Costa Rica

Antigüedad perdurable

Andrés Sáenz
lunes, 19 de julio de 2010
San José de Costa Rica, martes, 8 de junio de 2010. Foyer del Teatro Nacional. Recital a dos clavecines: Hedi Salanki-Rubardt y María Clara Vargas. Obras de Gaspard Le Roux, François Couperin, Armand-Louis Couperin, Johann Ludwig Krebs, Johann Sebastian Bach, y Johann Mattheson. Segundo concierto del IV Festival Internacional de Música Antigua
0,0001645 Obras de compositores de la gran tradición barroca francesa y de la incomparable escuela barroca alemana formaron el repertorio del recital de las clavecinistas Hedi Salanki-Rubardt y María Clara Vargas Cullell.

Celebrado el martes 8 de junio en el hermoso y elegante marco del foyer del Teatro Nacional, que posee una excelente acústica, idónea para conciertos de música de cámara, el segundo de los conciertos del IV Festival Internacional de Música Antigua reunió una asistencia numerosa y apreciativa.

La señora Vargas es pionera en Costa Rica en el arte de interpretar la música antigua en el clavecín. La señora Salanki-Rubardt, originaria de Hungría, se radicó en los Estados Unidos y es catedrática en la Universidad de West Florida, además de cursar una activa carrera internacional de solista en el clavecín.

Los recitales a dos clavecines son raros en el país; de hecho, no recuerdo haber escuchado uno antes y, con una excepción, las obras del programa me eran desconocidas, aunque no los compositores.

Poco es sabido de Gaspard Le Roux (c. 1660-c. 1707), compositor y clavecinista francés activo a fines del siglo XVII e inicios del XVIII, pero sus Piezas para dos clavecines, que empezaron el recital, forman parte de una colección única de suites o series de danzas tradicionales, publicada en 1705 y reconocida como una de las cumbres del estilo francés, caracterizado por su elaborada exuberancia.

François Couperin (1668-1733), llamado el Grande, es el representante más importante de una ilustre familia de músicos franceses del barroco. Entre 1717 y 1730, Couperin publicó cuatro cuadernos de piezas individuales para clavecín o pequeños grupos instrumentales, agrupadas en series que el autor llamó órdenes en vez de suites.

La alemanda es una danza tradicional en compás 4/4 que forma parte de la suite barroca y, a continuación, las clavecinistas brindaron la Alemanda a dos clavecines (Noveno Orden), de François Couperin.

Aunque famoso en su tiempo como organista, de Armand-Louis Couperin (1727-1789) solo ha quedado una pieza para órgano. En vida del músico, la sencillez del estilo galante y la mesura del clasicismo temprano suplantaron la ornamentación excesiva del estilo barroco; sin embargo, las composiciones de Armand-Louis se mantuvieron dentro de gran tradición barroca francesa. La primera parte del recital terminó con su Segundo cuarteto a dos clavecines, publicado en 1773 (cuarteto se refiere en este caso a una pieza escrita a cuatro partes armónicas reales).

Descendiente de una familia de organistas y compositores originaria de Weimar, Johann Ludwig Krebs (1713-1780) fue discípulo de Johann Sebastian Bach (1685-1750), que lo tenía en alta estima. Publicado póstumamente, el Concierto en la menor para dos clavicémbalos de Johann Ludwig, que empezó la segunda parte, sigue el estilo concordante de voces contrapuestas típico de la escuela barroca alemana y que Johann Sebastian Bach llevó a su culminación (clavecín y clavicémbalo son términos intercambiables para referirse al mismo instrumento de tecla cuyas cuerdas son punteadas mediante un mecanismo accionado por el teclado, y no golpeadas como en el piano).

El recital terminó con el Concierto en do mayor a dos clavicémbalos, BWV 1061, de Johann Sebastian, que data de alrededor de 1730, y es el único de sus siete conciertos para clave que no es transcripción de una obra para algún otro instrumento. (Por supuesto, en ambos conciertos se interpretaron las partes solistas sin el conjunto de cuerdas acompañante).

Entre uno y otro concierto, se oyó la Sonata a dos clavicémbalos, del compositor y teórico musical Johann Mattheson (1681-1764), autor de un célebre tratado sobre la relación entre la retórica clásica y la música (en la época barroca, se designaba sonata una pieza de varias partes escrita para “sonar” y no para cantar, como la “cantata”).

Oí la obra de Mattheson más próxima al estilo francés que al alemán, bien que probablemente se trata de una ilusión auditiva de mi parte.

A lo largo del recital, María Clara Vargas y Hedi Salanki-Rubardt forjaron lecturas precisas en pulsación, puntuales en el uso de los registros y esmeradas en el empleo de la ornamentación, y las sonoridades de los clavicémbalos se complementaron de manera armónica.

El auditorio premió con calurosos aplausos el desempeño de las clavecinistas, quienes respondieron con la repetición del último movimiento de la obra de Bach.
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