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Concierto de clausura del 36º Jazzaldia

Willem de Waal

viernes, 10 de agosto de 2001
San Sebastián, domingo, 29 de julio de 2001. Trinitate Enparantza-Plaza de la Trinidad. Programa principal: Bobby McFerrin, voz; Richard Bona, guitarras eléctricas de 6 y de 4 cuerdas y voz; Omar Hakim, batería y voz; Gil Goldstein, accordeón. Obras: improvisaciones sobre temas propios, una canción tradicional de Camerún y un modelo de preludio barroco. Anteprograma: Alexis Hightower, voz; Danny Osorio, guitarra acústica y voz; Melanie Swift, violín y voz; George Farmer, contrabajo; Ramsey Jones, batería y voz; artista invitado: Marc Ledford, trompeta Bach. Obras: canciones de Hightower, Hightower & Osorio y Osorio, y un standard de Donaldson & Kahn. 36º Donostiako Jazzaldia. Aforo: 2600 localidades. Ocupación: completa.
Con el concierto de McFerrin, que apareció por primera vez en los escenarios del Donostiako Jazzaldia, se clausuró una serie de actuaciones distinguida por su espíritu ecuménico. El mismo espiritu se pudo detectar también en la actuación del propio McFerrin. El acogedor espacio al aire libre de la Plaza de la Trinidad —encajada entre la ladera empinada del Monte Urgull, dos construcciones eclesiásticas seculares y casas de gran antigüedad— y el tiempo clemente hicieron que un público de unos 2600 personas se sintiera visiblemente cómodo; para muchos de los asistentes, el profuso flujo de cerveza suministrado por el patrocinador holandés aumentó aún más el gozo.Los conciertos de McFerrin son famosos desde hace casi 20 años por su particular manera de crear un espacio sonoro muy individual, aunque por eso no menos acesible a los oyentes. La amplia gama de técnicas vocales que emplea en varios registros, el inteligente uso de la voz y del tórax como instrumentos de percusión y —aspecto que se menciona mucho menos, pero que es imprescindible para muchos de sus sorprendentes efectos sonoros— la estrecha interacción que mantiene con el técnico de sonido que controla los live electronics son las marcas de distinción de McFerrin. Las lució también en esta ocasión. Con todo, como demostró con éxito el batería Omar Hakim, son imitables.Otra cualidad de McFerrin, ya mucho menos imitable, es el contacto fácil y agradable que logra establecer con su público, y, por lo visto, también con sus colegas en escena. Un solo gesto con el micrófono fue suficiente para que muchos de los asistentes imitaran todos juntos y de modo altamente acertado las señales vocales del cantante. Dando una vuelta fuera del escenario, McFerrin logró hacer cantar a varias personas del público individualmente y, además, supo también en qué momento retirarles el protagonismo. En escena, la interacción entre el bajista y cantante Richard Bona y Bobby McFerrin fue particularmente rica, y entre el batería y cantante Omar Hakim se desarrollaron varios momentos cargados de una intensidad relajada. El teclista Gil Goldstein, quien tocó el acordeón a lo largo de todo el concierto, quedó quizá un poco más al margen por su distintivo lenguaje armónico y por no intervenir vocalmente. Pero, con todo, queda siempre claro que es McFerrin quien dirige en cada momento al conjunto, no con mano de hierro, sino con voz de terciopelo, lo que nunca deja lugar a crispaciones y mantiene viva su ameno ambiente.Como es habitual en él, durante casi toda su actuación, McFerrin prescindió del recurso más habitual en la música vocal; a saber, la letra. Incluso en los pocos momentos en que se pudieron escuchar unas palabras, el contenido fue adaptado a la situación puntual, ya que hacía referencia a San Sebastián y a los días anteriores que el cantante había pasado en esta ciudad. Richard Bona cantó una hermosa canción acompañándose a sí mismo en la guitarra baja de seis cuerdas, cuyo texto, es de suponer, era en una de las lenguas que se usan en Camerún. Pero la improvisación que se desarrolló sobre este tema, como las demás durante el concierto, consistió en sonidos vocales no organizados según pautas lingüísticas. Aunque no se puede decir que por eso carecieran de sentido: tenían sentido musical.McFerrin mostró ser cartógrafo de esa tierra de nadie que existe entre la música vocal y la instrumental. Por una parte, con la canción camerunesa de Bona se encontró más cerca de la frontera con la música vocal. Por otra, en otros momentos se acercó a las fronteras con la música instrumental: con la "batalla de baterías" junto a Hakim a las fronteras de la música de percusión, y a la música de tecla con su segundo bis, una serie de arpegios para voz sola a la manera del famoso primer preludio del Wohltemperierte Clavier de Bach. Quizá esta metáfora geográfica no sea la más acertada, y haya que cambiarla por otra geológica. Se podría sostener, entonces, que McFerrin trae a la superficie capas musicales profundas que se encuentran debajo de la música tanto vocal como instrumental y que constituyen un fondo común de ambas.Con asistir sólo al concierto es difícil saber qué elementos de la actuación fueron improvisaciones ad hoc, qué elementos fueron momentos creados y fijados durante las preparaciones, y qué elementos estuvieron enteramente premeditados y compuestos de antemano, a pesar de que los temas propios y el material preexistente se dejen intuir con más facilidad, y de que las referencias estilísticas ayuden a estructurar la experiencia auditiva. Sin embargo, a lo largo de la actuación de McFerrin, Bona, Hakim y Goldstein estuvo claro que disponen de tantos recursos que se la puede llamar "composición en directo", una cualidad del concierto que el público honoró con una atención concentrada.En este rasgo la segunda parte del concierto se distinguió profundamente de la primera. Hightower, Osorio, Swift, Farmer y Jones habían presentado siete piezas concienzudamente ensayadas, y sus escasos momentos de improvisación no solicitaron reacciones de entusiasmo profuso del público. Además, las referencias estilísticas aparecieron aquí como trastos móviles en piezas de escasa profundidad. Afortunadamente, las actuaciones del artista invitado salvaron la situación.Alexis Hightower, muy presente durante este festival, ciertamente dispone de una voz poderosa con muchos recursos, pero estas cualidades no fueron bastante fuertes para remediar los fallos de esta actuación. Desgraciadamente, el equilibrio que ciertamente existía entre los músicos se perdió por la mala gestión del técnico de sonido, que incluso omitió dar micrófono al principio de uno de los solos de la violinista, tardando mucho tiempo en remediar el fallo. No se podía dejar de notar que la afinación entre los instrumentos tampoco era la más feliz, y que esto, en un primer momento, influyó negativamente a la cantante.Las siete piezas, composiciones todas de Hightower y Osorio salvo el standard de Donaldson y Kahn My Baby Just Cares For Me, ocuparon unos tres cuartos de hora, y fueron excesivamente largas y repetitivas, con letras de una cualidad poética demasiado baja (lo que, por otra parte, no debería necesariamente conducir a una valoración negativa de sus contenidos). Los elementos estilísticos "prestados" fueron utilizados a menudo de manera aplastante y sin crear contrastes con otros elementos suficientemente "propios". Además, los préstamos son interesantes sólo si tienen interés añadido, y de ninguna manera deberían mermarse; por tanto, la realización de Osorio de los pasajes de rap disminuía el capital musical, y de eso el público se dio cuenta. La colaboración de Marc Ledford en las dos últimas piezas fue salvadora: con sus improvisaciones en una sonoridad intrigante —utilizó la trompeta Bach con sordina y en sus registros más graves— y de elegante fraseo melódico, tapó las insuficiencias compositivas de Tirándote flores, una composición de Osorio. Sus intervenciones en el standard fueron también saludables y fueron la razón principal por la que el público despidió a Alexis Hightower con el mismo aplauso caluroso con que la habían recibido al principio de su actuación. La buena disposición de los asistentes evitó fuertes señales de desaprobación. Lástima que en esta ocasión la combinación de estos buenos músicos no cuajó.Este concierto de clausura fue memorable por su ambiente apacible y relajada. Los conjuntos de composición casi camerística —cantantes solistas y unos pocos instrumentistas que actuaron también con la voz— encajaban a perfección con el agradable espacio del recinto, y los asistentes supieron apreciar tales cualidades positivas.

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