Hungría

El filósofo y su alma

Jorge Binaghi

miércoles, 17 de marzo de 2010
Budapest, sábado, 6 de marzo de 2010. Ópera Nacional. L’anima del filosofo ossia Orfeo ed Euridice (1791). Primera ejecución pública: Florencia, Teatro Comunale, 9 de junio de 1951. Libreto de Carlo Badini y música de J. Haydn. Puesta en escena: Sándor Zsótér. Escenografía: Mária Ambrus. Vestuario: Mari Benedek. Intérpretes: Andrea Rost (Euridice), Szabolcs Brickner (Orfeo), Zsolt Haja (Creonte), Júlia Hajnóczy (Genio), Krisztián Cser (Plutone) y otros. Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de Budapest. Director: Ádám Fisher
Nunca hasta ahora había podido ver una ópera de Haydn en escena. Menos, su escasamente representada contribución final al género: ya se ve incluso por la fecha de su algo tardío estreno; tuvo mala suerte desde el principio entre problemas teatrales, incendios y otras menudencias londinenses. Así que, sin contar audiciones radiofónicas o en discos de variado soporte, este fue mi primer contacto teatral con Haydn (en más de cincuenta años no está mal). Fue, como tal vez debía ser, en Hungría, y en primer lugar hay que felicitar al teatro por estrenar finalmente la obra (ocurrió esto el año pasado) y por preocuparse de darle una ejecución musical cuidada. Lamentablemente, no se pensó en que el libreto -de aspiraciones iluministas él, ya desde el título mismo- era el talón de Aquiles y una explicación probable del carácter siempre singular que tendrá una exhumación de la partitura (que es bella o bellísima, pero que no basta para paliar la falta de teatralidad -en el buen sentido de la palabra- del texto). O tal vez se pensó y se consideró que se debía hacer algo innovador.

El caso es que tenemos a un coro vestido curiosamente y con unas más curiosas esferas sobre la cabeza con las que, cuando ya no se sabe qué hacer, se juega una especie de partido, unos reyes o dioses pintarrajeados de colores exóticos, un Genio (para algunos la ‘Sibila’ nada menos, y eso parece por el texto) que parece más bien la pobre chica que tiene que servir y le falta sólo la Gran Vía, mientras por suerte ambos protagonistas visten de riguroso negro como para un concierto. Olvidaba decir que llegados al Infierno los espíritus infortunados que primero aparecen con una especie de fusil se convierten en pescadores (y los fusiles en las respectivas cañas) nada menos que en el río infernal (no parece ser que el canto de Orfeo aquí haya tenido que ver algo, ya que cuando tiene que ver, en el primer acto, nada cambia).



L’anima del filosofo
©2010 by Vera  Éder


Súmense unos decorados algo complicados y molestos por los que deben deslizarse o trepar los desdichados intérpretes (la palma se la llevan los protagonistas: ella cuando muere cantando sobre el coro de hombres que a su vez ruedan sobre sí mismos….bien complicado sin duda; él en dos o tres ocasiones haciendo cabriolas o remando cuando tiene que tomar fiato para cantar). Así, ni cantor de Tracia, ni Aristeo (que aparece y se va luego de estar un rato observando), ni siquiera serpiente (porque aquí es Orfeo el que le asesta una buena dentellada en el tobillo a ‘Euridice’, ignoro por qué), ni mucho menos filósofo, con o sin alma, pueden dar vida a la obra.

Musicalmente, y hubiera preferido una versión de concierto, todo fue muy superior. Aunque Fisher no pareció estar en su día más inspirado (y la orquesta, mezclando instrumentos ‘originales’ y ‘modernos’ -lo que hizo que los primeros sonaran peor- tampoco parecía estar demasiado concentrada en la labor), pero es una batuta segura y experta. El coro resultó mejor en la sección femenina que en la masculina, pero las pequeñas partes que cantaron algunos solistas varones y una mujer parecieron avalar la tesis de que un buen coro no tiene por qué estar hecho de buenas voces tomadas individualmente. Lo más extraño es que no parecían tener idea de lo que estaban diciendo ni de cómo se entona un recitativo.



L’anima del filosofo
©2010 by Vera  Éder


En la pequeña parte de Plutone, Cser mostró una interesante voz (o sonido, como algunos propugnan) de bajo, que no pude terminar de valorar. Creonte, en cambio, tiene sus buenas tres arias, pero un barítono jovencísimo y más bien claro como Haja, de cualidades notables y real presencia, puede empezar bien con su primera y filosófica aria para acabar descontrolado en la tercera y más belicosa, en la que la filosofía se va a pastar junto con el alma (entre otras cosas porque parece tratarse de una parte más para bajo que para un barítono como hoy lo entendemos y el cantante es). El aria más conocida -por ser la más virtuosística y haber constituido o constituir un caballo de batallas de algunas primadonas- la tiene el Genio en el tercer acto: Hajnóczy es una cantante segura y profesional, conoce la parte bien, atiende a los requisitos -equivocados- del director de escena, pero se trata más bien de una soubrette de volumen más bien limitado, suficiente extensión y buena técnica, pero en ningún momento hay brillo ni pirotecnia, y el timbre resulta muy apagado y monótono.




L’anima del filosofo
©2010 by Vera  Éder


Rost fue una ‘Euridice’ de agradecer. Creo que es la vez en que la he encontrado más adecuada en lo vocal y lo escénico, a un personaje: muy natural, segura, elegante, de emisión fácil y color homogéneo y excelente italiano. Su joven cantor, Brickner, estuvo realmente brillante. El esmalte es precioso, el fiato y el legato notables, la messa di voce ideal (el ataque de su aria de entrada fue deslumbrante), notable la extensión (particularmente interesante fue la manera en que sonó su grave y la pastosidad y claridad del timbre). Si hay un elemento para mejorar -siempre lo hay- se encuentra en las agilidades del dúo con que concluye el primer acto, que resultaron correctamente realizadas pero de modo tímido y académico. También ha hecho progresos como intérprete, y aquí lo tenía bien difícil; aparece más desenvuelto incluso cuando le pega el bocado traicionero a su esposa. Si digo que en los momentos en que no miraba la escena (la paciencia tiene un límite) me sorprendía reencontrándome por momentos con el canto de Gedda, creo que está todo dicho. Se trate o no de un filósofo que pierde o no su alma (el final de la obra es notable, si es que terminaba allí, ya que ni siquiera eso está claro), lo que había sin duda era un señor cantante.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.