Reino Unido

Ampliando repertorio

Jorge Binaghi
miércoles, 20 de octubre de 2010
Londres, domingo, 3 de octubre de 2010. Royal Opera at Covent Garden. Niobe, Regina di Tebe (Munich, enero de 1688). Libreto de Luigi Orlandi y música de Agostino Steffani (edición Balthasar Neumann, EBN 26). Puesta en escena: Lukas Hemleb. Escenografía y luces: Raimund Bauer. Vestuario: Andrea Schmidt-Futterer. Coreografía: Thomas Stache. Intérpretes: Jacek Laszczkowski (Anfione), Véronique Gens (Niobe), Delphine Galou (Nerea), Tim Mead (Clearte), Lothar Odinius (Tiberino), Amanda Forsythe (Manto), Bruno Taddia (Tiresia), Alastair Miles (Poliferno), Iestyn Davies (Creonte). Neumann Ensemble. Director de orquesta: Thomas Hengelbrock
0,0001487 Anterior a Bach y Haendel, contemporáneo de Corelli, hoy Steffani es un compositor poco recordado, y menos como compositor (que lo fue y bastante fecundo) de óperas. Tal vez su actividad asimismo política (y, supongo, espiritual) haya algo tenido que ver, pero el caso es que desde que se exhumó esta obra en Schwetzingen en 2008 en coproducción con Lisboa, ha interesado no sólo a Luxemburgo (que coproduce este espectáculo), sino al mismísimo Covent Garden que la ha hecho entrar en el repertorio por la puerta grande con seis representaciones (esta era la última y, en apariencia, la más seguida por un público decididamente entusiasta).

Una partitura muy libre y variada que intenta de un modo u otro rehuir el corsé de las formas cerradas (que, por supuesto, son la base misma de la obra), muy interesante y ‘sorprendente’ (también en efectos escénicos; la historia de las Metamorfosis de Ovidio en que se basa se presta especialmente). Personalmente no sé si hay que gritar “milagro” como cuando reapareció La Calisto de Cavalli, pero sí que se trata de un redescubrimiento muy bienvenido.

Sobre todo porque parece aún haber algún director de teatro alemán con dos dedos de frente y un ego discreto, y el resultado de la producción de Hemleb fue magnífico, no ceñido a la época mítica ni a la ‘contemporánea’ del autor pero teniéndolas muy en cuenta, y con recursos para la aparición de cielos o mundos diversos (y su desaparición) dignas de la estupefacción barroca. Dentro de lo que los ‘tipos’ lo permitían, consiguió ‘humanizarlos’ bastante.

Pero nada hubiera sido posible sin la batuta ideal de Hengelbrock, que vuelve a demostrar su valía para un barroco tan filológico como vital e incluso arrebatador y arrebatado, sin estirar ni precipitar los tiempos, con un enorme conocimiento de la partitura y una capacidad de concertación formidable. El Neumann Ensemble no podía menos que responder de la forma extraordinaria en que lo hizo.

Lamentablemente, el peso vocal mayor recae en el personaje de Anfione, maltratado vocalmente por ese extraño caso de tenor/sopranista que es Laszczowski. Menos irritante que su Nerone en Paris, lo único que funciona en parte es el registro agudo (aunque el extremo es muchas veces un simple grito), pero cuando va a centro y grave o resulta inaudible o ‘desimposta’ la voz que adquiere un peso diverso (mayor) pero un color horrible (de paso, el italiano es más que mejorable). Un ‘falsetista’ como este tal vez se habría aceptado hace veinte años. Aquí mismo Tim Mead (Clearte) y sobre todo el extraordinario Iestyn Davies (el aria final de Creonte fue probablemente el momento más alto en lo vocal de toda la larga velada) demostraron que hoy se puede hacer mucho mejor aunque no tuvieron poses de divo barroco.

La protagonista, menos gratificada musicalmente, fue una Gens en estado de gracia, en el mejor papel que le he oído hasta el momento: su voz resultó especialmente adecuada a la altiva y coqueta reina, de clara articulación y fina musicalidad (además del ‘tour de force’ escénico que concluyó con su conversión en piedra durante un muy largo momento).

Galou fue la divertida y cínica confidente Nerea y lo hizo muy bien, con medios no sobresalientes pero siempre adecuados y bien utilizados, y una gran actuación escénica.

El par de amantes -la inserción de esta historia es, desde mi punto de vista, la más forzada dramáticamente aunque musicalmente es muy bella- finalmente felices, estuvo constituido por el buen tenor Lothar Odinius y la joven Forsythe, que ha mejorado claramente desde su Barbarina en el pasado julio en Le Nozze di Figaro.

Alastair Miles es un bajo que nunca me ha convencido mucho (ni como voz, ni como forma de cantar y actuar), pero esta vez fue el que más me ha parecido satisfactorio en su negativo personaje, con un punto de grotesco e ironía en la interpretación que hizo aumentar el interés de la parte.

Bruno Taddia, de voz siempre árida, al menos pareció más barítono que en otras ocasiones e interpretó muy bien al tremebundo y aquí poco simpático Tiresias.

Veremos ahora si la obra se mantiene y si aparecen otras del compositor animadas por este éxito.
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