este conglomerado y como compositor de su tiempo, un tiempo complejo y sin escuelas a las que seguir, ni que pretender crear, parte de dos necesidades musicales principales: la sensación de avance y la memoria. La primera le llega como reacción a la incomodidad con un atonalismo en el que se pierde la jerarquía, la sensación de movimiento armónico y modulación. Ese interés en llegar a algún lugar es retomado a partir de la creación de una célula modal con los sonidos fa#, sol, sib y do, sus combinaciones le permiten planear espacios armónicos y los movimientos entre ellos; una especie de vuelta a la idea clásica de armonía como motor y al desarrollo orgánico frente a la composición por densidades. A ello añade la perentoriedad del retorno, de recordar, de reconocer, de volver a escuchar algo que ya ha sonado como punto de encuentro entre la obra y el oyente. Trata de salvar lo que denomina como fracaso de la vanguardia: la pérdida de la memoria. Además, ambos elementos, presentes en todo tipo de música –menos en las vanguardias–, se pueden rastrear en la cultura popular diaria, están en la calle, y por tanto son perfectamente reconocibles por el oyente.

Así es como construye, por ejemplo, su Sinfonía nº 1 “Boreas”, encargo del Festival de Música de Canarias (2004). Sinfonía (término de fuertes connotaciones clásicas) en cuatro movimientos en forma ABA, de los cuales el último es una passacaglia inversa, cuya base armónica y célula melódica principal es el motivo modal antes señalado, fundido con ritmos afroamericanos en una orquesta cercana a Haydn. La Sinfonía nº 2 “Nusantara” (2005) es una especie de concertante para piano y orquesta, más amplia que la anterior, en la cual yuxtapone el motivo modal con la escala pentatónica de la música para gamelán. Está dedicada a Ananda Sukarlan y el extenso y expresivo Adagio, en el que el piano no intervine, supone un homenaje a las víctimas del tsunami que asoló Sumatra en diciembre de 2004.

Otro parámetro que ha cambiado con el tiempo es el uso de la electroacústica. Si bien era reticente en cuanto a su utilización por lo que supone de pérdida de inmediatez y la mediatización del trabajo debido a la necesidad de software, equipos y técnicos, ha llegado a la conclusión de que usos más sencillos son posibles. En Sobre la noche, presentada la víspera de esta conferencia en la trigésimo primera edición de Ensems por el trío Rejoice! (Carmen Gurriarán, soprano; Ángel Luis Castaño, acordeón digital y David del Puerto, guitarra eléctrica, electrónica, composición musical y textos), utiliza pedales y un sintetizador como los que maneja cualquier grupo de rock, con ello se permite la invención sencilla de sonoridades, su digitalización y memorización para diferentes usos.

Dentro de ese “hacer nítidas las formas” se acerca a la ópera, género mediático por excelencia, desde un tremendo respeto a su historia, “a la cual no hay que dejar que te aplaste”, y a su público, “conservador y culto”, que a diferencia de otros géneros no se ha visto reducido. Consciente de que un drama no necesita más que palabras y actores para ser transmitido, busca en el texto un hueco para poder expresar musicalmente sus sensaciones. Expresión que se ha de ver favorecida por la habilidad de una escritura adecuada para la voz, otro de los tratamientos fallidos por parte de las vanguardias. Su experiencia operística se reduce a Sol de invierno (2001), ópera de cámara –ópera pobre la llama por los medios utilizados: un barítono y seis percusionistas–, encargo del grupo Drumming de Oporto, aunque adelanta que tiene varios encargos al respecto.

Entre estos pensamientos de David del Puerto, enunciados sin ningún tipo de engolamiento y con una llaneza apabullante, se cuelan otras reflexiones en torno al uso de la partitura como soporte de la idea -las suyas más bien clásicas, una opción más de entre muchas otras; la importancia de la grabación como medio transmisor presente y futuro; la composición para un público y no para uno mismo o la preocupación por la permanencia de la propia obra. A mi juicio punto, éste último, de inflexión de la conferencia en el que la reflexión sobre un corpus concreto se expande para ejemplificar el momento actual de la música culta.

¿Debe buscar un compositor la inmanencia intemporal de su obra?¿Será esta la música del futuro? El compositor madrileño declara que no le preocupa lo más mínimo. Inmersos como estamos en este marasmo plural y dinámico que fagocita todo intento de predicción, nos encontramos en la atalaya privilegiada que nos permite acceder a la mayor parte de la producción y poder usarla como fuente de inspiración; no caben vaticinios, falsos mesianismos y menos aún, certezas reveladas. Lo más cercano, el estreno, esa misma tarde, del concierto para guitarra y orquesta de cámara, Céfiro, por el Grup Instrumental de València y Rubén Parejo.

En cada uno está la posibilidad de abrir nuevas vías de exploración, siempre previa reflexión y su correspondiente carga crítica. Asimismo, esos “otros ojos” que Del Puerto nos presta a los demás, deben ayudarnos a otear que el futuro es el presente

Notas

La clase magistral de David del Puerto tuvo lugar el sábado 23 de mayo de 2009 en el Institut Valencià de la Música dentro del 31º Festival Internacional de Música Contemporánea Ensems “Me falta una oreja” de Valencia. La víspera se presentó "Sobre la noche" y esa misma tarde fue el estreno absoluto de "Céfiro", encargo del IVM y del GIV, ambos en el Teatro Talía.

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