España - Murcia

Buen final para un buen comienzo

Redacción

martes, 8 de junio de 2010
Murcia, domingo, 9 de mayo de 2010. Auditorio y Centro de Congresos ‘Víctor Villegas’. Wolfgang Amadeus Mozart, Die Zauberflöte, KV. 620. Estreno: Viena, Theater auf der Wieden, 30 de septiembre de 1791. Libreto de Emanuel Schikaneder. Coproducción del Gran Teatro del Liceo, el Festival Mozart de La Coruña y el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Dirección escénica: Joan Font (Comediants). Escenografía y vestuario: Joan Guillén. Intérpretes: Rocío Ignacio (Pamina), José Herrero (Tamino), Manel Esteve (Papageno), María José Moreno (Reina de la Noche), Stefano Palatchi (Sarastro), Inmaculada Almeda, Consuelo Garres y Luisa Maesso (Damas), Gloria Sánchez (Papagena), Emilio Sánchez (Monostatos). Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana (dir. Jordi Casas) y Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia. Dirección musical: Manuel Hernández Silva
El Auditorio ‘Víctor Villegas’ ha cerrado con una notable representación de La Flauta Mágica su primera temporada de ópera. El ciclo, que ofreció anteriormente Tosca (en diciembre), Carmen (enero) y Don Pasquale (febrero), viene a llenar el único hueco importante que aún presentaba la programación de la sala e introduce a la ciudad de Murcia en el reducido club de capitales españolas con programación lírica estable. Esto es, al menos, lo que deseamos y parece que el público, que agotó con varios meses de antelación las localidades para los cuatro títulos, está por la labor de que así sea.

Han pasado ya diez años desde que la factoría Comediants alumbrase esta producción de La Flauta Mágica para el Gran Teatro del Liceo y la verdad es que envejece bien. No es una 'gran producción', al modo en que se entiende esto habitualmente, pero sí un planteamiento visual que no ha perdido frescura pese a algún que otro déjà vu, que hace del colorismo naïf uno de sus principales atractivos y que, sobre todo, no pretende arrogarse por la vía de la escena la propiedad de la obra: Joan Font juega con conceptos plásticos actuales, pero su discurso se atiene a los cánones de la tradición.

Dicho esto, no es posible ignorar un par de inconvenientes que el tiempo ha dejado sin resolver y que comprometen la realización musical en momentos muy expuestos. Nada que objetar a esa especie de huevo de Fabergé que contiene a la Reina de la Noche en el primer acto, pero no acabo de ver la necesidad de que cante su aria sin salir de él, encaramada a una mínima peana que anima visualmente a estar más pendiente de su estabilidad física que de lo que canta; por no hablar de que el obligado hieratismo de su posición hurta a la intérprete un mínimo movimiento escénico y la parca gestualidad que requiere ‘O zittre nicht…’. Peor aún lo tiene Monostatos, al que se hace escalar una red vertical caída del cielo antes de acometer ‘Alles fühlt der Liebe Freuden’, lo que le obliga a cantar suspendido literalmente a dos metros sobre el suelo. Entre manos que se aferran, pies que no acaban de encontrar apoyo firme y un esfuerzo para mantener el equilibrio que tuvo en vilo al respetable, Emilio Sánchez resolvió estupendamente el aria y, mejor aún, salió del trance ‘circense’ sin que hubiese que lamentar desgracias personales. Chapeau por él tanto en lo vocal como en sus prestaciones físicas, pero ¿alguien podría explicarme qué aporta a esta historia contemplar el sueño de Pamina colgado de una incómoda e inestable red? En fin…

Por lo demás, la dirección escénica de Font fue correcta, sin mayor entusiasmo, con una innecesaria tendencia a limitar las evoluciones de los personajes a las dos primeras calles del escenario.

En la parte musical hubo un poco de todo, con un elenco que, a excepción de Stefano Palatchi, era íntegramente español. Entre lo mejor, sin duda, Rocío Ignacio, José Ferrero y Manel Esteve, estupendos tanto en prestaciones vocales como en el aspecto dramático. Conseguir una Pamina convincente, combinando en su justa medida debilidad y firmeza, no es algo que cualquiera pueda lograr tan fácilmente y Rocío Ignacio dio la talla en voz, gestualidad y movimiento escénico. Ferrero, por su parte, fue a más a lo largo de toda la representación y demostró que se encuentra en un momento vocal ciertamente feliz. En cuanto a Esteve, muy bien en su papel, quizá pudiera reprochársele algún exceso de comicidad rústica, pero qué quieren que les diga, ¿acaso Papageno no es de suyo un encantador exceso?

Stefano Palatchi, que no tuvo su mejor noche, cumplió razonablemente con Sarastro, y lo mismo cabe decir de Inmaculada Almela, Consuelo Garres y Luisa Maesso como las Tres Damas. Bastante mejor anduvieron Emilio Sánchez, pese a la ya comentada exigencia ‘circense’, y Gloria Sánchez (Papagena). Lo menos convincente llegó de la mano de María José Moreno. Sencillamente, no creo que la Reina de la Noche sea un papel para ella, al menos a día de hoy. El problema de este rol no reside únicamente en sus endemoniadas coloraturas o en esos dichosos fa que tan fácilmente encandilan al público y tanto pueden hacer sufrir, sino en su carácter. La Reina de la Noche no admite un abordaje con las capacidades justas ni en lo vocal ni en lo escénico, pues si en lo primero no basta con ‘llegar’, en lo segundo es necesario algo más que ‘estar’. Voz y acción dramática deben persuadir de la aflicción de ‘O zittre nicht…’ y de que ‘Der Hölle Rache…’ es, radicalmente, un brutal estallido de cólera. En este caso, por desgracia, ni afligida ternura ni ira desatada: sólo inseguridad y frío, con el añadido de que Font no estuvo precisamente fino en el tratamiento teatral de la situación.

He dejado para el final la dirección musical, pero no por considerarla en menos, sino todo lo contrario. Hernández Silva no es un director cómodo para quien espera escuchar ‘lo de siempre’, esto es verdad, y por eso suscita la discusión en ocasiones; pero hay ciertas virtudes que nadie puede negarle: su conocimiento profundo de las obras que dirige, su respeto a lo que la partitura ‘significa’, no sólo a lo que ‘dice’, y la solidez y coherencia con las que fundamenta sus versiones. Si, además, hablamos de Mozart, lo anterior se aliña con un entusiasmo casi juvenil que tanto vale para insuflar energía a masas sonoras grávidas como para tejer con la mayor delicadeza un encaje sutil, transparente, de planos, articulaciones y timbres. Definitivamente, lo de Hernández Silva y Mozart tiene toda la pinta de una historia de amor, como ha quedado una vez más en evidencia con esta Flauta… Del maestro me gustaron su frescura, la fluidez elegante de su discurso ya desde los cinco acordes iniciales, su capacidad para jugar con la articulación y los tipos de ataque, sus tempi, que pasan de lo ágil a lo solemne, y viceversa, sin perder un ápice de nitidez ni de carácter… En suma, una lectura de primer nivel ante la que se vino arriba la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia y que nos hizo salir de la sala con un delicioso cosquilleo de satisfacción Así, por muchos años.

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