Austria

De la Madre Rusia

Jesús Orte

martes, 25 de agosto de 2009
Salzburgo, viernes, 7 de agosto de 2009. Grosses Festspielhaus. Grigory Sokolov, piano. Beethoven: Sonatas op. 2/2 y op. 27/1 ‘quasi una fantasia’. Schubert: Sonata op. 53, D850.
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Atípico concierto, el protagonizado por Grigory Sokolov como parte del ciclo de recitales pianísticos de la presente edición del Festival de Salzburgo. En programa, las Sonatas opus 2 nº 2 y opus 27 nº 1 ‘quasi una fantasia’ de Beethoven, seguidas nada menos que por la Sonata en re mayor D850 de Schubert. Un envite denso y exigente, estilísticamente compacto, sin rastro de los habituales Chopin, Prokofiev o Rachmaninov, que con frecuencia se asocian al piano poderoso, apasionado y brillante de Sokolov.

No conviene olvidar, sin embargo, que la gran escuela rusa a la que pertenece el de San Petersburgo ha dejado enormes lecturas de los clásicos vieneses, desde los inolvidables Haydn y Schubert de Richter hasta el titánico Beethoven de Gilels, por citar sólo dos ejemplos ilustres. Sokolov, por su parte, plantea a sus 59 años un Beethoven de perfil sobrio y meticuloso, preocupado sobre todo por el control y el rigor formal. Un Beethoven serio y concentrado, ante el que no caben frivolidades ni desmelenamientos.

El resultado fue una Sonata op. 2 de ortodoxia inatacable, aunque acaso excesivamente severa en sus dos primeros movimientos para su carácter todavía juvenil. El ‘Allegro’, en particular, tuvo en todo momento un potente impulso rítmico -bien que de precisión un tanto metronómica- mientras que el ‘Largo appassionato’ transcurrió con mucha más gravedad que emoción. Las cosas se relajaron en el breve ‘Scherzo’, que surgió vertiginoso y cristalino como por sorpresa, dando paso a un ‘Rondó’ despreocupado y lleno de genuino lirismo.

La Sonata ‘quasi una fantasia’ transcurrió también por senderos más austeros y menos efusivos de lo habitual, si bien aquí la libertad formal de la obra pareció propiciar un clima de mayor espontaneidad en la lectura de Sokolov. Lo mejor, sin duda, el ‘Adagio con espressione’ -este sí dotado de un aliento verdaderamente apasionado- y el fulminante ‘Allegro vivace’ final, vibrante y técnicamente inapelable, capaz de poner en pie por sí solo al público de la Grosses Festspielhaus.

Ya en la segunda parte, la Sonata en re mayor de Schubert y sus imponentes 40 minutos de duración terminaron de destapar el tarro de la esencias pianísticas de Sokolov: ampliación de la gama dinámica, mayor variedad de ataques y colores, flexibilidad creciente en los tempi… El piano de Sokolov volvía a sonar intuitivo y brillante, mucho más parecido a sí mismo. Para el recuerdo quedará el soberano fraseo del segundo tema del ‘Andante con moto’ -acaso una de las melodías más inspiradas del último Schubert-, la vibrante energía del ‘Scherzo’ o la irresistible frescura del tema del ‘Rondó’ final.

El público, como era de esperar, entusiasmado. Y Sokolov, que para los bises no se corta ni un pelo, pues a lo suyo: siete propinas de Scarlatti, Chopin y Rachmaninov entre otros. Tremendo.

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