España - Cataluña

Mozart y la Alianza de civilizaciones

Pablo-L. Rodríguez

viernes, 14 de mayo de 2010
Barcelona, viernes, 16 de abril de 2010. Gran Teatre del Liceu. Die Entführung aus dem Serail. Singspiel en tres actos. Libreto de Johann Gottlieb Stephanie el joven basado en Belmonte und Konstanze oder Die Entführung aus dem Serail de Christoph Friedrich Bretzner. Música de Wolfgang Amadeus Mozart (estreno: Viena, Burgtheater, 16 de julio de 1782). Producción del Theatre de la Monnaie de Bruselas y de la Oper Frankfurt. Christof Loy, dirección de escena. Herbert Murauer, escenografía y vestuario. Olaf Winter, iluminación. Elenco: Christoph Quest (El bajá Selim), Diana Damrau (Konstanze), Christoph Strehl (Belmonte), Franz-Josef Selig (Osmin), Olga Peretyatko (Blonde) y Norbert Ernst (Pedrillo). Orquestra Simfònica i Cor del Gran Teatre del Liceu. José Luis Basso, director del coro. Ivor Bolton, dirección musical. Aforo: 2292; ocupación: 96%
Asistir a una de las últimas funciones de una producción suele permitir una mayor visión de conjunto al contemplar un espectáculo rodado y poder corroborar (o no) las impresiones personales con las críticas publicadas. Y es que la producción de Christof Loy del Die Entführung aus dem Serail mozartiano, que nació de sus primeros pasos como director de escena en Friburgo allá por 1992, que es bien conocida desde hace más de diez años en Bruselas y Francfort (donde se ha repuesto en varias ocasiones) o que incluso está disponible en DVD desde 2005, produjo al parecer en el Liceu una encendida e incomprensible polémica.

Los argumentos en contra de una producción como esta no pueden centrarse, como hasta ahora, en que el régisseur de turno traiciona al compositor o en que lo indicado en el libreto no se corresponde con aquello que ve el espectador sobre el escenario. Y es que Loy se toma el libreto de este Singspiel y la música de Mozart mucho más en serio que otros colegas aportando no sólo una interesante psicología de los personajes o una interpretación mucho más profunda de la trama, algo habitual en este director de escena que esta temporada dirigió una controvertida Lulu en el Teatro Real, sino también un ritmo dramático ciertamente asombroso con el que gana mucho este título menos habitual de lo deseable en los teatros de ópera actuales.

Quizá uno de los aspectos de esta producción que menos gustó al público fue la extensión de las partes dialogadas, aunque debe aclararse que Loy no incluye todo el texto de la adaptación de Gottlieb Stephanie el joven y que practica varios cortes que afectan a alguna escena completa. Ciertamente se maneja un volumen de texto dialogado bastante inusual en la mayor parte de las producciones de esta ópera, lo que eleva su duración habitual hasta unas cuatro horas. No obstante, la ópera gana mucho teatralmente con ello y no sólo descubrimos la tremenda cohesión que tienen los diálogos y los números musicales sino que la propia trama del Singspiel resulta mucho más accesible e interesante. Ahora bien, no todo funciona con igual resultado y si el primer acto adoleció de cierto equilibrio y regularidad, el segundo acto (¡85 minutos!) y la mayor parte del tercero resultaron admirablemente fluidos; en ellos sobresalió mucho más el trabajo teatral que desarrolla Loy con todos los cantantes encabezados por el actor berlinés Christoph Quest.



© 2010 by Antoni Bofill. Gran Teatre de Liceu

La insistente austeridad escénica que suele practicar Loy en sus producciones funcionó mejor aquí que en la referida Lulu del Teatro Real, aunque se mantuvo un mismo denominador común que concentra el peso dramático en la imagen y gestualidad de los cantantes; precisamente, esa obsesión por la imagen fue la que le llevó a vetar en 2004 a la soprano Deborah Voigt por su peso para su producción de Ariadne auf Naxos en el Covent Garden. No obstante, las exigencias escénicas aportan mucho en este título y sirven para subrayar una línea argumental basada más en los conflictos amorosos en torno a las dos féminas y sus pretendientes (es decir, en el doble triángulo amoroso Konstanze-Selim-Belmonte y Blonde-Osmin-Pedrillo) que en la confrontación entre Oriente y Occidente ridiculizada en tantas producciones. En cierto sentido, Loy pone en escena su propia visión de la famosa Alianza de civilizaciones y no sólo neutraliza los extremos de los personajes (algo muy llamativo en el caso de Osmin) sino que subraya el esperanzador mensaje final de la ópera con un vaudeville final marcado más por la melancolía que por la celebración y donde todos (hasta los Jenízaros del coro) comparten un mismo atuendo blanco y negro.



© 2010 by Antoni Bofill. Gran Teatre de Liceu

Desde luego, una baza fundamental para asegurar la coherencia entre rigor y actualidad del espectáculo diseñado por Loy fue la presencia en el foso del director inglés Ivor Bolton. El entendimiento entre director escénico y musical se reveló en esta producción como algo fundamental, pues Bolton consiguió que la intensidad de la música no decayera en ningún momento, a pesar de las largas pausas dialogadas; no por casualidad, ambos estrenaron esta misma producción en Bruselas y colaboran asiduamente (su próxima producción conjunta será este verano en el Festival de Aix-en-Provence con Alceste de Gluck). Orquestalmente asistimos al mejor Mozart que se ha escuchado en el Liceu en muchos años, donde esa mezcla que propugna Bolton entre preciosismo historicista y modernidad sonora transformó a la orquesta del teatro, logrando una versión de la ópera que irradió viveza y encanto en cada uno de sus números; por cierto que es de agradecer que un director musical explique su planteamiento de la obra en el programa de mano, algo que tan sólo parece conveniente hoy para el director de escena.



© 2010 by Antoni Bofill. Gran Teatre de Liceu

Vocalmente hubo dos protagonistas indiscutibles en esta producción: Diana Damrau como Konstanze y Franz-Josef Selig como Osmin. La soprano bávara bordó sus tres dificilísimas arias, ayudada por una efectiva dramatización, demostrando un dominio espectacular de los registros extremos, una imponente perfección en las coloraturas o un impresionante control en la dinámica; su interpretación de la temible ‘Martern aller Arten’ fue espectacular. El bajo alemán realizó un Osmin de una solidez dramática y musical poco habitual, combinando la oscuridad vocal necesaria con una sorprendente ductilidad para afrontar con seguridad muchos pasajes rápidos o registros extremos; su versión del aria ‘Ha! wie will ich triumphiren’ fue sensacional.



© 2010 by Antoni Bofill. Gran Teatre de Liceu

La rusa Olga Peretyatko fue una más que convincente Blonde, tal como demostró en su primera aria ‘Durch Zärtlichkeit und Schmeichen’, y, al igual el Pedrillo de Norbert Ernst, supo combinar una buena actuación vocal con un excelente trabajo escénico. Finalmente, el tenor Christoph Strehl fue un buen Belmonte, entregado y de voz bella, aunque su actuación fue de más a menos y acusó leves problemas en el registro agudo o en las vocalizaciones. Las dos intervenciones del coro, cuya disposición en palcos laterales fue una novedad y un acierto, resultaron bien y la actuación de Christoph Quest como el bajá Selim mostró lo que puede aportar una buena actuación dramática en esta ópera si se hace en perfecta consonancia con los cantantes. Y quien dijo que el Singspiel no es teatro de primera se equivoca; esta producción demuestra que Die Entführung aus dem Serail puede convertirse en un espectáculo dramático-musical muy serio e interesante.

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