Memoria viva

Compositor, pianista, performer: 75º Aniversario de David Tudor

Ismael G. Cabral
viernes, 24 de agosto de 2001
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0,0002557 Que el cincuentenario del fallecimiento de Arnold Schönberg vaya a pasar de puntillas por las habitualmente rancias programaciones de los teatros españoles es una realidad que no cuesta demasiado vaticinar. Qué al 75º aniversario del nacimiento de Morton Feldman y David Tudor se le haya hecho caso omiso (con la honrosa excepción del ciclo contemporáneo de ProMúsica en el caso de Feldman), es comprensible y tristemente lógico habida cuenta de la militancia vanguardista de estas dos, enormes e inabarcables figuras de la nueva música. En esta pequeña serie de dos artículos que dedicaremos a cada uno de ellos, queremos, al menos, subsanar el error periodístico, realizando una semblanza de cada uno de estos dos músicos, que sirva modestamente para recordar su grandeza ante quienes tengan la suerte de disfrutarlos, y para abrir los oídos a quienes oigan por primera vez su nombres. David Tudor nació en 1926 en Filadelfia. Su aprendizaje musical estuvo ligado en un principio a William Hawke (órgano), Irma Wolpe Rademacher (piano) y Stephan Wolpe (composición). Sin embargo, pronto se desligaría del lastre académico que pesa sobre la música de su maestro de composición, y dedicaría todos sus esfuerzos en convertirse en un pianista exclusivamente consagrado a la nueva música. Tudor falleció en 1996. Durante su período en el mítico Black Mountain College como concertista y solista en residencia y profesor en los Internationale Ferienkurse für Neue Musik Darmstadt, pasaron por su manos partituras - muchas de ellas estrenos - de Pierre Boulez (dando a conocer su fabulosa Segunda Sonata para piano), Karlheinz Stockhausen, Earle Brown, Christian Wolff, Morton Feldman, Silvano Busssoti, John Cage, etc... La mayoría de sus grabaciones como pianista, que demuestran una técnica portentosa, son inencontrables, aunque todavía subsisten algunas joyas como la integral de la Música de cambios de Cage en el sello Hat Art. La amistad de Tudor con Cage promovió que aquel estrenase y participase en la interpretación de numerosas obras del compositor de las Europeras. Tanto en su faceta de pianista como en la de encargado de los dispositivos electroacústicos que precisan muchas de las obras de Cage. Y precisamente fue Tudor quién estrenase la famosísima composición 4' 33" el viernes 29 de agosto de 1952, en Woodstock, Nueva York, produciéndose aquel día uno de los más sonados escándalos que ha deparado la vanguardia de la segunda mitad del siglo XX. En aquel concierto, Tudor tras ejecutar For Prepared Piano de Christian Wolff, interpretó por primera vez la breve 4' 33" de Cage. Tudor dispuso la partitura sobre el piano, y la abrió por su primera página. Después de 30", hizo un gesto con la mano indicando que había finalizado el primer tiempo. Pero no había sonado nada, o al menos nada que proviniera del piano. Tras volver la página de la partitura, transcurrieron 2' 23" de nuevo en silencio. Segunda indicación por parte de Tudor de final del segundo tiempo. A continuación el tercer movimiento conclusivo que se desplegó a través de 1' 40", nuevamente en silencio. El propio Cage relata como recibió el público su nueva composición: "La gente comenzó a hablar en susurros entre ella, y hubo algunos que se levantaron y se marcharon. Nadie se rió, estaban tan enfadados que nadie se dio cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo. No lo olvidarán en treinta años, todavía están enfadados". Y es que lo que en realidad estaba sucediendo es que aquel público con su enfado no disimulado estaba poniendo su particular música al silencio que imponía la partitura que 'leía' Tudor desde el piano. Era el inicio, o al menos, un ejemplo primitivo del emergente arte conceptual que empezaba a abarrotar galerías de arte y salas de concierto. Sin embargo 1952 era todavía una fecha demasiado temprana para asimilar la proposición de Cage, 4' 33" había llevado la vanguardia demasiado lejos. De aquella mítica tarde, que muchos soñaríamos haber presenciado, participó David Tudor, elemento indisociable de la siempre mencionada 4' 33". De todo ello se puede intuirse fácilmente que para Tudor su encuentro con Cage en los años 50 tuvo mucho de revelación. De su amistad con aquel surgió en Tudor un inusitado interés por la música electrónica. Relegó a un segundo plano su trabajo como pianista y se dedicó al estudio de los medios electroacústicos, diseñando una ingente cantidad de nuevos aparatos que serían de vital importancia para el desarrollo de esta música. Así lo atestigua por ejemplo la importancia que cobraron los amplificadores y los ecualizadores. Sus elaboraciones de circuitos electrónicos pronto se convertirían en referente para todos los músicos interesados en estos medios, y en torno a él se llegó a crear una cierta aureola misteriosa por la impresionante complejidad, rara vez explicada, que entrañaban sus manipulaciones electrónicas. Sus conferencias y cursos sobre música electrónica en universidades de Estados Unidos le acabaron por consagrar como uno de los pioneros de esta música, manifestando el propio Tudor en muchas ocasiones, que sólo le interesaba la expresión musical a través de estos medios. A partir de su colaboración en el Project of Music for Electronic Tape emprendido por John Cage y con la Merce Cunningham Dance Company, Tudor inició la etapa más fructífera de su carrera. Así, Rainforest (1968) --lindante esta con lo hoy llamaríamos 'instalación sonora'--, Toneburst (1974) o Forest Speech (1976) fueron tres de los muchos trabajos electrónicos de síntesis que Cunningham escogió para elaborar sus prestigiosas coreografías. Esto ayudo en cierta medida a 'popularizar' el nombre de Tudor, quién pudo acometer trabajos cada vez más ambiciosos. Visto hoy en día, el conjunto de piezas Neural Síntesis supone el referente de muchas otras composiciones que han intentado establecer un vínculo entre el material electroacústico y el organismo humano. Clocker de Alvin Lucier o Invisible Gold de David Rosenboom recogen más modernamente el testigo de las nueve piezas para sintetizador que integran Neural Síntesis. En ellas, Tudor explora procesos biológicos que luego asocia con diversos mecanismos de composición y que le sirven para elaborar un conjunto de piezas electrónicas de una expresión insobornablemente radical. Editado en un vinilo de los años 70 por el sello Cramps Records, y reeditado recientemente en compact disc por la misma discográfica, Microphone (1973) es, si cabe, más representativa que la ya mencionada Rainforest. Auténtica obra de arte, en su sentido más plástico, Tudor extingue, agota en Microphone cualquier discurso, orientación o semanticidad posible. No hay en esta pieza nada más allá de unos ruidos que proceden y regresan en un ir y venir extenso, también extenuante del y al silencio. Inquietante por la radicalidad de sus planteamientos y abrasiva y fascinante por la viveza que aún hoy conserva, los sonidos que escuchamos en Microphone nos irritan y nos atrapan con igual intensidad. Es una música para habitarla, y a la vez que nos habita, pues crea un poso en nuestra percepción que nos atrae irremisiblemente a revivir sus sonidos. Los elementos con los que está construida son treinta y siete micrófonos repartidos en una sala que reciben a tiempos variables de velocidad sonidos provenientes de un generador eléctrico, en una suerte de feedback donde el eco y la resonancia son protagonistas esenciales. La obra se dio a conocer en el Pabellón Pepsi de la Exposición Universal de 1970 en Osaka (Japón), si bien su escucha en disco hace considerable justicia a la experiencia que propone su autor. Someterse al vacío sonoro que propone Microphone es una de las más intensas experiencias que un oyente atento puede recrear. Créanme que la vivencia es irrepetible. Menos vital pero igualmente emocionante es la escucha en disco de la obra orquestal, John, David de Christian Wolff, estrenada en el Festival de Música Contemporánea de Donaueschingen de 1998. La maestría con la que el compositor , amigo de John Cage y David Tudor, integra los mundos sonoros de ambos, con su más recia y adusta personalidad musical, dan como resultado una de las composiciones más logradas de los últimos años. Si bien el tiempo ha transcurrido, y ya no se respira aquí la rica provocación de los miembros de la Black Mountain College. Wolff mira a su propio pasado con admiración, reflejando el compromiso, las dudas y la pasión por la experiencia sonora de él y de sus colegas, plasmando todo ello en ese intenso mural orquestal que es John, David. Algunas referencias discográficas Neural Synthesis 6-9. Lovely Music 1602 Three Works for Live Electronics: Pulsers, Untitled, Phonemes. Lovely Music 1601 Rainforest, an electroacustic environment. Mode Records 64 Microphone. Serie Nova Musicha. Cramps Records 116 Karlheinz Stockhausen: Kontakte. David Tudor, piano y percusión, Christoph Caskel, percusión. Wergo 6009 Christian Wolff: John, David. Robyn Schulkowsky, percusión. Christian Wolff, piano. SWR-Sinfonieorchester Baden-Baden und Freiburg. Jürg Wyttenbach, director. Col-Legno WWW 4CD 20050. Donaueschinger Musiktage 1998.
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