Rusia

Pasado y futuro

Maruxa Baliñas
viernes, 11 de septiembre de 2009
San Petersburgo, miércoles, 15 de julio de 2009. Sala de conciertos del Teatro Mariinski. Rusalka, cuento de hadas en tres actos de Antonin Dvorák con libreto de Yaroslav Kvapil (estreno, Teatro Nacional de Praga, 1901). Alexei Maskalin, director escénico. Serguei Grachev, decorados. Kamil Kutyeb, iluminación. Tatiana Yastrebova, vestuario. Elena Gaskarova (Sirenita), Nicolai Emtsov (Príncipe), Andrei Serov (Espíritu de las aguas), María Soloviova (Princesa), Dimitri Koleushko (Leñador), Margarita Fischer (Pinche de cocina), Kira Loginova, Anna Nirkovskaya y Yulia Matochkina (Ninfas) y otros. Orquesta del Teatro Mariinski. Mijail Tatarnikov, director musical. XVII Festival 'Estrellas de las noches blancas'
0,0002061 Pasado y futuro se aúnan muy estrechamente en las funciones del Mariinski. En la entrevista que publicaremos próximamente con el director de Conservatorio Rimski-Korsakov, Sergei Valentinovitch Stadler, esto se muestra como una de las riquezas pero también debilidades del mundo musical ruso en general. Aunque hubo unos años de crisis musical en los años siguientes a la caída del sistema soviético, en estos momentos la situación vuelve a ser bastante favorable y los buenos alumnos del conservatorio no tienen problema para encontrar trabajo. Eso hace que sus perspectivas vuelvan a ser -en la mayoría de los casos- las de graduarse y ser contratados por algún teatro u orquesta buena -si es posible el propio Mariinski, situado justo enfrente del Conservatorio- y a partir de ahí hacer su carrera. Europa Occidental o América son sólo una opción para 'ir de gira' o ya como 'triunfadores en Rusia' que hace 'apariciones estelares'. Más o menos esta ha sido la tónica desde finales del siglo XIX y muy especialmente en la época soviética, donde los problemas políticos dificultaron aún más las relaciones con otros países.

Ciertamente el mercado ruso es suficientemente amplio para permitir a sus artistas este tipo de planteamientos y la actual política rusa, que recupera elementos nacionalistas que ya no son habituales en otros países europeos, contribuye a esta tendencia autárquica. Como cualquier política cultural, este planteamiento tiene sus ventajas e inconvenientes. El respeto y amor a una tradición que se mantiene muy viva es ciertamente una riqueza y resulta un gran atractivo para los turistas que allí viajan. Pocas ciudades -Viena, San Petersburgo, Moscú y apenas ninguna más- han conseguido introducir la asistencia a un concierto o representación musical en el programa habitual de gran parte de sus turistas. Ciertamente resulta desconcertante la proliferación de representaciones de El lago de los cisnes que se ofrecen durante el verano en San Petersburgo -puede haber veinte o más en algunas semanas- , hasta que se descubre que numerosas compañías de cruceros -uno de los tipos de turismo más rentable para la ciudad- ofrecen dentro de su programa de actividades "San Petersburgo: visita al Ermitage, tiempo libre y asistencia a una representación de El lago de los cisnes". Lógicamente, el turista que tiene este programa no desea ver un montaje renovador, sino exactamente lo mismo que vió en una visita anterior a la ciudad -o a Moscú- hace veinte o cuarenta años. Puede acaso que su referencia sea aún más inconcreta y por lo mismo aún más inamovible.

Acaso por este gran peso de la tradición, son las funciones en la Sala de conciertos del Mariinski -abierta hace menos de tres años- las que permiten una mayor flexibilidad. Aquí la tradición y la asistencia de turistas 'no musicales' es mucho menor, y se puede experimentar de un modo que no es posible en el edificio 'histórico' del Teatro. De hecho, aunque esta Rusalka se anunciaba como "versión de concierto", Alexei Maskalin preparó una ambientación escénica que resultó deliciosa y mucho más lograda que algunos montajes escénicos propiamente dichos. Con unos pocos elementos decorativos que cumplían diversas funciones según el momento, y un movimiento escénico de los cantantes que seguramente requirió mucho más esfuerzo del que daba a entender la naturalidad y sencillez con que se llevó a cabo, Maskalin creó una auténtica magia teatral.

Si las breves notas que acompañaban el programa de mano nos recordaban el pasado -la 'Sirenita' en el estreno fue María Mijailova, una destacada cantante rusa y solista del Teatro Mariinski (además de la primera cantante en ser grabada fonográficamente)-, si la Sala de Conciertos del Mariinski representa un valioso presente -pocas ciudades pueden permitirse inaugurar una nueva sala de conciertos tan ambiciosa como esta y dotarla de una programación prácticamente diaria-, también el futuro tuvo su lugar. Gran parte de los cantantes principales, el director de escena, los invitados del palacio, las sirenitas, las ninfas, etc. de Rusalka eran miembros de la Academia de Jóvenes Cantantes del Mariinski, como profesores o como alumnos.

Con estos datos, a priori, se podría pensar que estamos hablando entonces de una función de estudiantes. Pero en absoluto. La Academia de Jóvenes Cantantes del Mariinski -creada en 1998 y dirigida desde el comienzo por Larisa Gergieva, famosa pianista acompañante y hermana de Valeri Gergiev- se plantea más como una etapa intermedia entre los estudios reglados y la práctica profesional que como una escuela de 'posgraduados'. Aquí los futuros cantantes y miembros del coro del teatro se van aprendiendo ya los montajes del Mariinski, además de hacer prácticas escénicas. Y lo que mostraron en esta ocasión fue un trabajo tan profesional como el de cualquier compañía de ópera. De hecho, fue sólo al consultar la página web del Mariinski para buscar algunos datos sobre los cantantes cuando descubrí esta relación con la Academia del Mariinski, que según el programa de sala se limitaba a los figurantes y coro.

La protagonista de Rusalka, Gelena Gaskarova, terminó sus estudios de canto en el Conservatorio Rimski-Korsakov en 2008, pero ya desde 2001 se incorporó a la Academia del Mariinski y ha cantado algunos papeles secundarios en el Teatro. Resultó una Rusalka muy juvenil, con ese toque de inocencia o fragilidad que parece imprescindible en el personaje, pero con una voz totalmente madura. También pertenecía a la Academia Andrei Serov, el padre de Rusalka, quien consiguió, tanto por sus cualidades expresivas como escénicas, convertir la ópera en una historia paterno-filial donde el príncipe era un simple partenaire que justificaba los actos de Rusalka pero no acababa de tener entidad propia. De hecho, en algunos momentos, Serov robó incluso protagonismo a Gaskarova. Tanto el tenor Nikolai Emtsov como su tentadora princesa, María Soloviova, cantaron impecablemente en el aspecto técnico pero no consiguieron imponerse en el aspecto emotivo, especialmente en el caso de Soloviova, que me resultó poco creíble como actriz. Siguiendo la tradición del Mariinski, que considera que el nivel de una representación lo marca el elemento más flojo, los papeles menores fueron tan cuidados como los protagónicos y acaso con la excepción del pinche, Margarita Fisher, que tuvo un pequeño error, se les vio sobrados en todo momento.

La orquesta, y especialmente su director, Mijail Tatarnikov, fue uno de los puntales de la representación, y nuevamente se aúnan en él la tradición y el futuro. Formado en el Conservatorio Rimski-Korsakov, situado justo enfrente del Teatro Mariinski (aunque las relaciones entre ambas instituciones no son muy fluidas últimamente),  ingresó como violinista en la orquesta del Teatro Mariinski en 1999, antes incluso de finalizar sus estudios de violín y dirección de orquesta en el conservatorio. Director 'de plantilla' del Mariinski desde 2006, Tatarnikov dirige lo mismo una ópera que un concierto sinfónico o acompaña una función de ballet [leer reseña del 18.08.2009], con todas las diferencias de planteamiento que esto significa. Pocos teatros permiten ya esta variedad a sus directores -el propio concepto de 'director de plantilla' ha desaparecido en la mayoría de ellos- y sin duda el oficio y la flexibilidad que se adquieren de este modo se convierten en un bagaje valiosísimo a la hora de situarse delante de una orquesta. No extraño por ello que los jóvenes directores del Mariinski se hayan convertido en una apreciable cantera de directores para numerosos teatros y orquestas occidentales.
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