Reino Unido

Raíces sincopadas

Samuel Llano

lunes, 21 de junio de 2010
Birmingham, miércoles, 2 de junio de 2010. Birmingham Town Hall. Roberto Fonseca: piano/teclados. Joel Hierrezuelo: percusión. Javier Zalba: clarinete, flauta, y saxofón. Ramsés Rodriguez: batería. Omar Gonzáles: contrabajo. Asistencia: 80% del aforo
Como todo híbrido musical, el Latin Jazz es un género con múltiples posibilidades de significación. Gracias a su capacidad para aunar estilos y ritmos procedentes de distintos ámbitos culturales y sociales, el Latin Jazz es un lugar privilegiado para el encuentro y la negociación de identidades nacionales, locales, étnicas, de género, etc. Una prueba de esta capacidad la constituye el fenómeno del jazz cubano, estilo en el que la fusión de elementos caribeños y norteamericanos burla toda estrategia de proteccionismo cultural.

En el reverso de esta paradoja, la diáspora cubana establecida en Estados Unidos ha elegido, en ocasiones, un lenguaje más arraigado. Por ejemplo, el álbum Mi Tierra de Gloria Estéfan (Epic Records / Sony Music, 1993) representa un ensayo de raigambre exacerbado, por cuanto ofrece una visión musical y gráfica -véase la portada- esencialista de la cultura cubana, una formulación anacrónica, conservadora y pretendidamente abstraída al paso del tiempo, con la que representar una Cuba supuestamente anegada por la Revolución.

Desde una postura poco o nada turbada por inquietudes acerca de la autenticidad o pureza de la música, Roberto Fonseca no dudó en ofrecer vislumbres de lo que, a su juicio, y con toda legitimidad, constituyen las raíces musicales de Cuba y Latinoamérica, y su legado presente. Abrió el recital con una grabación de un canto cubano ‘tradicional’ -no logré identificarlo-, cerró la velada con un homenaje a su antiguo y difunto compañero de Buenavista Social Club, Ibrahim Ferrer -desde mi punto de vista, la cumbre del concierto- y presentó una versión notablemente estilizada del popular brasileño Durme negrinho, mayoritariamente conocido a través de los cover de Caetano Veloso y Gil Costa.

Que el marco o envoltorio de esas raíces sea un híbrido musical, a saber, el Latin Jazz, no resta ni añade valor a su proyecto de indagación cultural, aunque pone oportunamente sobre la mesa los interrogantes y las paradojas derivadas de todo intento de formular una identidad nacional en un mundo progresivamente, pero nunca totalmente, globalizado. Preguntas como ‘¿dónde reside la raíz de la raíz?’ o ‘¿qué imagen de Cuba percibe el público mixto -ingleses y afrocubanos- a través de un híbrido musical?’ o ‘¿es realmente posible separar nítidamente entre elementos cubanos y no cubanos en la música de Fonseca?’ se sincopaban en mi cabeza durante el recital.

Naturalmente, para un músico cubano que aterriza en un escenario no tan frecuentado como es el de Birmingham y que, por tanto, ha pisado muchos otros locales, estos interrogantes forman parte, más o menos consciente, de su quehacer diario. Cada concierto ofrece a Fonseca la oportunidad de buscar y, tal vez, encontrar nuevas preguntas y respuestas. Mi impresión es que Fonseca y sus músicos desembarcaron en Birmingham como quien descansa en el camino hacia un destino más deseado.

El espectáculo resultó relativamente corto -noventa minutos, quizás por restricción del Town Hall- y, en ocasiones, los músicos parecieron reservar sus fuerzas para futuros encuentros con el público. El mismo formato del concierto me pareció extrañamente sofocante para los músicos: en lugar de crear rondas completas de solos entre los cinco integrantes de la banda, cada tema estaba elegido y diseñado para lucir el innegable virtuosismo de un sólo músico, hasta el punto de que el baterista Ramsés Rodríguez eligió un rock como motivo de improvisación, disonando así con el resto del concierto. Bajo este formato, el diálogo entre músicos -por imitación, respuesta, antítesis, etc.-, que constituye una de las señas de identidad del jazz, se vio notablemente impedido. A efectos de marketing de la banda, el resultado fue efectivo, pero redujo la capacidad comunicativa de los músicos y, desde mi modo de ver, el disfrute del concierto.

Pese a estas objeciones, el nombre de Fonseca debe ser añadido junto con Michel Camilo y Eliane Elías entre los grandes pianistas del Latin Jazz. Su vertiginoso virtuosismo no satura porque sabe construir orgánicamente solos de gran envergadura, y porque su bagaje musical incorpora y alterna un rango amplio de estilos armónicos que media entre la fusión y el impresionismo francés, que reserva para los momentos de mayor énfasis trascendental. La batería de Rodríguez y la percusión de Hierrezuelo sobresalieron por su versatilidad y su oportuno sentido de la colaboración en la construcción de clímax sonoros.

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