Hungría

Un gran ballet en buenas manos y pies

Jorge Binaghi

martes, 2 de febrero de 2010
Budapest, domingo, 17 de enero de 2010. Ópera Nacional. Romeo y Julieta, op. 64, primera representación completa Brno, 30 de diciembre de 1938; versión revisada utilizada en la actualidad, Kirov, 11 de enero de 1940. Guión de Adrian Piotrovsky sobre la tragedia de Shakespeare y música de S. Prokofiev. Coreografía: Laszló Seregi. Intérpretes: Levente Bajári (Romeo), Katalin Volf (Julieta), József Cserta (Mercucio), Bence Apáti (Tibaldo), Szilárd Macher (Paris), György Szakály (Capuleto), Krisztina Végh (Sra. Capuleto), Blanka Fajth (Nodriza), Oszkár Rotter (Lorenzo), András Szegö (el arlequín), Alexandra Kozmér (Mab) y otros. Orquesta de la Ópera Nacional de Budapest. Director: Gergely Kesselyák.
Seguramente fue una buena función más. Pero de niños a mayores siguieron la larga obra -con esa música genial- en sus tres actos (con sus correspondientes pausas, menos mal) sobre la obra de otro genio quizá más genio aún. La coreografía es de uno de los protagonistas de la escena de la danza clásica y ciertamente fue tradicional, manifiestamente en el sentido del film de Zefirelli (cuando no se había reducido a su actual parodia de sí mismo). Empezamos y terminamos la representación teatral en la época del autor y cada detalle ilustra a la perfección la música y el texto original (una piedra de toque es, naturalmente, esa sobrecogedora escena de la muerte de Mercucio con la maldición final a ambas familias). Los trajes son muy bellos (y de época, sí, qué se la va a hacer, transcurre cuando transcurre la acción en el texto original) y los decorados, típicos telones para permitir los cambios veloces. El cuerpo de baile se muestra en buena forma y, sobre todo, con gran entusiasmo. De modo que si al principio es posible inquietarse porque los finales de la música no coinciden siempre con la postura final de los bailarines (solistas o conjunto), poco a poco los ligeros desfases se van limando. Puestos a encontrar pegas, Mab sobra un poco aunque en un principio sirve para ilustrar el relato de Mercucio en su primera presentación, pero convertida en algo así como la representación de la fatalidad no termina de encajar bien aunque su intérprete es sumamente persuasiva (Kozmér). También sobraron un poco los cantos de pajarillos, un tanto cursis.

Como se sabe, al igual que en la música, este ballet innovó dentro de la tradición, de modo que se requieren grandes bailarines (Ulanovas, Fonteyns, Nureyevs, Fraccis y para qué seguir). Aquí, si Julieta en los pies y expresividad de Volf resultó más interesante al final y en particular en la escena de la desesperación posterior a la de la noche de amor, resultando más ‘neutra’ en la primera parte de la obra (aunque es joven pareció más bien madura, y si su técnica y estilo fueron buenos no parecieron nunca excepcionales: las puntas son muy buenas, pero brazos y manos ejecutaron sí movimientos pero sin expresar demasiado ni con demasiada convicción, excepto en los momentos apuntados), lo que dejó sin aliento fue la impetuosidad, naturalidad e impresionante facilidad (tiene varios saltos y piruetas) del Romeo de Bajári, que no sólo fue ‘fuego’ y fuerza, sino que supo matizar y mostrar el cambio del adolescente alocado al convertido en alguien distinto por el amor (y la intervención en el duelo entre Tibaldo y Mercucio así lo demostró).

A propósito de los dos protagonistas del principal ‘cuerpo a cuerpo’ de la velada, ambos se lucieron con estilos distintos y adecuados a las partes; el más irónico y liviano juego y soltura en los movimientos de Cserta sirvió a Mercucio tanto como el empaque, el engreimiento, el mal carácter de Tibaldo quedaron bien servidos con la atlética y viril prestación de Apáti. Los ‘secundarios’ fueron todos muy loables, y en particular la pareja Capuleto (excelentes actores y bailarines ambos, Szakály y Végh), la simpática nodriza de Fajth, pese al personaje juvenil en los movimientos y en su seguridad. Mención aparte merece el número aplaudidísimo de Szegö en el ‘divertimento’ del tercer acto, de gran despliegue visual.

Por último, tener una buena orquesta acompañando las evoluciones de los bailarines es de capital importancia y más en un ballet con música de este nivel. Sería injusto pedir el rendimiento o la inspiración de la grandes versiones (generalmente en ‘suites’) de las salas de concierto o de las grabaciones (quien ha oído últimamente a la orquesta de San Petersburgo con Gergiev seguramente tendrá razón, pero no es el caso de exigirlos aquí), pero la batuta de Kesselyák fue sólida y segura y logró no pasar desapercibida y expresar en lo fundamental lo que esta maravillosa partitura destila.

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