Obituario

Como un hombre sin más

Carlos Coppel

miércoles, 22 de septiembre de 2010
Muchos, sobre todo, los que ya tenemos unos cuantos años, hoy algo escépticos, no olvidaremos que siempre, y más allá del desencanto, “a la libertad hay que empujarla”, como decía José Antonio Labordeta (Zaragoza, 10 de marzo 1935-19 de septiembre 2010) en su memorable Canto a la libertad.

Prosiguiendo en esta inflexión evocadora, de su faceta de cantautor, aún podemos escuchar el son de su voz que nos invita a abrir y cerrar la calle, a ocuparla, a vivirla, a soñarla. Pero no sólo la calle sino nuestro paisaje y nuestro paisanaje. Dijo que “La época de un país en la mochila es la que recuerdo con más agrado”.



A pesar de su tránsito del límite de la vida, sigue entre nosotros “con la voz a cuestas” este profesor, este viajero, este poeta popular de espíritu independiente e insobornable, incapaz de renunciar a pensar por sí mismo hasta en su paso por la política activa, haciendo gala de su sentido del humor y su francota ironía ante la estupidez y la hipocresía. Más socarrón se muestra con aquellos que rentabilizaron su antifranquismo en su canción Aquellos rojos de antaño, rojos de “tresillo y de sillón”, o bien en su último libro de poemas Monegros, breves aguafuertes en el espacio y el tiempo coagulado de este paisaje desértico de Aragón y los hombres que lo habitan. Sus canciones reflejan su tierra, no sólo a través de sus aires musicales baturros, y su tonalidad vocal de jota aragonesa, sino en las más intimistas o en las más amplias que acceden a lo universal, preñadas todas ellas por su inquebrantable y melancólico interés social y existencial.

Antonio Labordeta cursó estudios de filosofía y letras, fue profesor de enseñanza media de geografía, historia y arte. De su magisterio, perdura la gratitud y la confianza que le tributan sus antiguos alumnos, entre los que se cuentan personalidades tan variopintas como Federico Jiménez Losantos, Joaquín Carbonell, Federico Trillo, o Manuel Pizarro.

Su faceta de escritor queda difuminada por su labor más popular como cantautor, diputado o guionista y presentador del impactante programa de Televisión Española Un país en la mochila (1993-2000, 29 capítulos), recorrido y viaje mochila al hombro por la España interior en el anverso más velado e ignoto de sus paisajes y gentes.



Influido por su hermano Miguel Labordeta -poeta insólito de la postguerra, algo surrealista- la poesía fue su pulsión primordial. Busca en la realidad social y la vivencia propia y subjetiva de la poesía de Cesar Vallejo, su voz personal. Pugnando con la irresistible influencia recibida por su hermano, al que dedica un ensayo filológico y de crítica literaria, como haría con Cesar Vallejo, la encuentra en Cantar y callar (escrito en 1967, pero publicado más tarde), y la consolida en Diario de un náufrago, poemario fechado a modo de diario. Cofunda en 1972 la revista cultural Andalán. Su obra narrativa reúne relatos cortos, novela, cuentos, libros de memorias y libros de viajes, de estos últimos cabe destacar Aragón en la mochila (1983), Un país en la mochila (1995, desarrollo ampliado de los guiones televisivos) y Con la mochila a cuestas (2001). También colaboró como columnista y articulista en varios periódicos y revistas.

De sus memorias quisiera rescatar Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados. Fue una nota discordante y respetada en el hemiciclo, la del ciudadano común. También fue uno de los pocos diputados de la democracia que tuvo un sentido del decoro y la integridad. Inquebrantable en su NO a la guerra y al trasvase del Ebro, espetó su famosa frase “a la mierda”, cuando los diputados del PP le increpaban y le impedían hacer uso de la palabra, por el tema de Irak. Después dijo, con su peculiar humor, que la pondría en el epitafio grabado sobre su lápida.



Hoy le han rememorado el Rey Juan Carlos: “gran patriota y hombre ejemplar, que era mi amigo”. El Presidente del Gobierno, José Luis Zapatero, con un artículo Jamás perdida. Luisa Fernanda Rudí, eurodiputada del PP, con otro Ciudadano Labordeta (El País), y otros muchos

Yo prefiero glosarle y recordarle “como un árbol batido, como un pájaro herido, como un hombre sin más. Recordarle como un verano ido, como un lobo cansino, como un hombre sin más” (de su canción Ya ves).

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