España - Cantabria

Música para una Escuela. Escuela para la Música

Roberto San Juan
jueves, 30 de julio de 2009
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Santander, miércoles, 15 de julio de 2009. Palacio de Festivales de Cantabria, Sala Argenta. Profesores: Klaus Thunemann, fagot; Hansjörg Schellenberger, oboe; Zakhar Bron, violín. Participantes en el IX Encuentro de Música y Academia de Santander: Tommaso Lonquich y Ellen Deverall, clarinete; Julia Strelchenko, Luis Grané, Vladislav Kozhukhin, Irina Vinogradova, Elena Kiseleva, piano; Linnea Hurttia, violín; Adrien Boisseau, viola; Camille Thomas, violoncello; Jaime Mendonça, contrabajo. Programa: M. Glinka: Trío ‘Pathétique’ en re menor para clarinete, fagot y piano; S. Gubaidulina: Fantasía sobre el tema SHEA; S. Prokofiev: Quinteto para oboe, clarinete, violín, viola y contrabajo, op. 39; F. Mendelssohn: Sonata para violín y piano en fa menor, op.4; M. Ravel: Trío para violín, violoncello y piano. Encuentros de Música y Academia 2009
0,0001757 Una de las numerosas virtudes que tienen los Encuentros de Música y Academia que se celebran anualmente en Santander es ofrecer a los jóvenes músicos la posibilidad de compartir escenario con los maestros ya consagrados. Cuando se les pregunta, unos y otros coinciden en afirmar que se trata de una experiencia formativa muy positiva. Éste es el caso del presente concierto, en el que al atractivo programa constituido por piezas de cámara a veces infrecuentes en las salas de conciertos se une el interés suscitado por la interpretación de una obra compuesta por Sofía Gubaidulina por encargo de la Escuela Reina Sofía para el proyecto “Música para una Escuela”.

Este intenso y extenso concierto -unas dos horas y media, con un breve descanso de apenas 15 minutos- se abrió con el Trío ‘Pathétique’ de Glinka. Thunemann en el fagot y Lonquich en el clarinete demostraron un excelente equilibrio de fuerzas y sonoridades, con un sonido siempre bajo control en el fagot y redondo, brillante en los agudos y potente en los graves en el caso del clarinete. Julia Strelchenko, al piano, acompañó con elegancia y cuidado fraseo.

La Fantasía sobre el tema SHEA de Gubaidulina es una obra para dos pianos fruto de la estancia de la autora hace unos años como artista invitada por la Fundación Albéniz. Sus intérpretes fueron Luis Grané y Vladislav Kozhukhin, ambos alumnos de la Escuela Reina Sofía. Los dos pianos -un Yamaha sin tapa para Kozhukhin a la derecha y un Steinway con la tapa levantada para Grané a la izquierda- se colocaron enfrentados. La obra comienza con cuatro notas, mi bemol, si natural, mi y la, que, en la nomenclatura alemana de las notas musicales conforman el apellido de la Directora de la Escuela Reina Sofía y Presidenta de la Fundación Albéniz, Paloma O´Shea, dedicataria de la partitura. Mientras estas notas sonaban con pedal derecho en valores amplios y alternando el registro grave y agudo del Steinway, el otro intérprete, Kozhukhin, de pie, rasgaba ampliamente las cuerdas en el interior de la caja de resonancia. Este motivo, jalonado por otras figuraciones, dio paso a una sección en la que el piano derecho entró en acción. Toda la pieza transmite una sensación de inmensidad y profundo vacío, como un inmenso sea -esta vez sin la hache-, un mar infinito y, por ende, es fiel al mensaje humanístico y espiritual cargado de expresividad que impregna las obras de esta compositora. Un pasaje con trinos y figuraciones rápidas, sobre las mismas notas en los dos pianos a la vez y con el pedal derecho sosteniendo el sonido, resultó curioso por su sonoridad ‘desafinada’, como los batidos que se perciben al escuchar dos frecuencias próximas. Cuando en el descanso pregunté a Kozhukhin por este pasaje, amablemente me comentó que el piano Yamaha estaba afinado un cuarto de tono más bajo que el Steinway y de ahí esa sensación, perfectamente buscada por la compositora. La obra concluyó como había empezado, con las cuatro notas recurrentes pero ahora en orden inverso -la, mi, si y mi bemol- y los amplios rasgados en las cuerdas del Steinway por parte del pianista ruso. Resulta significativo, pues, este interés por mantener una estructura cerrada ABA en la concepción de la pieza. Kozhukhin, quien en el descanso del concierto mostraba, por cierto, cortes superficiales en las yemas de algunos de sus dedos -tal había sido el énfasis en el rasgado de las cuerdas del piano- me comentó que Grané y él mismo habían preparado la obra durante las jornadas del Encuentro. Esto da una idea tanto de la intensidad de las sesiones y ensayos como de la enorme capacidad de lectura, comprensión y asimilación de una obra nueva por parte de estos dos excelentes pianistas.

La primera parte del concierto concluyó con el Quinteto para oboe, clarinete, violín, viola y contrabajo op. 39 de Prokofiev, interpretado por Schellenberger, Deverall, Hurttia, Boisseau y Mendoça, citados en el mismo orden que los instrumentos enumerados. La versión fue excelente, con un sonido compacto y muy bien empastado, especialmente en las secciones homofónicas del ‘Andantino’ final, donde los cinco instrumentos respondieron como un bloque en pasajes rítmicamente muy vivos. Antes, en el ‘Adagio pesante’, resultó muy bella la melodía del oboe destacando sobre una base sonora realizada por los otros cuatro instrumentos. Progresiva y cuidadosamente, tanto melodía como acompañamiento fueron creciendo en intensidad para, una vez alcanzado el clímax, regresar en un lento diminuendo. La rígida cuadratura en las frases melódicas del oboe, a base de notas de igual duración, parecía transmitir la sensación de que en realidad estaba sonando un himno de versos isosilábicos, algo que el ‘Allegro precipitato’ que siguió se encargó de transformar. Al término de la obra se oyeron numerosos y merecidos bravos.

Ya en la segunda parte, la Sonata para violín y piano op. 4 de Mendelssohn en versión de Zakhar Bron, violín, e Irina Vinogradova, piano, resultó simplemente magistral. En el tiempo lento central Bron, quien toca un Stradivarius, hizo cantar, gemir y llorar a su instrumento con el sabio acompañamiento de la pianista, con quien colabora desde finales de la década de los setenta, cuando ambos se conocieron en el Conservatorio de Moscú. Ante una versión impecable poco más se puede añadir.

El concierto concluyó con el Trío para violín (Zakhar Bron), violoncello (Camille Thomas) y piano (Elena Kiseleva) de Ravel. El primer movimiento, ‘Modéré’, comenzó con un ligero desequilibrio en intensidad a favor del violín, si bien el cello supo reaccionar aumentando su sonoridad. Ambos instrumentistas compartieron pasajes de extraordinaria belleza y lograron un sonido de pureza y color tímbrico auténticos. La sección final del movimiento, muy comprometida, fue ejecutada con maestría, con un pianissimo extremo durante un largo pasaje en el que el sonido se va progresivamente extinguiendo en el violín y el piano, manteniendo la tensión hasta el final. Tras un intenso ‘Pantoum’ sigue un ‘Passacaille’ cuya melodía pentatónica en el piano es retomada por el cello, al que se añade más tarde el violín, ampliándose y enriqueciéndose, pero sin perder un cierto carácter oriental. Hubo un excelente momento en el que violín y cello, con el acompañamiento del piano, compartieron una melodía en la que el primero parecía imitar esa sonoridad característica de instrumentos como el sitar. El ‘Final - Animé’, de ritmo folklórico y extraordinaria complejidad, contiene pasajes donde la pianista demostró auténtica maestría. Al final, aplausos numerosísimos para un concierto de lujo. Enhorabuena.
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