España - Castilla-La Mancha

Con la mitad basta

Daniel Martínez Babiloni
viernes, 16 de abril de 2010
Cuenca, sábado, 3 de abril de 2010. Espacio Torner. Dmitri Shostacovich: 24 Preludios y fugas, op. 87. Alexander Melnikov, piano. 49ª Semana de Música Religiosa de Cuenca. Aforo: completo
0,0001404 Antes de describir la actuación del moscovita Alexander Melnikov he de advertirle, amable lector, que lamentablemente esta no es la reseña de un concierto, sino de su mitad, pues por unos minutos se solapó la rueda de prensa de Peter Greenaway, convocada por la organización de la Semana de Música Religiosa, y por ello no pudimos incorporarnos al concierto hasta su primer descanso. Y digo primer descanso porque el pianista realizó dos intermedios, dada la envergadura de la obra.

Despachó los 24 Preludios y fugas op. 87 de Shostakovich en casi tres horas y si bien al principio tuve dudas de si debía reseñar el concierto o no, dado que no había escuchado la primera docena, durante el transcurso de la segunda parte, los preludios 13 al 16, no tuve ninguna de que lo que allí sonaba había que contarlo, pues me había atrapado por completo, más aún cuando llegamos al número 24.

En una Semana en la que Bach ha llenado cinco de los dieciocho conciertos programados, la inclusión del homenaje que le hiciera Shostacovich en 1951 con esta obra, tras la celebración del bicentenario de su muerte en Leipzig (entonces RDA), a la que acudió como alto representante en asuntos culturales de la URSS y reputado compositor también para Occidente, está más que justificado. Además, si tenemos en cuenta que nos encontramos en “año Chopin”, el guiño es acertado, pues el ruso dispone la sucesión tonal de las piezas siguiendo el ciclo de quintas como el polaco y no cromáticamente, como el teutón.

Shostakovich vuelve a Bach cada vez que el delicado equilibrio que mantiene con el establishment se tambalea, lo hizo tras la condena de Lady Macbeth con el artículo “Embrollo en lugar de música” de 28 de enero de 1936 en el Pravda y torna tras la denuncia que supone el decreto Zhdanov del 48. El Kantor de la Thomasschule se convierte en una tabla de salvación, una vuelta al origen, en lo que supone según David Fanning su “segundo retorno a la vida creativa”, por más que poco antes hubiera compuesto El canto de los bosques, cantata socialista en estilo patriótico por la cual recibió el premio Stalin.

Lejos de este Shostacovich oficial, burócrata que participa en lo que Marina Frolova-Walker denomina “el arte del aburrimiento”, Melnikov narra, más que toca, al Shostacovich real, evocador y meditabundo, el de los valses decadentes, el de las velocidades de vértigo y tantas veces rayano en lo rabioso y no por ello exento de gracia para la ironía y la broma. Así lo mostró el pianista con un delicado toque, igualdad entre registros y un fraseo exquisito -algunas veces, si la mano derecha no toca, acompaña a la izquierda con el gesto dibujando la frase en el aire.

Melnikov muestra una bellísima serenidad y gran sensibilidad con la que relajar las constantes tensiones de la obra (fuga del nº 14 o preludio 16). El preludio número 22 le sale evocador y delicado, cercano a Satie, y la fuga equilibrada. En el 15, en re bemol mayor, conjuga muy bien lirismo y acento popular, factura con brillantez y claridad una de las fugas más virtuosísticas de esta segunda mitad. El 17, la bemol mayor, resulta casi ingenuo y lleno de humor, como un juego de niños; el 19, mi bemol mayor, es abordado como si de una broma macabra se tratara y en el 20, si bemol mayor, contrasta el registro grave, casi como un lamento, con la ligereza del agudo. Finalmente en el 24, en re menor, ensayo de la Décima sinfonía, gradúa adecuadamente la tensión y sonoridad para llegar a un grandioso final, tras el cual además de emocionados, salimos tarareando el tema que se repite una y otra vez, marcado a fuego en lo más hondo.

En un espacio expositivo, en el cual los sugerentes homenajes de Gustavo Torner a diferentes personalidades de la cultura occidental (particularmente son las obras de su catálogo que más me gustan) incitan a lo contemplativo y meditación, ciertamente bastó con escuchar la mitad de los 24 Preludios y fugas op. 87 a Alexander Melnikov para darse cuenta de su sensibilidad, alta preparación y gran musicalidad. Un artista muy joven al que apenas se le detectó un ápice de cansancio tras el grandísimo esfuerzo. Habrá que seguirle la pista.
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