Ópera y Teatro musical

Festa teatrale americana

Agustín Blanco Bazán
domingo, 9 de agosto de 2009
0,0021193 Las hijas del Rin cosechando el aplauso del público justo en el momento de la gran eyaculación orquestal que precede los “wagalaweia” estranguló mi glotis por casi diez minutos. Solo me sentí reivindicado cuando durante un simposio en presencia de Speight Jenkins, director general de la Opera de Seattle, Martin Bernheimer -ganador del Premio Pulitzer y un Néstor entre los críticos estadounidenses- ironizó el incidente como el despertar del público ante la aparición de Peter Pan. Y es cierto, porque los aplausos fueron una respuesta a tres sirenas no ya suspendidas del techo sino 'nadando' a través del vastísimo escenario. Cómo pudieron cantar tan bien mientras literalmente giraban cabeza abajo está explicado en un artículo del programa: las tías se entrenaron durante meses en un gimnasio, desde enero, antes de enfrentar los ensayos de rigor.

A Jenkins, no sólo director general sino un verdadero alma mater de la empresa, no parece haberle molestado demasiado este aplauso, porque como genuino hombre de teatro, respeta la espontaneidad de un público que no tiene por qué escuchar a Wagner con la unción de quienes lo hacemos como si estuviéramos en misa gregoriana. Después de todo, es hora de admitir que al 'Maestro' no hay porqué tomarlo como el dios encarnado del arte musical. Si a Wagner se le ocurrió dar instrucciones escénicas tan pavotas a las hijas del Rin y Seattle opta por seguir sus instrucciones, ¿por qué criticar aplausos como en el caso de las piruetas de circo o ballet? Sin criticar entonces, me limito a registrar mi opinión: preferiría que el regisseur avivara el seso para ver si es posible mostrar niñas nadando sin que el público confunda ópera con circo y aplaste con su aplauso un momento sinfónico clave.



Janice Baird (Brünnhilde) y Stig Andersen (Siegfried) en Siegfried
© 2009 by Chris Bennion. Seattle Opera


Ahora bien, todo tiene sus límites, incluso para Jenkins, que en su conferencia de introducción a Siegfried, reconoció que le revienta la actitud de los públicos en Estados Unidos de América de responder con una carcajada al asombro de Siegfried cuando comprueba que Brünnhilde dormida “no es un hombre.” La diferencia con la escena de las hijas del Rin es que en el caso de Siegfried, no hay exhibicionismo bobo sino disquisiciones eróticas aparentemente inalcanzables o inquietantes también para el público del primer ciclo del Anillo en Seattle este año, que cumplió con responder a Siegfried con hilarante desenfreno, casi ahogándose en borbotones de risa compulsivos y de duración lo suficientemente prolongada para destrozar el misterio de la contemplación de la valquiria dormida. Pero, en fin, “this is America” como dicen por allí, y lo cierto es que aparte de estos dos casos, el público se comportó impecablemente, y con un entusiasmo genuino, volcado en participaciones masivas en simposios, conferencias introductorias por la mañana, charlas ilustradas inmediatamente antes de la ópera y sesiones de preguntas y respuestas al director general después de cada función.

Para quien quiera consustanciarse y vivir con la opus magna wagneriana durante una semana, este Anillo es el mejor de todos, por el entusiasmo y la dedicación de sus organizadores y la respuesta del público. Un día de función comienza a las diez de la mañana con una conferencia ilustrada a cargo del director general Jenkins de tres horas de duración con una pausa de café de cuarenta minutos. Una hora y media antes de levantarse el telón el encargado del departamento de educación, Jonathan Dean, confronta al público con una dinámica totalmente diferente. Su charla es ágil, hiperactiva, llena de información y provocadora, en resumen, de una intensidad opuesta a la extensa dialéctica musical que el público deberá afrontar una vez que se levante el telón. Es como tomarse un refrescante cocktail de vitaminas antes de iniciar una contemplación de cinco horas. Luego de los aplausos finales viene la hora del público, convocado por altavoz a una sesión de preguntas y respuestas con el infatigable Director General, que responde con bonhomía y de igual a igual a todas las preguntas que quieran formulársele, desde la mas erudita a la mas estúpida. Sobre la medianoche, Jenkins mira furtivamente su reloj y pide dos o tres preguntas más que responde como si fueran las primeras. Es finalmente el público el que decide irse cuando ha sido satisfecha su curiosidad. Este intenso nivel participatorio de la audiencia correspondió a un Anillo experimental de características excepcionales.



Richard Paul Fink (Alberich) y Dennis Petersen (Mime) en Siegfried
© 2009 by Chris Bennion. Seattle Opera

Digo “Anillo experimental” porque Seattle insiste en desafiar con selvas, árboles y rocas las imposiciones del establishment wagneriano actual que prefiere insistir en escenografías abstractas o actualizadas a los problemas político-socio-económicos del siglo XXI. Hay sin embargo un tema donde el mensaje del Anillo de Seattle es mas actual y mas eterno que cualquier otro: la cautivante selva del segundo cuadro en Rheingold reaparece al final del Ocaso de los Dioses regenerada y remozada luego del sacrificio de Brünnhilde y el retorno del oro al Rin. La preservación y capacidad de regeneración de la naturaleza se transforma así en el mensaje fundamental de esta puesta, bien apodada como “el Anillo ecológico”. Realza la actualidad del mensaje el hecho que la selva wagneriana de Seattle no es germánica, sino botánicamente reconocible como copia de los bosques vecinos a la ciudad. A veces este bosque crece demasiado, hasta el punto de afectar el movimiento de los personajes, como por ejemplo en el primer acto de Die Walküre. Mas felices son la imponente aridez de la roca de las valquirias y un salvaje desfiladero que al ser utilizado repetidamente se transforma en útil punto de referencia para la acción dramática. En ese desfiladero, que divide rocas a la izquierda de una selva a la derecha, tiene lugar el duelo de Sigmund y Hunding y también transcurre el segundo acto de Siegfried, con la masa rocosa cubriendo la cueva de Fafner. La sangre de Sigmund ha dejado una huella sobre las rocas junto a la cual se inclina cansadamente el viajero Wotan. Y también Siegfried es lanceado por Hagen en el mismo lugar donde pereció su padre.



Greer Grimsley (El Caminante) en Siegfried
© 2009 by Chris Bennion. Seattle Opera

De esta manera el rojo de la sangre de los walsungos o la alusión a ella es un elemento recurrente y contrastante con el verde ecológico a través de todo el ciclo, ya a partir de la primera sangre, derramada por Fasolt. En el primer acto de Siegfried la choza de Mime esta adyacente al lugar donde el gigante fue asesinado, y el lugar donde cayó es ahora un lecho de césped y de flores rojas que atraen constantemente la atención del joven Siegfried y el viajero. Este es un lugar clave y destacable por su posición privilegiada al frente de la escena: allí permanece el cadáver de Fasolt durante todo el final de Rheingold y acentúa la reflexión fatalista de Fricka que primero no puede apartar sus ojos del cadáver y luego parece dudar sobre si seguir a los dioses al Walhalla mientras mira intensamente a Loge. La recurrencia de paisajes es un hábil hilo conductor que permite concentrar la atención del público al proponerle un espacio dramático integrado.



Stig Andersen (Siegfried) y Fafner, el dragón en Siegfried
© 2009 by Chris Bennion. Seattle Opera

Con excelentes medios técnicos a su disposición el regisseur Stephen Wadsworth también se da el lujo de desempolvar algunos deliciosos efectos teatrales sugeridos por Wagner, normalmente evitados en las puestas del Anillo: la espada se ilumina como consecuencia de una llama súbitamente avivada en el hogar de la casa de Hunding y dos siniestros cuervos en pleno vuelo y con sus alas totalmente desplegadas distraen la atención de Siegfried para transformarlo en blanco de la lanza de Hagen. Y, por supuesto, el dragón: masivo, con toda su mecánica a la vista pero temible de cualquier manera y este año mucho mas movedizo, hasta el punto de obligar a Siegfried a pelear denodadamente con su cola. Otras instrucciones escénicas del Maestro son seguidas solo a medias. Por ejemplo, Wagner quería un Grane macho y no castrado, y no una yegua, pero aquí el regisseur prefirió ser menos fiel a las instrucciones del compositor para evitar las consecuencias impredecibles de la testosterona zoológica. No fuera a pasarle como en Bayreuth en 1925 cuando Grane hirió a Siegfried y un gibichungo antes de irse dejándola plantada a Brünhilde frente a la hoguera. En el caso del oso que acompaña la primera entrada de Siegfried, Wadsworth no tuvo mas remedio que desobedecer una vez mas los deseos de Wagner para proponer a JC Casiano, un analista de computación, bailarín y supernumerario de la Opera de Seattle, que con un disfraz y movimientos de alucinante realismo me hizo creer que era un oso de verdad, hasta que descubrí su nombre en el programa.

Lo expuesto sirve para explicar la diferencia entre la producción de Seattle con el otro anillo 'tradicional' estadounidense que ha venido atrayendo la atención del publico en los últimos años. La diferencia es que mientras el Anillo del Met es más árido y deficiente en técnica teatral, el de Seattle exhibe una tecnología modernísima y lograda en efectos visuales. Y, lo mas importante, mientras en el Anillo del Met no pasa nada, en el de Seattle pasa de todo. Quiero decir con esto que en el Met los personajes son vacíos porque actúan para el público en lugar de interactuar entre ellos, que es lo que hacen en Seattle. En este sentido Wadsworth muestra progresos notables en su tercera confrontación con un Anillo donde el esplendor visual inevitablemente tiende a distraer la atención de la complejidad psicológica de los personajes. A mí por ejemplo, criado como soy en la era de los Anillos abstractos, me cuesta mucho relacionarme con los personajes a través de este mar de vegetación y de rocas, y seguramente es un problema también para Wadsworth y los cantantes actores abrirse paso para amarse y matarse en medio de un escenario tan bien fertilizado.



Greer Grimsley (Wotan) en Die Walküre
© 2009 by Chris Bennion. Seattle Opera


De cualquier manera los resultados son notables en algunas caracterizaciones e interacciones, como por ejemplo Fricka y su marido, a cargo de Stephanie Blythe y Greer Grimsley. Blythe es una masiva defensora del orden social con la cual un espigado Grimsley coquetea con besitos en la boca para aplacarla mientras trama sus fechorías en Rheingold. Como en todos los Anillos este juego matrimonial se acidifica en un segundo acto de Walküre. Blythe, Grimsley y Wadsworth dan allí todo lo que son capaces de dar en una intensa interacción actoral, donde solo queda por balancear mejor el arrojo de la Blythe, una de esas cantantes que se entrega con todo, con la relativa reticencia de Grimsley, un actor excelente pero mas introvertido. También hay un ligero desbalance de regie entre estos dos personajes claves debido a la insistencia de Wadsworth en sugerir un matrimonio convencional, donde Ms. Wotan née Fricka y Mr. Wotan se aman al fin y al cabo, algo poco creíble para el momento en que la primera exige al segundo que sacrifique a su hijo. Pero, en fin, también el matrimonio de Tony y Carmela Soprano es de los que, a su manera, funcionan, claro, mientras guarden apariencias y no se divorcien.

Vocalmente, Blythe se lleva el primer premio por una voz de registro medio y bajo glorioso en su impostación, densidad y variedad de color, y un passagio preciso y e impactante en su proyección. La voz de Grimsley ha crecido en color, calidez y capacidad de canto legato para ponerlo a la altura de los mejores Wotan del momento. Pero entre los varones logra el segundo premio porque su articulación en los parlando aún requiere ser mas clara e incisiva, como la del Mime de Dennis Petersen, acreedor al primer premio masculino por la firmeza y agilidad vocal, los matices de su fraseo y su extrovertida espontaneidad escénica. Es también a su cargo protagonizar una de las escenas mas logradas de este Anillo. En Siegfried el telón se levanta en medio de una mudez orquestal para mostrarnos a un Mime trabajando febrilmente. Ante los primeros acordes de la orquesta, Mime para de trabajar y reflexiona. La música parece haber despertado en él una premonición de todo lo que está a punto de ocurrir.



Janice Baird (Brünnhilde) en Götterdämmerung
© 2009 by
Rozarii Lynch. Seattle Opera

El reemplazo de Jane Eaglen por Janice Baird ofrecía a Wadsworth una oportunidad que redefinir el movimiento escénico de Brünnhilde. Baird es pequeña, ágil y lista para recibir instrucciones del regisseur mas osado. El regisseur se limitó en cambio a instruir una mayor interacción entre la cantante y otros solistas, por ejemplo Siegmund en el segundo acto de Walküre, y permitir que la cantante utilizara su propia experiencia en el papel. Baird no cincela la voz con la precisión y variedad de Eaglen, pero canta con registro firme, color parejo y espontánea expresividad. También tiene esa cualidad indispensable en una buena Brünnhilde, a saber, la capacidad de seguir con suprema atención todo lo que ocurre en escena para intervenir con toda su fuerza mítica en los momentos decisivos. Su agudo final en Siegfried fue heroico y bien colocado, y doliente e irónica su vengativa frustración en el segundo acto de Götterdämmerung. En la inmolación Baird fue particularmente conmovedora. Su proclamación de amor y verdad fue, como corresponde, dirigida al público con suprema convicción, feminidad y entrega.

También se enfrentó con la extraordinaria Waltraute de Stephanie Blythe en una escena magistralmente concebida donde las dos valquirias trenzan como verdaderas hermanas sus contradictorios sentimientos y la inevitable alienación en que las han puesto sus dos machos, a saber, Wotan y Siegfried. Similar exaltación y pathos alcanzó la confrontación de esta Brünnhilde tan natural y directa con la Sieglinde de Margareth Jane Gray, cuyo 'Du hehrstes Wunder', apoyado en una voz lírica de extraordinario fiato, le permitió elevar sus frases con pasmosa seguridad y lacerante poder expresivo. A despecho de algunas notas algo estridentes, Gray cantó con timbre rico en variación cromática y vibrante fraseo.

Menos variación de color exhibió el Siegmund de Stuart Skelton quien sin embargo afirmó una voz cálida y eficaz mordente. Stig Andersen, un experimentado Siegfried internacional dejó anunciar una indisposición de salud que debilitó notablemente sus notas altas en Siegfried hasta el borde del desastre en el primer acto. El segundo y el tercero le salieron mejor gracias a un cuidadoso y bien administrado fraseo. En Götterdämmerung, Andersen evitó el agudo inhumano de su 'Hoiho!' a Hagen y en general, compensó sus limitaciones de salud con una excelente caracterización del personaje: ingenuo, algo tonto, pero siempre sensible a lo que ocurre a su lado.



Stig Andersen (Siegfried), Daniel Sumegi (Hagen), figurantes y coro en Götterdämmerung
© 2009 by
Rozarii Lynch. Seattle Opera

El resto de los solistas incluyó un Alberico robustamente cantado e incisivamente articulado por Richard Paul Fink y un Hagen igualmente convincente en Daniel Sumergi, quien también cantó Fafner. Donner y Gunther estuvieron a cargo de Gordon Hawkins, un barítono excelente y ya bien encaminado en roles protagónicos en las casas de ópera internacionales. Menos convincente fue el Loge, bien cantado pero algo tímido y poco incisivo, de Kobie van Rensburg. Marie Plette, una soprano de atractiva presencia escénica pero voz tendiente al descontrol en el mezzoforte, cantó Freia y Gutrune, y Maria Streijffert puso una formidable densidad vocal al servicio de Erda, en esta producción una mujer que en el tercer acto de Siegfried se contrapone a Wotan mas como una ex amante de carne y hueso que como una entidad mítica. Erda se irrita inicialmente al enterarse del destino de Brünnhilde y parece reconciliarse con él cuando éste le anuncia que es a partir de la unión de la hija de ambos con Siegfried que el mundo podrá comenzar a redimirse de la maldición de Alberico.

El esfuerzo orquestal invertido en este Anillo es tremendo si se tiene en cuenta la estrechez de calendario y las limitaciones de número. A diferencia de Bayreuth, donde siempre hay mas de una dotación orquestal, los noventa instrumentistas de Seattle, provenientes de la excelente orquesta sinfónica local, presentan tres ciclos en tres semanas y en menos de un mes, entre el 9 y el 30 de agosto. Inevitablemente, la adrenalina alcanza niveles de descomunal vitalidad en el tercer ciclo, según pude comprobarlo en el 2005.

En esta oportunidad, mi participación en un simposio entre la primera Walküre y Siegfried me obligó a asistir al primer ciclo, donde siempre se presentan algunos desajustes entre cantantes e instrumentistas y un tentativo ahorro de intensidad, mientras todos ellos continúan una exploración no concluida en el ensayo general. En este caso, mis reparos van hacia el comienzo del Oro ejecutado con tiempos seguros pero sin mayor riqueza cromática y énfasis de articulación, falta de intensidad en algunos momentos del primer dúo de Wotan y Brünhilde y ocasionales desencuentros entre la escena y el foso en el segundo acto de Siegfried.

A pesar de ser esta su segunda experiencia con el Anillo de Seattle, Robert Spano insiste en una actitud exploratoria de texturas orquestales en las cuales no parece sentirse aún demasiado cómodo. Tampoco parece ser un consumado director de ópera en su relación con los cantantes. De cualquier manera, estos reparos se restringen a detalles en medio de una dirección orquestal en general segura, expresiva y bien articulada en momentos claves como el final de Walküre y el segundo acto y final del Ocaso. Tanto allí como en el viaje de Siegfried por el Rin y la marcha fúnebre, el pathos wagneriano fue captado y reproducido con intensidad, color y entrega. Y también cinceló con dinámicas livianas, presurosas y claras la famosa cabalgata de las valquirias, evitando esas versiones pesadas de mal entendido germanismo con que algunos directores aplastan el difícil sinfonismo de este pasaje, que también fue realzado por un excelente conjunto de valquirias y una regie rica en matices de heroísmo e ironía: el excesivo entusiasmo de algunas contrasta con el mal humor de otras ante la insalubre tarea de ir y venir con demasiados héroes, uno de los cuales es extraído literalmente descuartizado de una gran bolsa.



Gordon Hawkins (Donner), Andrea Silvestrelli (Fasolt), Greer Grimsley (Wotan), Stephanie Blythe (Fricka), Jason Collins (Froh), y Marie Plette (Freia) en Das Rheingold
© 2009 by
Rozarii Lynch. Seattle Opera

El Anillo de Seattle se repetirá por última vez en el 2013, una fecha tal vez demasiado lejana para reposiciones de un Anillo estrenado en el 2001. Los responsables deberán luchar a capa y espada contra la inevitable obsolescencia provocada por la aparición de nuevos tiempos y nuevas estéticas. Yo creo firmemente que las puestas se avejentan y mueren, como nosotros. El problema con las puestas es que cuando se las quiere, se insiste en momificarlas para exhibición. Un miembro de la audiencia sugirió a Jenkins que este Anillo debería ser declarado herencia de la humanidad (World Heritage), como el Partenón. También Franco Zefirelli sugiere que sus engendros son dignos a ser eternizados, por lo menos en el Met. Y no se crea que esto ocurre sólo con los partidarios de las llamadas escenografías tradicionales. Hace unos días un colega iconoclasta me sugirió volver a Berlin la próxima primavera para ver, por última vez, el adorado Anillo estrenado por el fallecido Götz Friedrich en la Deutsche Oper mucho, pero mucho antes, que el Anillo de Seattle. Y en Alemania también se insiste en preservar las escenografías de la fallecida Ruth Berghaus. En este contexto me permito dar el beneficio de duda a la audaz propuesta que en medio de la progresiva degeneración del medio ambiente propone el Anillo naturalista de Seattle. En el 2013 Jenkins y el regisseur Wadsworth serán cuatro años más viejos y deberán enfrentar a un público más joven, pero seguramente tendrán cosas nuevas que contar, o mejor dicho, deberán hacerlo. Que por favor tengan en cuenta que Zefirelli podría contar cosas nuevas pero no quiere, mientras que Friedrich y Berghaus seguramente hubieran contado cosas nuevas, pero no pueden.

El afanoso Wadsworth volvió a insistir este año en mostrar a los dioses asándose en el Walhalla. Este año el experimento salió mejor que en el 2005, aún a pesar de una radical e inexplicable desobediencia a Wagner que creo que altera profunda y equivocadamente la dramaturgia fundamental de la obra: al agruparse junto a los dioses, raspar la yesca y prenderse fuego con ellos, Loge no cumple con las premisas fundamentales anunciadas al final de Rheingold, a saber: volverse a transformar en el elemento 'fuego' para, llegado el momento, consumir a Wotan y compañía.

Afortunadamente todos ellos se queman rápido, para permitir que la canción de amor de Brünhilde y Sieglinde que cierra Götterdämmerung acompañe la visión de una selva regenerada en toda su radiante belleza, con el agregado de algunos pequeños arbustos que marcan el paso del drama que perturbó para siempre el perenne sueño de Erda a partir del momento en que Wotan y Alberich destruyeron la inocencia de la naturaleza. El primero lo hizo arrancando de un fresno una rama que utiliza como la lanza de su poder político y Alberich arrancando del Rin el oro con el que espera comprar hasta la lanza de Wotan. Esperemos que mientras Alberich sigue desmontando la selva de Alaska, la de Seattle se mantenga tan fresca y abundante hasta el próximo Anillo en el 2013.
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