Italia

El sari no le sienta a Wagner

Jorge Binaghi
viernes, 9 de abril de 2010
Milán, sábado, 20 de marzo de 2010. Teatro alla Scala. Tannhäuser (19 de octubre de 1845, Hofoper de Dresde. Versión de París, 1861) libreto y música de R. Wagner. Puesta en escena: La Fura dels Baus (Carlos Padrissa). Escenografía: Roland Olbeter. Vestuario: Chu Uroz. Video: Franc Aleu. Intérpretes: Robert Dean Smith (Tannhäuser), Anja Harteros (Elisabeth), Julia Gertseva (Venus), Roman Trekel (Wolfram), Georg Zeppenfeld (Hermann), Martin Homrich (Walther) y otros. Orquesta y coro (director: Bruno Casoni) del Teatro. Dirección: Zubin Mehta
0,0011723 Esta vez una de las grandes obras de Wagner sólo tardó cinco años en volver a la Scala. No estoy seguro de que el resultado haya sido superior o incluso igual al anterior. Entre otras cosas se había hecho una producción interesante, si no genial, que no había por qué dejar de lado. Sobre todo con lo carísima que debe de ser esta: ninguna duda, tratándose de la Fura, de la espectacularidad y la necesidad de complicados mecanismos y de personas para hacer girar los grandes elementos escenográficos. Aquí todo lo domina una mano, que se pretende simbolice diversas cosas, no siempre muy claras. Tampoco el hombre de Vitruvio que aparece al principio, y en cuyo lugar sube el protagonista al final del segundo acto. O las evidentes coincidencias de que Venus al principio y Elisabeth al final canten desde lo alto (la segunda parecía un tanto preocupada y miraba hacia abajo, lo que no es la mejor manera de cantar tranquila la plegaria final de la protagonista).



© 2010 by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Como, además, parece haber habido un deslumbramiento por la India, hete aquí que todo es hindú. Y si para la parte de la bacanal -repetidas proyecciones bastante púdicas, con lo que podría haber dado de sí el Kamasutra- resultó adecuado, la llegada al certamen en la morada del Langrave de Turingia resultó descolocada y más el ballet estilo Bollywood que tuvo lugar. Los peregrinos pueden pasar (aunque, lo siento, pero las referencias a Roma, al Papa e incluso a la época, son por demás evidentes y condicionan las cosas, desde mi modesto y poco posmoderno punto de vista), pero el certamen con su tema, y la oposición amor carnal- amor espiritual (si se quiere decir que hoy está pasado de moda, se puede, y tal vez Wagner sea un ejemplo de artista que escribe cosas que no siente siempre del mismo modo o más bien vive de modo contrario a lo que nos cuenta -ya se sabe que algunos genios son así) tienen poco que ver con la interesante tradición religiosa hindú (Menos mal que en vez de la India no se ha visitado el Caribe o Brasil, con lo que las religiones de la zona podrían dar: ya veo una escola da samba o el Carnaval completo según los momentos).



© 2010 by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Incluso los vestidos, salvando el del protagonista, tenían poco o nada que ver. El Langrave (o Langravio, a ver si algún purista sufre un ataque de ira) parecía divertido en su hábito de marajá. Elisabeth se parecía un poco a Indira Gandhi en la silueta, los cantores iban como podían (Wolfgang no estaba muy favorecido), pero la palma se la llevó Venus: además que la intérprete no sabía muy bien qué hacer con su vestidito kitsch, lamenté la ausencia de Cecil B.De Mille y Hedy Lamarr en Dalila, que era mucho más sensual e imponente.

Y como cada vez estoy más convencido de que las óperas se salvan -o no- por su música antes que por sus valores literarios o una presentación fantástica (tradicional o moderna o contemporánea o futura), paso a ella. Mehta no debió permitir los crujidos y ruidos que, gracias a lo que pasaba en el escenario, impidieron una atención total -o buena- a la obertura. Aunque la orquesta tuvo una buena noche, ya desde las primeras notas fue evidente que lo que predominaba era el desinterés, la desgana, y en ese sentido no puede hablarse de una interpretación. Sonó bien y se manejó en lo posible el equilibrio con las voces, y punto.

Magnífico el coro, aunque fue de justicia que al final se aplaudiera al traspunte -o, si alguien prefiere, apuntador-, que dio varias veces los ataques.



© 2010 by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Y ya se sabe que uno de los mayores problemas de Wagner hoy -y siempre- más que las ‘interpretaciones’ escénicas de sus obras es el de las voces adecuadas. En este caso, en particular, el agotador papel del protagonista. Robert Dean Smith al parecer cantó con poca voz en la primera, pero no fue el caso en la segunda representación. Siempre un cantante inteligente y de pronunciación notable, dio todo lo posible (y creo que estuvo todo el tiempo al máximo, por lo que le convendría pensar si vale la pena frecuentar un rol que le acortará la carrera), expresó bien y se movió con justeza. Tal vez haya dos o tres tenores hoy que lo puedan hacer mejor o con más brillo y brío, pero sé de muchos que lo hacen mucho peor.

La mejor y más aplaudida -incluso hubo un amago al final de su aria de entrada, cosa que nunca había oído en un Wagner ‘mayor’- fue la Elisabeth de Harteros, voz y artista notabilísima, de agudo seguro y brillante y capaz de medias voces notables, que sólo debería vigilar cierta tendencia a abrir los graves (un par de veces fue por demás evidente), pero que realmente trazó en lo vocal y lo escénico su personaje, incluso vestida del modo en que estaba vestida y siguiendo las indicaciones del director de escena.

En el otro extremo se situó la Venus de Gertseva, que fue protestada al final. No se trata ya de que una mezzo, por más volumen y extensión que tenga, se vaya a encontrar siempre en apuros en la parte; se trata de que ni siquiera parecía importarle entender lo que cantaba y lo que su personaje significaba (después, los gritos en los agudos, metálicos y con vibrato, parecen algo a lo que hay que resignarse incluso si lo cantan sopranos…Hubo alguna que lo resolvió con pianísimos belcantistas, pero no fue silbada).



© 2010 by Marco Brescia/Teatro alla Scala

Trekel, como ya en Bruselas, está seguramente en la curva descendente de su carrera, y lo digo con tristeza porque ha sido un excelente cantante, y eso se nota en su fraseo e interpretación, pero la voz está completamente hueca y seca.

Zeppenfeld me convenció aquí mucho más que en su Comendador del anterior Don Giovanni: la voz sonó y muy brillante, aunque el grave es un tanto escaso en volumen y extensión. Los comprimarios cumplieron muy bien, en particular el pastor de Barbara Massaro. Noto al pasar también que un cantante de cierto mérito en su momento como Petri Lindross ahora hace partes muy secundarias (Reinmar). En cambio, no se repitió la buena idea de la vez pasada de confiar a Margita el también secundario, pero ‘importante’, papel de Walther y esta vez Martin Homrich estuvo correcto sin más.

El público aplaudió con calor.
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