España - Madrid

Cómica, satánica, magnífica, histórica producción de La Zarzuela

Javier Suárez-Pajares
lunes, 29 de mayo de 2000
Madrid, martes, 23 de mayo de 2000. Teatro de La Zarzuela. La Revenant de José Melchor Gomis. Libreto de Albert Calvimont. Sir Robert: Luis Alvarez; Sir John: Emilio Sánchez; Sir Arundel: Gregory Reinhart; Sara: Anne-Marguerite Werster; Steenie Steenson: Rockwell Blake; 'Dugald': Christian Asse; 'El Doctor Beeff': Miguel Sola; 'El mono': Alain Delabre. Nueva producción del Teatro de La Zarzuela. Dirección de escena, escenografía y figurines: Eric Vigié; Iluminación: John Bishop; Coro del Teatro de La Zarzuela, director Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: David Heusel.
0,0001843 Como si fuera la primavera lo que inspira al Teatro de La Zarzuela, este nuevo mayo nos ha vuelto a sorprender --como el anterior con The Turn of the Screw de Britten-- con una extraordinaria producción no zarzuelística, pero en este caso absolutamente vinculada al repertorio que naturalmente debe hacer este teatro musical alternativo. Desbordante de imaginación, cuidadosamente planteado y realizado con primor, el montaje de La Revenant (El Espectro) del compositor español José Melchor Gomis (1791-1836) ha de quedar grabado en la memoria de todos cuantos, de vez en cuando, quieren, además de ver, aprender cuando acuden al teatro.En el año 73, el filólogo hispanista John Dowling sorprendió a la musicología española con su biografía de este músico romántico, completamente olvidado en España; quince años más tarde Rafael Gisbert amplió el trabajo de Dowling en su monografía Gomis. Un músico romántico y su tiempo; pero no fue hasta la década de los noventa cuando se empezaron a editar, cantar en concierto y grabar algunas de sus canciones que siempre dejaban ver la personalidad de un músico excepcional: canciones como El aire dañino o tiranas como Si la mar fuera de tinta o Un navío, dos navíos destacan por su finura entre el repertorio cancionístico español de la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, no ha sido más que ahora cuando el trabajo incansable de Tomás Garrido en la búsqueda y puesta en práctica del repertorio clásico-romántico de músicos españoles nos ha permitido ver una gran obra de Gomis: La Revenant. En resumen: nuestra muertísima máquina musical ha tardado más de un cuarto de siglo en dar un paso elemental para la comprensión y muestra de la parte esencial de la historia de la música española que representa Gomis en su romántico exilio parisino donde estrenó, el último día del año 1833, esta opéra-comique que es La Revenant.La experiencia del público español actual del Teatro de La Zarzuela ante La Revenant tenía que ser a la fuerza de un cierto desconcierto, porque la época, el estilo y el género de la obra dificultan la búsqueda de puntos de referencia para su asimilación. El estilo musical, que desconcertó por su osadía al propio Berlioz cuando se estrenó, hoy no resulta fácil de ubicar, y, si para un francés de principios del siglo el género opéra-comique no ofrecía novedad alguna, para nosotros sí las ofrece. La opéra-comique es una forma lírica en la que coexiste, como en la zarzuela, lo cantado con lo declamado; pero no debemos cometer el error de compararla con la zarzuela, porque el repertorio zarzuelístico de los años 30 nos es tan desconocido como el de la propia opéra-comique. Y, además, yo no diría que tiene mucho que ver con la zarzuela grande (la de la segunda mitad del s. XIX), porque las relaciones de las partes musicales con las teatrales son muy diversas en los dos géneros; en nuestra zarzuela todo está mucho más regulado, más polarizado, y la parte cantada se parece menos a la ópera que la parte cantada de la opéra-comique que, en muchos casos, por su incorporación de la acción dramática, se asemeja a momentos operísticos.Con esta falta de referentes, lo que podemos decir hoy de la partitura de Gomis es simplemente que es magistral al margen de cualquier comparación, destacando la obertura y, ligado a ella, el primer bloque musical del primer acto, todos los coros, y, entre los solos, la canción de 'Sara' en el primer acto y, en el segundo, la balada de Steenie y la romanza de 'Sir Arundel'. El reparto formado en el Teatro de La Zarzuela para esta producción sirvió a la perfección: Luis Alvarez, grande como siempre, volvió a sentar cátedra con su interpretación de 'Sir Robert'; el bajo Gregory Reinhart bordó un 'Sir Arundel' que tiene las páginas musicales más lucidas y de las que supo sacar el máximo partido; y el 'Steenie' de Rockwell Blake fue tan excelente como la 'Sara' de Anne-Marguerite Werster, y ambos fueron perfectamente suplidos en el segundo reparto (que se presentó el viernes 26) por Francisco de Santiago y María Rey-Joly, respectivamente. Con esas voces se ha podido escuchar como nunca la música de Gomis. El único problema en lo musical ?al margen de ciertas desigualdades en el coro? fue que en la orquesta pesaron mucho los arcos y faltó un punto de agilidad. Por más que los directores ?David Heusel con el primer reparto y Tomás Garrido con el segundo? impusieron con buen criterio unos tempi muy vivos y un meditado concepto de la obra, la orquesta no acabó de producir la liviandad aérea que necesita la mayor parte de la música de La Revenant para fluir con naturalidad.Y, dado que el nivel musical estaba bien cubierto y básicamente bien resuelto, lo que quedaba era realizar una puesta en escena que clarificase un libreto un tanto extraño. Extraño para mí por la abundancia de texto declamado que en la zarzuela siempre se corta (a costa de empobrecer hasta lo paupérrimo el nivel teatral del género), por la inserción de la música (que es aquí, en cierto modo, caótica si la comparamos con las zarzuelas grandes) y, sobre todo, porque este libreto se retocó in extremis en el tiempo de su estreno y se suprimió todo un tercer acto en el que se resolvían varias líneas argumentales que ahora quedan inconclusas. Esto, que lo podía haber utilizado el director de escena para resumir la obra, por el contrario, lo empleó para dar sustancia una dimensión teatral extremadamente cuidada: todos los elementos dramáticos ?se resolvieran o no? los utilizó para realizar una escena rica en sucesos y entretenida. Para ello, resultó clave la reinterpretación del Mono como Satán que aporta a la historia un elemento de continuidad muy ingenioso. Y es que, en general, la labor de Eric Vigié como director de escena, escenógrafo y figurinista, en la lectura y actualización de un texto tan complicado como el de La Revenant, se puede considerar como un modelo que debería ser tenido en cuenta en adelante en las producciones zarzuelísticas. Hasta un aspecto tan propio del género opéra-comique como es la parodia del mundo de la ópera seria, se actualizó en la versión de Vigié con ese delirante desfile espectral y anacrónico de personajes de ópera en el aquelarre, dando una segunda vuelta a la parodia esencial, que Vigié aparentemente no toca para nada, y que, a mi juicio, es el viejo tema de Orfeo: el músico que tiene que descender a los infiernos para recuperar su amor con el poder de su música. Aunque en este caso se trata de un gaitero que baja a recuperar un recibo, este recibo, que es la llave de su amor, lo recupera gracias a su canto.El resultado fue que la confusión natural con que el público tendría que recibir esta obra se convirtió, gracias al trabajo escénico de Vigié, en un desconcierto alborozado y grato recompensado con sinceros y nutridos aplausos que deben hacerse extensibles al iluminador John Bishop que hizo un trabajo soberbio (aunque en el estreno se le deslució un poco la escena del aquelarre, por exceso de humo), y, sobre todo, a Tomás Garrido, sin cuyo empeño esta producción no habría existido, y al Teatro de La Zarzuela, por su sensibilidad a la hora de programar con todo lujo esta obra que, junto a La púrpura de la rosa y El juramento, ha sido lo mejor de la temporada.
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