Grecia

Pogorelich seduce a Atenas

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 14 de abril de 2010
Atenas, viernes, 26 de marzo de 2010. Gran sala auditorio de la Sociedad Amigos de la Música. Megaron Mousikis de Atenas. Solista: Ivo Pogorelich (piano). Orquesta Estatal de Atenas. Director invitado: Hobart Earle. Obertura de La novia vendida, de Bedrich Smetana (1824-1884). Concierto para piano y orquesta nº 2 op. 21, de Frederic Chopin (1810-1849). Sinfonía nº 1 Primavera op. 38 de Robert Schumann (1810-1856). 100% del aforo
El 200º aniversario del nacimiento de Frederic Chopin y Robert Schumann fue evocado la tarde del viernes 26 de marzo en la preciosa Gran sala Auditorio de la Sociedad Amigos de la Música del Megaron Mousikis de la capital griega, rebosante de público, con un concierto de la Orquesta Estatal de Atenas, dirigida por Hobart Earle, con Ivo Pogorelich al piano.

A la hora prevista para el comienzo del concierto comparece sobre el escenario un responsable de los organizadores para anunciar que el programa había sido alterado en el orden de las obras a interpretar, atendiendo un pedido del solista. En lugar de entrar en segundo lugar, Ivo Pogorelich abriría, por propio deseo, la velada con el romántico Concierto para piano y orquesta nº 2 de Frederic Chopin.

El excéntrico artista croata ingresa al escenario, acomoda y reacomoda su banqueta ante el piano -su acostumbrado ritual- guiña un ojo a una espectadora sentada en la primera fila de la platea y desde el primer movimiento (Maestoso), tras el fortissimo, comienza a mostrar, con una desenvoltura escénica propia, una reflexión muy íntima y un rápido viraje en la expresión, qué es lo que entiende por exquisiteces en la ejecución.

A partir de allí la orquesta pasa a un discreto segundo plano y Pogorelich lleva el protagonismo en todo momento en esta primera parte del Concierto en fa menor, compuesto entre 1829 y 1830 y estrenado poco después por Chopin.

Con gran refinamiento el solista da enorme realce al Larghetto, mientras la singular poesía del compositor polaco y la contemplación erótica de la obra estremece a los espectadores. No quedan dudas de que Chopin compuso este concierto inspirado en una gran idilio de su juventud y de que como mejor se disfruta de él es también en compañía de un gran amor.

"Quitaos el sombrero señores, he aquí a un genio" escribía en 1831 el compositor Robert Schumann en una de sus elogiosas críticas a Chopin, publicadas en el Allgemeine Musikalische Zeitung de Leipzig. El mismo calificativo utilizó Martha Argerich en 1980 cuando escandalizada abandonó a gritos el jurado del prestigioso Concurso Internacional Frederic Chopin de Varsovia que reprobaba al entonces joven pianista que vemos ahora, nacido en Belgrado en 1958.

Al llegar al radiante fa mayor final del Allegro vivace, Pogorelich pone especial esmero en que la mazurca, en la que Chopin profesa adoración por su querida Polonia, no se quede perdida en las extravagancias de su virtuosismo. Por último, hubo prolongados aplausos para el solista que retribuyó al público repitiendo el Larghetto como propina, mientras la orquesta ateniense derramaba más efluvios amorosos.

Tras el intermedio, los dos mil espectadores, y entre ellos muchísimos jóvenes, volvieron a la gran sala de la Sociedad Amigos de la Música, uno de los dos auditorios del Megaron Mousikis, abierto en 1991, y cuya sobresaliente acústica fue diseñada por el arquitecto y profesor alemán Heinrich Keilholz, recomendado en su momento por Herbert von Karajan.

Hobart Earle (nacido en Caracas, Venezuela, en el seno de una familia estadounidense) ofreció al frente de la Orquesta Estatal de Atenas una muy buena interpretación de la Sinfonía Primavera en si bemol mayor de Schumann.

Con gran energía y consistencia el director llevó al público sonidos claros, brillantes, candentes, vivificantes durante la ejecución de los tres primeros movimientos (Andante un poco maestoso - Allegro molto vivace, Larghetto y Scherzo: Molto vivace) hasta alcanzar con gran vitalidad el Allegro animato e grazioso final de esta arrebatadora obra, compuesta en 1841, dos años después de que Schumann desposara a Clara Wieck, quien lo estimuló a dedicarse a las obras sinfónicas.

Finalmente la fresca obertura de La novia vendida de Smetana (que hubiera estado mejor al comienzo de la velada) cerró el brillante concierto de la Orquesta Estatal de Atenas, con una ejecución ágil, dinámica, aunque en algunos pasajes Earle no alcanzó a poner suficiente énfasis como para que se la oyera claramente contrastada.

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