Opinión

Los maestros directores de Bamberg

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 9 de marzo de 2010
0,0004487 Hace seis años Gustavo Dudamel ganó el primer premio de la edición inaugural del concurso 'Gustav Mahler', que organiza la Orquesta Sinfónica de Bamberg con el patronazgo de la sobrina-nieta del compositor, Marina Mahler, y el mecenazgo de algunas empresas e instituciones de la región. La cosa no pudo empezar mejor, y el nombre del venezolano -más que el de la coreana Shi-Yeon Sung, que ganó la segunda edición en 2007- ha servido de gancho para que casi trescientos candidatos de todo el mundo (entre ellos diecisiete españoles) se apuntaran a la edición de este año. De ellos sólo una docena han accedido a las pruebas eliminatorias con orquesta, celebradas entre el 26 de febrero y el 1 de marzo en la ciudad de Bamberg, en Franconia, al norte de Baviera. Ciudad que se enorgullece fundamentalmente de dos cosas: su casco histórico, el más extenso de Alemania (por suerte aquí cayeron muy pocas bombas), declarado Patrimonio de la Humanidad; y su orquesta sinfónica.

La Bamberger Symphoniker fue fundada en 1946 como reagrupación de los antiguos miembros de la Orquesta Filarmónica Alemana de Praga, y desde el primer momento supo retener y acrecentar la fama que precedía a sus músicos como guardianes de la tradición sinfónica germana. Gracias a sus méritos propios, desde luego, pero también al apoyo de grandes figuras de la dirección de la época: los nombres de Eugen Jochum, Clemens Krauss, Rudolf Kempe o Hans Knappertsbusch están grabados en la memoria sonora de la orquesta; pero quien realmente puso a los Bamberger en el mapa fue Joseph Keilberth, que fue su titular entre 1950 y hasta su muerte en 1968, y con cuyo nombre fue bautizada la sala de conciertos del Konzert und Kongresshalle, levantado en 1993 a orillas del río Regnitz. Estamos en la tierra de los Meistersinger y aquí se honra a los maestros.

Unos pocos datos más: la Sinfónica de Bamberg fue la primera orquesta alemana en emprender giras internacionales tras la II Guerra Mundial (obviamente, estaba limpia del pecado original), y hoy en día ha sido distinguida oficialmente como Filarmónica del Estado de Baviera; su actual director desde el año 2000, el inglés Jonathan Nott, fue elegido para el cargo tras un único concierto (en el que interpretó, entre otras cosas, las Variaciones para orquesta de Schoenberg), inaugurando su mandato tocando el Adagio de la Décima sinfonía de Mahler y -¡atacca!- el primer acto de Tristán e Isolda; juntos llevan grabados 14 cedés, lo cual no es ninguna broma en los tiempos que corren; finalmente -y éste es el dato más relevante-, en una ciudad de 70.000 habitantes la orquesta tiene casi 7.000 abonados para los cuarenta y pico conciertos que da cada temporada en su sala (viajes aparte), con una ocupación media del 92%. Es cierto que aquí no hay teatro de ópera; pero aun así me parece un caso único, y no sólo en Alemania.

En fin, todo un lujo de instrumento -y de sala: cómoda, sobria, del tamaño ideal (1.400 localidades) para una acústica limpia y cálida- a fin de que los jóvenes candidatos a maestro demuestren lo que saben. Y lo que sepan han de aplicarlo a una Tabulatur muy exigente: por supuesto Mahler, la Sinfonía nº 4 y algunas canciones de sus diferentes ciclos (con la participación de la soprano Christina Landshamer); algo del canon clásico, la Sinfonía nº 104 de Haydn; otro algo del canon moderno, las Cinco piezas para orquesta op. 10 de Webern; y dos obras contemporáneas: towards Osiris (2005) de Matthias Pintscher, y Con brio (2008) de Jörg Widmann.

No menos exigente será el tribunal de maestros que habrá de evaluar los méritos de los contendientes: sus miembros son Jonathan Nott, Herbert Blomstedt (director honorario de la Sinfónica de Bamberg, y todavía en activo a sus 83 años), el director y profesor británico John Carewe, Jonathan Mills (director del Festival de Edimburgo), el citado compositor Matthias Pintscher, Wolfgang Fink (intendente de la orquesta anfitriona), Jan Nast (que lo es de la Staatskapelle Dresden), y Luuk Godwaldt (contrabajista de los Bamberger).

Pues bien, de los doce candidatos seleccionados para las eliminatorias, tan sólo cuatro de ellos han accedido a las semifinales, momento en que comienzan las sesiones abiertas al público. Son Cornelius Heine (Geseke, Alemania, 1977), Yordan Kamdzhalov (Targowischte, Bulgaria, 1980), Ainars Rubikis (Riga, Letonia, 1978), y Aziz Shokhakimov (Tashkent, Uzbekistán, 1988). Y cuando digo “abiertas al público”, quiero decir abiertas hasta la cocina, porque sus ensayos con la orquesta no sólo se llevan a cabo en presencia del jurado y del respetable (la entrada es gratuita), sino que sus instrucciones verbales se transmiten por megafonía, y las gestuales mediante una gran pantalla de televisión dispuesta en la sala.

De manera que el día 3 por la tarde se celebra la primera ronda de semifinales, en la que los candidatos deben ensayar durante una hora el último y el primer movimiento de la Sinfonía de Mahler, y el minueto de la Sinfonía de Haydn. Abre plaza el alemán -en cuya biografía consta que ha sido asistente de James Levine en Múnich, y de Christian Thielemann en el actual Anillo bayreuthiano-, a quien se ve muy nervioso y sin saber qué hacer con su mano izquierda. En sus instrucciones a la orquesta habla de enfatizar el alboroto celestial entre la cuerda y la madera… y eso es lo que consigue, embarullar la cosa; después, en el famoso ritenuto del inicio de la obra, no parece encontrar lo que quiere, lo cual motiva que tanto el clarinetista como el percusionista de los cascabeles intervengan en su auxilio. En Haydn le veo un fraseo un tanto renqueante; insiste en que la cosa debe ser más ligera, pero el gesto no ayuda y el sonido sigue agarrotado.

En la segunda hora es el turno del búlgaro, que estudió en la Academia Hanns Eisler de Berlín, y ganó el concurso Jorma Panula de Finlandia el año pasado. Mucho más seguro en el gesto (recuerda tal vez demasiado a Celibidache), mira a los ojos a sus músicos cuando les habla y cuando les dirige, y sonríe con cierta malicia cuando les pide resaltar las revoltosas voces interiores de la madera. En el primer movimiento destaca muchos pasajes aislados aunque sin apenas decir lo que pretende, de modo que cuando lo toca de cabo a rabo se diría que había puesto el piloto automático. En Haydn arriesga, porque no marca el tiempo sino las frases, pero le sale con un sano punto de buen humor.



Aziz Shokhakimov
© 2010 by Matthias Hoch/Bamberger Symphoniker

Al día siguiente por la mañana actúan los otros dos semifinalistas. El uzbeko, cuya formación y experiencia se restringe casi exclusivamente a su país, entra sin saludar y se pone a lo suyo directamente: enseguida se le ve valiente frente a la orquesta, aunque en mi opinión el pulso le flaquea, de modo que la última estrofa angelical (“Kein Musik ist ja nicht auf Erde…”) casi se le cae encima, aunque consigue crear muy buen ambiente. En el primer movimiento se escuchan muchas brusquedades tímbricas y algunas exageraciones en el tiempo, pero eso es exactamente lo que él ha pedido de la orquesta, y entiendo que como tal debe ser valorado. En Haydn simplemente exhorta a a sus músicos a sonreir; y éstos no sólo sonríen sino que respiran con amplitud.

Por último, es el turno del letón, de cuya biografía destaca su intensa dedicación a la dirección coral. Está algo nervioso, pero no le cuesta nada encontrar el pulso natural de lo que está interpretando, y hace música con gran facilidad (y además sabe algo que los músicos agradecen: dar instrucciones en voz alta sin parar la interpretación). En el último movimiento mahleriano sólo le dice a su orquesta que se imaginen cómo es el cielo, y esta vez sí, la última estrofa me transporta hasta ese lugar. En el primero se preocupa muchísimo de las dinámicas y concibe la cosa como una suave sucesión de olas sonoras, mientras exhibe una muy natural técnica nach dem Schlag. En Haydn -a pesar de que se despista con las repeticiones del minueto- el tiempo es perfecto y la humanidad a prueba de bomba, gracias entre otras cosas a una sabia administración de las pausas.

A todo esto, algunas notas comunes, muy importantes: la Sinfónica de Bamberg se entrega sin reservas a sus jóvenes directores y suena -sigue sonando- maravillosamente bien, su cuerda empastadísima y con cuerpo, su madera muy seria, y su metal de vieja nobleza (el primer trompa es un músico como la copa de un pino); la soprano me parece una voz ideal para la parte y sigue con la máxima atención las instrucciones de las batutas; porque todos usan batuta, afortunadamente; en la sala hay unos pocos cientos de personas que atienden los ensayos sin que se oiga una mosca y aplauden a todos los candidatos; y el jurado se reparte estratégicamente entre el patio de butacas y el escenario, sin dejar de tomar notas.

El siguiente paso es la final, a la que accederán sólo dos de los aspirantes. La duda se resuelve apenas media hora después de que termine la segunda semifinal, y el jurado anuncia en la sala los nombres Shokhakimov y Rubikis, a quienes en unas pocas horas les espera la última prueba: los dos movimientos centrales de la sinfonía mahleriana; así como la obra de Widmann, que estará a cargo del uzbeko, y la de Pintscher, que la hará el letón.

No conozco ninguna de esas dos piezas, de modo que poco puedo comentar de la interpretación. Sí diré que ambas son obras moviditas y de lenguaje fragmentario -la de Widman para una orquesta de plantilla clásica, la de Pintscher para orquesta romántica con percusión nutrida- que requieren grandes habilidades rítmicas por parte del director y de los músicos. Shokhakimov es un tipo valiente y se lanza a tumba abierta; Rubikis (que sus problemas tuvo para colocar la gigantesca partitura en su atril) prefiere prevenir y dedica un rato a explicar cómo batirá tal o cual pasaje. Diría que ambos salieron bien parados (al menos Pintscher, miembro del jurado, así se lo reconoció al letón).

Mahler fue otro cantar. Mientras Shokhakimov sigue buscando las aristas en el segundo movimiento (“es una Totentanz” le dice a la orquesta), Rubikis sugiere a sus músicos que recuerden la película El violinista sobre el tejado: visiones más diametralmente opuestas no se pueden encontrar. Por cierto, en este punto Wolfgang Fink tuvo que hacer de Beckmesser y advertir a Rubikis que se le había agotado el tiempo de ensayo. No importa: la canción del premio estuvo, a mi modo de ver, en el tiempo lento: el uzbeko -no se olvide que tiene sólo 21 años- se lo toma como una de las extensas y desiertas llanuras por las que discurren los adagios de Shostakovich, y propone una lectura en la que tensión y estatismo reinaron a partes iguales y de manera inclemente (a mí me recuerda el Mahler que hacía Evgenii Svetlanov). El letón, en cambio, no pierde nunca el pulso y, aunque muy lento para mi gusto, sabe frasear con delicadeza y contrastar las dinámicas.

Sólo un rato después el jurado anuncia tres premios por unanimidad: por este orden, a Rubikis, a Shokhakimov, y a Kamdzhalov. El público, que no había abandonado la sala, da su aprobación de forma ruidosa, como es costumbre aquí. Muy poco ruidoso -pero intensamente sentido- está Rubikis cuando al llegar al restaurante donde todo el mundo estábamos convocados para cenar (jurado, concursantes, organización y prensa), se ve obligado a improvisar unas palabras de agradecimiento, volviendo a cosechar otro aplauso contundente al mencionar a la orquesta anfitriona.



Ainars Rubikis
© 2010 by Matthias Hoch/Bamberger Symphoniker

Por fin, el día 5 por la tarde, y tras la entrega oficial de los galardones, Ainars Rubikis da en concierto la Cuarta sinfonía de Mahler en una Joseph-Keilberth-Saal llena hasta la bandera. El primer movimiento sale muy conservador (en los ensayos tuvo más gracia), y del segundo sólo vale la pena resaltar el gran oficio del concertino Peter Rosenberg. Pero a partir del tercero llega la magia y la naturalidad con la que este hombre sabe hacer música, que no esconden ni su sufrimiento ni tampoco su exigencia (en esto se parece a su paisano Mariss Jansons): el caso es que después de tres días escuchando esta obra una y otra vez, en el concierto no me causa ninguna fatiga oirla de nuevo; al contrario, la atmósfera que crea Rubikis me resulta felizmente irresistible.

Rubikis, como Walter von Stolzing, ha accedido con toda justicia al título de maestro; pero ahora viene la parte más difícil y más larga, porque los laureles obligan de por vida (por de pronto, antes de salir a escena ya había ganado un nuevo premio en forma de invitación oficial para dirigir un concierto en el Festival de Edimburgo del año que viene). Seguro que él lo sabe, y como se le ve persona humilde y trabajadora, y es un músico de los pies a la cabeza, no tengo la menor duda de que los llevará con honra.

De todos modos, la arenga conclusiva le corresponde a Hans Sachs, esto es, a Jonathan Nott: “Estoy absolutamente encantado de que Ainars Rubikis haya ganado el concurso Gustav Mahler de este año. Desde el comienzo, hemos estado comprometidos a encontrar y alimentar el talento musical genuino: no necesariamente la siguiente super-estrella de la dirección orquestal, sino descubrir a alguien que creemos que crecerá y contribuirá de manera sustancial al quehacer musical en el futuro. Este año, como con Gustavo Dudamel en 2004, hemos encontrado a un director excepcional que apenas ha tenido oportunidad de dirigir fuera de su país antes de venir a Bamberg: Ainars Rubikis está a punto de embarcarse en una maravillosa travesía.”
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