Austria

Un Rossini monumental

Teresa Cascudo
martes, 1 de septiembre de 2009
Salzburgo, martes, 18 de agosto de 2009. Grosses Festspielhaus. Gioacchino Rossini: Moïse et Pharaon, ou le Passage de la Mer Rouge, ópera en cuatro actos. Ildar Abdrazakov (Moise), Juan Francisco Gatell (Eliézer), Nicola Alaimo (Pharaon), Nino Surguladze (Sinaïde), Eric Cutler (Aménophis), Marina Rebeka (Anaï), Barbara Di Castri (Marie), Alexey Tikhomirov (Osiride). Sociedad de Conciertos del Coro de la Ópera de Viena, Filarmónica de Viena. Jürgen Flimm, director de escena. Riccardo Muti, director musical. 99% del aforo
0,0003318 Hubiera podido utilizar el título de mi anterior crónica [leer reseña] también en ésta, ya que el montaje de Moïse et Pharaon en Salzburgo se debe a la influencia de Riccardo Muti y a su gusto por recuperar obras que salen del repertorio consagrado. Obviamente, quienes se interesan por la música lírica decimonónica, saben que ese título forma parte del catálogo rossiniano, y hasta es posible que lo hayan visto y escuchado, pero seguramente sólo en grabación. De hecho, basta una pequeña visita a Operabase para comprobar que, entre las casi 400 producciones de obras de Rossini programadas entre 2008 y 2012, Moïse et Pharaon sólo se encuentra una vez. Ni que decir tiene que esa única ocasión es la proporcionada por la presente edición del festival salzburgués. Así que no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar la relevancia del acontecimiento, fundamentada en el hecho de que se trata de una partitura magnífica, tanto desde el punto de vista estrictamente musical, como desde una perspectiva más cultural e histórica.

Muti ya ha dirigido la obra en ocasiones anteriores. La única grabación en DVD disponible es suya y fue realizado a partir de una producción de 2004. El director italiano se sirve de su vasta experiencia en el terreno sinfónico para subrayar los aspectos de la partitura que van más allá de la sonoridad 'típica' de la ópera italiana. La claridad con la que se distinguen los planos sonoros, la capacidad para articular de forma fluida el discurso musical, la concepción global de la sonoridad son aspectos del estilo de Muti que, una vez más, quedaron de manifiesto en su interpretación. En ésta, su segunda versión de la historia de la liberación de los judíos esclavos en Egipto bajo el liderazgo de Moisés, Rossini se apropió de la monumentalidad de la ópera francesa, adaptándola, no obstante, a las convenciones que él mismo había contribuido a cimentar en sus óperas anteriores. Así, esta obra, en numerosas ocasiones, parece haber sido ideada un fresco coral-sinfónico. No me imagino mejores intérpretes para la misma que la Filarmónica de Viena y el Coro de la Ópera de la misma ciudad, que alcanzaron el grado de excelencia que era de esperar.



Eric Cutler (Aménophis), Marina Rebeka (Anaï), Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor
© 2009 by Clärchen Baus-Mattar & Matthias Baus

La puesta en escena firmada por Jürgen Flimm incluyó algunas ideas e imágenes interesantes, pero también cabos sueltos. Por lo visto, el actual director artístico del Festival de Salzburgo se hizo cargo del montaje por razones presupuestarias. Cobró un simbólico euro y resolvió un problema, pero no dio la impresión de que la obra le inspirase. El espacio escénico aparecía vedado por una alta valla de madera, mal acabada en el lateral derecho, por donde abandonan el escenario los judíos después de alcanzar su libertad. En la boca de escena, un doble telón negro servía para encuadrar los momentos en los que se enfocaba la atención en personajes concretos, especialmente dentro de la trama relacionada con el amor imposible entre el hijo del faraón, Aménophis, y la esclava Anaï: ésta escoge a su madre, a su pueblo y a su dios, provocando la ira del heredero. El guardarropa hacía referencia al siglo XX en los coros, particularmente en el de los judíos. Esas soluciones, juntamente con las decisiones escenográficas y el movimiento del coro, funcionaron de forma más o menos neutra a lo largo de la representación. No fue tan bien conseguido el trabajo con los solistas, ni algunos de los elementos de cariz más simbólico, a veces por ser demasiado evidentes (se abusó de la proyección de textos en grandes letras mayúsculas) y otras porque resultaban gratuitos (especialmente los que se referían a las plagas que azotaron al pueblo egipcio antes de que el faraón permitiera la salida definitiva de los judíos).



Ildar Abdrazakov (Moïse), Eric Cutler (Aménophis), Nicola Alaimo (Pharaon), y Nino Surguladze (Sinaïde)
© 2009 by Clärchen Baus-Mattar & Matthias Baus

Ildar Abdrazakov, como Moisés, destacó por su sensibilidad y su buena prosodia, aunque tal vez se le echó a faltar una mayor amplitud vocal.

Es asombrosa la magnífica prosodia francesa de la soprano letona Marina Rebeka, que, en el papel de Anaï, se mereció la mayor ovación de la noche (y también la mayor de las que he presenciado en esta edición del festival). La cantante, cuya proyección internacional comenzó en 2007, está llamada a desarrollar una magnífica carrera. Tiene una voz extraordinaria, brillante y segura en el agudo, siempre homogénea. Aunque Rossini despojase parcialmente su partitura de la ornamentación típicamente italiana, la angustia a la que se ve sometida la joven Anaï requiere agilidades a las que el compositor adicionó un notable peso dramático. El problema es que las magníficas condiciones y la técnica que posee la joven letona le permiten ambas cosas. Espero ser bien entendida: lo que quiero decir es que me dio la impresión de que su disciplina hace que, de sobra, consiga construir un papel como éste y que el público se lo agradezca con entusiasmo, pero no estoy segura de que lo haga sintiéndose verdaderamente cómoda. En mi opinión, esto se hizo evidente en una Anaï bastante poco empática desde el punto de vista dramático.



Ildar Abdrazakov (Moïse), Marina Rebeka (Anaï), Barbara Di Castri (Marie), y Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor
© 2009 by Clärchen Baus-Mattar & Matthias Baus


Nino Surguladze, como Sinaïde, estuvo estupenda desde el punto de vista expresivo, sólo que, en lo que se refiere a este repertorio, carece de claridad en la emisión (lo que oscurece también su prosodia). Señalaré, finalmente, las interesantes voces de Nicola Alaimo y Eric Cutler: aunque tal vez hubiera deseado un poco más de peso dramático en el primero, el segundo me pareció estupendo como heredero mimado e impulsivo que es capaz de hacer perecer el ejército egipcio para vengar un amor contrariado.
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