España - Castilla y León

Un concierto para un reino

Roberto San Juan
martes, 2 de febrero de 2010
León, viernes, 22 de enero de 2010. Auditorio Ciudad de León. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lisa Milne, soprano; Alejandro Posada, director. Evaristo Fernández Blanco: Dos danzas leonesas para orquesta. Pedro Blanco: Añoranzas, suite para orquesta. G. Mahler: Sinfonía nº 4 en Sol mayor. Concierto extraordinario de conmemoración del 1100 aniversario del Reino de León. Ocupación: 80% del aforo
0,0001444 Una numerosa representación institucional y abundante público, parte del cual acudía con invitación, acogieron con entusiasmo el concierto inaugural de los actos programados para conmemorar el 1100 aniversario del Reino de León. No deja de resultar curioso que haya sido la Sinfónica de ‘Castilla y León’ la encargada de dicho concierto inaugural, teniendo en cuenta la tradición de rivalidad y enfrentamiento, más o menos real y, sobre todo, políticamente interesado, que ha caracterizado y enturbia aún las relaciones entre lo que en épocas pasadas fue un antiguo reino, el de León, y su condado, Castilla. Quizá debido a ello, y para acallar las voces de protesta que pudieran surgir, el programa ofrecido en la primera parte estuvo dedicado íntegramente a dos compositores de la tierra: el astorgano Fernández Blanco y el leonés Blanco López. No me pregunten el porqué de la inclusión de la Sinfonía nº 4 de Mahler en la segunda parte; probablemente no haya otra razón más allá de que se trate de una obra que “venía bien”, dado que la orquesta la interpretará a principios de febrero en el Auditorio de Galicia junto con el motete Exsultate, jubilate de Mozart.

Las Dos danzas leonesas para orquesta de Evaristo Fernández Blanco (Astorga, 1902- Madrid, 1993) son dos piezas de marcado carácter nacionalista cuya inspiración popular queda evidenciada tanto por el contenido melódico de los temas empleados como por el interés en reflejar instrumentos del folklore leonés (folklore que, por cierto, tiene mucho que ver con el de Castilla). Ambas poseen un lenguaje tonal claro, de textura transparente, temas melódicos diáfanos y una rica instrumentación, lo que unido a su marcado sabor popular las convierte en obras atractivas con las que el público se siente rápidamente identificado. La versión escuchada se caracterizó por la frescura y un apropiado grado de apasionamiento, sin afecciones gratuitas. El detallado tratamiento de las distintas familias instrumentales por parte del compositor permitió saborear una tímbrica rica, con un destacado papel de los solistas de oboe y fagot.

Similar en cuanto a orquestación, variedad tímbrica e inspiración popular resulta Añoranzas, suite para orquesta de Pedro B. Blanco López (León, 1883-Oporto, 1919), obra estructurada en cuatro movimientos -Evocación, Burlesca, Romance y Humorada- compuesta en 1915 y que constituye el op. 8 del autor. La versión resultó elegante, si bien dado el carácter intensamente expresivo de algunos de los temas melódicos que sonaron y teniendo en cuenta los generosos y elocuentes gestos del director, en ciertos momentos se echó en falta una mayor implicación afectiva de los profesores de la orquesta con la música interpretada. La amplia gama dinámica fue traducida por la orquesta con rigor y la concertino Wioletta Zabek firmó una excelente actuación en un destacado trabajo individual en Romance.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada, como señalé más arriba, a la Sinfonía nº 4 de Mahler y constituyó, sin duda, el plato fuerte del programa. Alejandro Posada, con gesto amplio, claro y expresivo, llevó las riendas de una obra compleja y la orquesta supo responder al reto con notable resultado. La cuerda, que durante todo el concierto no mantuvo la disposición habitual, sino una distribución con los cellos frente al director y las violas en la parte derecha del escenario, delante de los contrabajos, sonó poderosamente conjuntada y convincente, mientras que el viento metal destacó con una de las mejores actuaciones que recuerdo en esta orquesta. Las dinámicas fueron muy bien matizadas, con una rica gama de sonoridades en ciertos pasajes, especialmente del tercer movimiento, Ruhevoll, que la orquesta interpretó como un único ente orgánico de múltiples facetas con un resultado particularmente brillante. El cuarto tiempo, Sehr behaglich, contó con la participación de la soprano escocesa Lisa Milne, quien cantó con seguridad y bello timbre el texto de ‘Das himmlische Leben’ -La vida celestial- quinto lied de Des Knaben Wunderhorn. La dinámica volvió a ser la protagonista en la conclusión del movimiento y la orquesta consiguió mantener una graduación de matices de extraordinaria riqueza en el bellísimo final de la Sinfonía. Durante los aplausos el director reconoció el trabajo individual de los solistas orquestales, que recibieron una merecida ovación.
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