Austria

Un Werther con ausencias y presencias

Jesús Orte

viernes, 12 de junio de 2009
Viena, domingo, 31 de mayo de 2009. Wiener Staatsoper. Massenet: Werther. Dir. escena: Andrei Serban. Intérpretes: Ramón Vargas (Werther), Elina Garança (Charlotte), Markus Eiche(Albert), Jane Archibald(Sophie), J. Monarcha (Le Bailli). Orquesta y Coro de la Wiener Staatsoper. Dir.: Bertrand de Billy

Las esperadas funciones de Werther programadas en mayo por la Staatsoper estuvieron marcadas por el triste anuncio de la decisión de Rolando Villazón de cancelar todos sus compromisos hasta 2010. La casualidad quiso que el también mejicano Ramón Vargas parase por esas mismas fechas en la Staatsoper para interpretar el Lensky de Eugen Onegin, y aceptase sobre la marcha cambiarlo por el rol titular de Werther.

No cabe decir, sin embargo, que la sustitución diese en la diana. El Werther de Vargas se mostró incómodo desde el principio, la voz nunca le corrió con facilidad, y el agudo surgió casi siempre estrecho, descolorido y emitido con esfuerzo evidente. Las cosas mejoraron algo en los dos actos finales, aunque más por oficio y entrega que por suficiencia vocal.

La cara de la moneda la puso la inapelable Charlotte de Elina Garança. La mezzo letona pasa por un momento vocal extraordinario, que le permite pasear a placer su instrumento grande, oscuro y bellísimamente esmaltado por los roles más diversos. Por fortuna, el éxito parece sustentarse en este caso sobre unos medios robustos por naturaleza y una técnica minuciosa que le permite abordar con la misma facilidad las coloraturas del Romeo de Bellini o las sutilezas del Octavian de Strauss. Habrá que cruzar los dedos para que las cosas no se tuerzan y el caramelo dure.

Buen nivel, por lo demás, el exhibido por el Albert sonoro y timbrado de Markus Eiche, así como el de la notable Sophie de Jane Archibald, joven soprano de medios nítidos y bien proyectados. Dicreto pero cumplidor el Le Bailli de J. Monarcha, y correcto el coro de niños en sus breves intervenciones.

 

El montaje de Andrei Serban tiene como elemento central un enorme y frondoso árbol centenario que tan pronto sirve para ambientar el jardín de la mansión de Le Bailli, como la plaza del pueblo o el dormitorio de Charlotte. Sin embargo, es en la construcción de personajes donde más se resiente la propuesta de Serban: Werther, con su jersey a la espalda en el primer acto, parece de todo menos un poeta librepensador; Charlotte está desde el principio mucho más cerca del coqueteo y la provocación que de la inocencia; y en cuanto a Albert, queda convertido en un personaje mezquino y amargado, sin atisbo de la nobleza del texto original.

Sí fue un acierto, por suerte, la dirección musical de Bertrand de Billy. El parisino cuajó una lectura de perfil sonoro exuberante y elevada temperatura emocional ya desde los compases iniciales. No cayó, sin embargo, en el desmelenamiento ni en el exceso de decibelios y atendió siempre a las necesidades de los cantantes, en especial del necesitado Vargas. Todo un ejemplo de inteligencia y profesionalidad, que por una vez hizo bueno aquello de que en el repertorio francés, más que en ningún otro, conviene contar con directores de la tierra.

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