Hungría

La flauta que nunca suena por casualidad

Jorge Binaghi

miércoles, 27 de enero de 2010
Budapest, sábado, 16 de enero de 2010. Teatro Vig. Die Zauberflöte (Viena, Theater an der Wien, 30 de septiembre de 1791). Libreto de E. Schikaneder y música de W.A. Mozart. Cantada en húngaro (Traducción de Harsány, Fischer y Blum). Dirección escénica: Laszló Marton. Intérpretes: László Szvétek (Sarastro), Viktória Varga (Reina de la Noche), Dániel Pataki Potyók (Tamino), Eszter Wierdl (Pamina), Csaba Szegedi (Papageno), Kinga Kriszta (Papagena), Tivadar Kis (Monostatos), Kolos Kováts (Orador), y otros. Orquesta y coro de la Ópera Nacional de Budapest. Director: János Kovács
¿En húngaro? Y funciona como un reloj, tal como funcionaba en el sueco del film de Bergman, al que nunca le agradeceremos bastante aquellos primeros planos de la niña atrapada por la música de Mozart desde la obertura. Uno escucha el ‘glockenspiel’ y se vuelve como ella. O si uno es alguien ‘perverso’, le sucede como a ‘Monostatos’ y su banda…

No entendí una palabra (aunque algunas me las sabía de memoria, claro), ni falta que me hizo. La Ópera Nacional de Budapest tiene un ritmo endiablado, dentro y fuera de su teatro. Además de esta representación, hubiera podido ver una de Tosca en la sala principal, otra de esta misma Flauta al día siguiente por la mañana, y por la tarde -como ocurrió- un ballet en la principal. Por no hablar de la sala de conciertos donde había una versión de Moisés y Arón. Para no nombrar algún musical, alguna opereta, algún otro concierto, los teatros de prosa…

En una ciudad aquejada por huelgas de transporte y en el aeropuerto, mal tiempo y, sobre todo, la famosa crisis, bien palpable. Pero no en museos y teatros (donde había, sí, turistas, pero la mayoría eran locales…Y si uno llega al museo y se tropieza con la exposición temporal de La dama del armiño de Leonardo, entre varias joyas increíbles más, decididamente habrá que revisar conceptos sobre grandes teatros europeos (de ópera, de concierto o no).

No es que esta Flauta fuera excepcional. Resultó un espectáculo en el que el todo fue algo más que la suma de las partes, generalmente correctas pero ninguna particularmente destacada. La nueva producción de Marton conjugó algunas ‘novedades’ (particularmente brillante el principio, donde ‘Tamino’ y ‘Pamina’ sueñan sus sueños de adolescentes a punto de dejar de serlo, o la escena del ‘encantamiento’ de la flauta, donde al muchacho lo siguen, no los animales de la fábula, sino los objetos de su habitación) con elementos tradicionales, aunque la parte masónica fue relegada y más bien se vio una comedia divertida y tierna.

En este sentido, conviene recordar que Schikaneder cantaba ‘Papagen’ y no era ningún monstruo de la lírica. Sólo así se puede disfrutar de la labor, con poca voz y medios modestos, del exuberante ‘Papageno-mochilero’ de Szegedi. Y, claro está, si la voz más poderosa y resonante es la del ‘Orador’, vocalmente no hay que hablar de milagros, pero todos fueron musicales y suficientes. Es posible y deseable encontrar un timbre más grato y con más volumen (por suerte este teatro tiene aproximadamente las dimensiones del An der Wien en que la obra se estrenó) que el de Pataki para ‘Tamino’ (casi no se notaba la diferencia con el de Kiss en ‘Monostatos’, y debería haberla).

Wierdl fue la cantante más completa aunque a su ‘Pamina’ le falta luminosidad en el timbre, pero en cuanto a estilo y técnica poco se le podría señalar para mejorar. Varga fue una valiente ‘Reina’, mejor en la segunda aria que en la primera, aunque algún agudo no fuera preciso o absolutamente afinado. Szvétek fue un impresionante ‘Sarastro’ pero, curiosamente, el grave perdía resonancia respecto al enorme volumen y extensión (para esta sala, repito) de los registros alto y central. ‘Papagena’ fue simpática pero también de voz un tanto apagada, la de Kriszta. Las tres damas, en vestidos entre divertidos y atrevidos, resultaron bien conjuntadas y muy buenas actrices (Wittinger, Várhelyi y Bakos). Fueron muy buenos los sacerdotes y sobre todo el tenor ‘en arnés’ de Levente Murányi. Y todos parecieron muy convencidos y consustanciados con lo que hacían.

Tal vez, una vez alabados el nivel técnico de coro y orquesta, la reserva mayor vendría de unos tiempos más bien lentos y lánguidos en muchas ocasiones de la batuta de Kovács, un veterano que sin duda conoce su oficio. Si todos y cada uno dan lo más y mejor que pueden, y si en cada caso alcanza aunque no sobre y a veces quede un punto de deseo por ese ‘algo más’ (que tampoco se encontraba en todos los cantantes del film de Bergman, aunque sí en algunos), yo ya quisiera tener funciones así siempre en capitales musicales presuntamente de primerísimo nivel.

Lo que no es bueno es que uno se entere en el mismo día de quién canta, sobre todo si el reparto, como aquí ocurrió, cambia completamente respecto del anunciado para la fecha en cuestión. Se puede entender una o dos sustituciones, pero no la de la práctica totalidad de los intérpretes.

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