España - Galicia

En los estertores del estilo

Paco Yáñez
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Vigo, viernes, 29 de octubre de 2010. Centro Cultural Caixanova. Marianne Piketty, violín. Grupo Instrumental Siglo XX. Florian Vlashi, director. Astor Piazzolla: Las cuatro estaciones porteñas. Richard Strauss: Sexteto de cuerda, de la ópera Capriccio. György Ligeti: Cuarteto de cuerda Nº1 ‘Métamorphoses nocturnes’. Ocupación 20%
0,0005272 Atractivo y variado programa el que presentaba el Grupo Instrumental Siglo XX dentro de la programación anual de la Sociedad Filarmónica de Vigo, en un concierto desarrollado en el Centro Cultural Caixanova -el que para casi todos sigue siendo Teatro García Barbón-, donde se reunió un escaso número de oyentes, mayoritariamente miembros de la Sociedad olívica.

Las obras que abordaría el conjunto dirigido por el albanés Florian Vlashi tienen en común el situarse en un territorio de límites con respecto al estilo. En el caso de Piazzolla, debido a la región fronteriza entre lo popular y lo culto que se destila en sus partituras, aspecto agudizado por el arreglo que hoy escucharíamos; en el caso de Strauss, por remitirnos a los estertores de un romanticismo que morirá en las últimas partituras del muniqués; y en el caso de Ligeti, por evocar, a través de su Primer cuarteto, toda una época que, en cierto modo, se consuma en la historia en sus primeros trabajos, notables deudores de la herencia bartokiana.

El compositor y bandoneonista Astor Piazzolla (Mar del Plata, 1921-Buenos Aires, 1992), alumno de esa mentora de notabilísimos músicos que fue Nadia Boulanger, se movió siempre en un territorio de límites entre diversos estilos, algo que lo situó en el disparadero de los puristas del tango y de lo clásico en no pocas ocasiones. Piazzolla forjó una carrera en la que los ecos del repertorio canónico se entremezclan con los rumores que fue aquilatando a lo largo de una vida caracterizada por la movilidad, su inquieta apertura y su capacidad sintética. Todo ello es audible en Las cuatro estaciones porteñas (1964-70), obra de cruce entre el universo bonaerense y la estela vivaldiana, que escuchamos esta noche en Vigo -puerto habitual de la emigración gallega hacia la metrópolis argentina en el siglo XX- en un arreglo para violín solista y ensemble de cuerdas a cargo de Leonid Desiatnikov.

No resulta sencillo adentrarse en un Piazzolla de sonoridad tan ‘clásica’, tan ‘europea’, tan ‘canónica’, cuando uno está acostumbrado al sabor de sus lecturas argentinas, a su formación original para bandoneón, violín, piano, guitarra eléctrica y contrabajo. La versión que hoy desgranó el GISXX dibuja un arco de cuerdas con violines a 4, violas y violonchelos a 2, contrabajo y violín solista, puesto que contó con una estupenda lectura de Marianne Piketty. Tampoco ayuda la seca acústica del teatro vigués, que por momentos hace imperceptibles pasajes tan sutiles como las fugas de glissandi del primer movimiento, el ‘Verano porteño’. Si el arranque por parte del ensemble de cuerdas resultó un tanto circunspecto, un poco frío, la entrada de Piketty puso la sal necesaria para revitalizar la interpretación del conjunto coruñés, con el que la solista mantuvo una buena complicidad, especialmente con el contrabajista Todd Williamson, que marcó la acentuación rítmica de forma muy notable, a pesar de que por momentos su instrumento se muestre un poco falto de sonido. Muy bello el final del ‘Verano porteño’, matizadamente calibrado hasta esa cita vivaldiana de Le quattro stagioni y el conclusivo glissandi ascendente en unísono. El trabajo con las citas de Vivaldi, en general, eludió lo muy explícito, jugó con sus pasajes más velados y tan sólo en momentos puntuales se expusieron de forma abierta y festiva, lo cual realzó su impacto.

Más convincente sonó el ‘Otoño porteño’, con una Marianne Piketty desenfadada y humorística en sus pasajes atacados con el arco entre el cordal y el puente de su violín, en una suerte de staccato salteado que, según me decía uno de los violinistas del GISXX, anota Desiatnikov en la partitura debe sonar como un güiro. A esas ‘muecas sonoras’ de la francesa se contrapone la habitual sobriedad de la violonchelista Ruslana Prokopenko en sus pasajes solistas, cargados de coherencia melódica y encanto, de cierta nostalgia contenida, algo a lo que se une de forma muy cálida el ensemble, arropando los diversos solos y ejerciendo de paisaje sonoro en todo el movimiento, tanto en lo más intimista como en los compases más danzables. Prokopenko y Piketty son, en este sentido, personalidades muy dispares a la hora de abordar la partitura, algo que enriquece con distintos matices la obra, que posibilita diversos enfoques en apenas unos compases. De nuevo, muy acertado el final del movimiento, con ese algo de soberbia, no exenta de comicidad y cierto patetismo, que rodea al tango.

El bellísimo diálogo entre solista y violonchelo vuelve a marcar el ‘Invierno porteño’, así como la alternancia de ambientes entre materiales muy vibrantes y otros de carácter estático. Gran trabajo del GISXX en los pasajes fugados, muy compactos y orgánicos, así como en esas ‘no-citas’ que sin ser explícitas sí convocan parte de los aromas venecianos como fantasmas deambulando por las partituras bonaerenses. Por último, la ‘Primavera porteña’ explota el juego de pares dentro del ensemble de cuerdas, entre los violines 1 y 3, y la segunda viola y el primer violonchelo, reapareciendo el motivo imitativo del güiro. Consistente trabajo el del GISXX en todo el entramado polifónico que irá surgiendo de estos materiales, hasta su empaste final y triunfo de la frase expuesta con arco al comienzo del movimiento por el violín de Florian Vlashi. Destacan, de nuevo, los pasajes casi a dúo de Piketty con Williamson, que van conduciendo rítmicamente al conjunto hacia un hermoso final legatissimo, con el sugerente y hasta irónico apunte de los violines segundo y tercero, que remiten a la primavera vivaldiana, desvanecida como un eco plagado de calidez y auras sonoras.

Compositor que llevó a los límites la época de la que había surgido, un romanticismo que para muchos ya había alcanzado sus mayores logros con el último Mahler, Richard Strauss (Munich, 1864-Garmisch, 1949) tiene en la delicadísima Capriccio (1941) una de sus piezas de más compleja ejecución en cuanto a dar con el estilo que caracteriza esta clasicista reflexión sobre la musicalidad del lenguaje. Extraído de la ópera, el Sexteto de cuerda que hoy abordaba el GISXX requiere una musicalidad muy cantabile de sus instrumentistas, al tiempo que cierto encanto con una pátina algo decadente, presa de la nostalgia, del rumor de una melancolía que no cesa, aunque sin caer en lo afectado. He de reconocer que me cuesta encontrar el sentido a esta obra en el programa de hoy, aunque resulta muy didáctico confrontar su sonoridad con la de un Ligeti que compone sus primeras grandes obras apenas una década más tarde, señalando ya un nuevo camino, a pesar de que, como veremos más adelante, partiera también de la más sólida tradición musical de su espacio cultural (entendido en sentido amplio) de origen.

La ejecución del Sexteto nos mostró a una Ruslana Prokopenko muy seca en su sonido, sin la pátina straussiana que precisan estas notas, que es lo que las hace, aunque sin duda anacrónicas, irremediablemente bellas y atractivas; una belleza muy fin de siècle aunque ya en medio de un siglo que estaba por entonces en el apogeo de la locura bélica, ésa que causó buena parte de las más nostálgicas miradas al pasado de Strauss, en busca de un mundo que se desvanecía entre ruinas físicas y morales. Por el contrario, sí me han gustado los pasajes interpretados por Florian Vlashi y Luigi Mazzucato, plenos de sentido, así como por una lírica Lilia Chirilov en el acompañamiento. En general, la partitura precisa de más vuelo expresivo, y aunque técnicamente parezca sencilla, sigue siendo complejo, tanto ayer como hoy, dar con el punto exacto de esa belleza crepuscular, de esas conversaciones que como ecos de otros tiempos nos llegan del ayer. Quizá algo más de vibrato, un legato más convincente y todo aquello que sí destilaban, por ejemplo, directores como Karl Böhm o Wolfgang Sawallisch en sus ejemplares lecturas de Capriccio. Todo ello hubiese penetrado de un modo más veraz en el corazón de cuanto se condensa en este Sexteto.

Por último, de un maestro a todas luces genial como György Ligeti (Dicsöszentmárton, 1923-Hamburgo, 2006) escuchamos su Cuarteto de cuerda Nº1 ‘Métamorphoses nocturnes’, escrito en Budapest entre 1953 y 1954. Nos dice el propio Ligeti que la inspiración para su Cuarteto Nº1 provenía de los Cuartetos Nº3 (1927) y Nº4 (1928) de Béla Bartók, que conocía a través de sus partituras, pues su ejecución pública estaba prohibida en una Hungría que Ligeti recuerda en aquellos años ahogada por el realismo socialista. Pero no sólo Bartók, que hacía menos de una década había muerto en su exilio norteamericano, se encuentra en su génesis, pues del mismo modo Ligeti reconoce que el modelo del clasicismo vienés, con Haydn y las posteriores Variaciones Diabelli de Beethoven, es un sustrato nutricio para una obra desarrollada por un proceso de variación en bloques melódicos muy entrecortados, lo que le confiere una sensación de enorme pluralidad y modernidad discursiva. Es por ello que, de algún modo, se entronca en la columna vertebral de la que también había despuntado Strauss, siendo para Ligeti su obra tradicional en cuanto a la articulación de la forma y moderna por lo que se refiere a la escritura de melodía, armonía y ritmo, orientados hacia un cromatismo total.

Con Florian Vlashi y Lilia Chirilov en los violines, Raymon Arteaga en la viola y Ruslana Prokopenko al violonchelo, el GISXX ofreció una lectura un tanto desigual de esta difícil partitura; una lectura que más que a los cuartetos intermedios de Bartók parecía remitirse al Sexto cuarteto (1939) del magiar, mucho más moderado y ‘conservador’ que sus vehementes predecesores. Teniendo en cuenta la ilustre nómina de cuartetos que han sentado cátedra en esta partitura, y pienso en el Arditti, en el Artemis o en el Hagen, se hace difícil hoy en día ser convincente si no se desarrolla una lectura técnicamente impecable. El GISXX convenció especialmente en los tempi lentos, en el ‘Adagio, mesto’ y en el ‘Andante tranquillo’, así como en los pasajes más unísonos, mientras que en los entramados polifónicos su construcción hubiese requerido más personalidad en cada voz, al tiempo que una mayor coherencia en el sentido. Otros pasajes, como el ‘Tempo di valse’, sonaron elegantes y con mordiente casi expresionista, desengañados, como si en los arcos de estos músicos aún resonase el ambiente opresivo del estalinismo tras el ‘Telón de acero’, ámbito del que buena parte de ellos provienen. Pasaje muy vibrante, que han conectado en su manejo de las dinámicas con una alternancia enfática y bartokiana de ley, aunque se podría pedir un mayor refinamiento técnico en las múltiples sutilezas que disemina Ligeti por su partitura. El ‘Allegretto’ me ha gustado por su énfasis rítmico, así como por la sequedad con un punto de distancia de Prokopenko en sus pizzicatti. No tan convincente ha sonado un pasaje tan difícil como el arranque del ‘Prestissimo’, ya que si bien ha estado bien regulado en el plano dinámico, en la definición técnica pide un poco más de modernidad en su digitación. Sí me ha gustado, por la contra, el pasaje de glissandi continuo expuesto como telón de fondo al tema melódico que se va fugando entre los diversos atriles hasta ese largo canto de violonchelo, de nuevo muy sobrio y contenido en el arco de una Prokopenko hoy más circunspecta de lo habitual. Hermoso final, igualmente, con un coherente legato de viola y violonchelo mientras los dos violines exponen sus sombrías frases, especialmente nocturnas y apesadumbradas en el violín de Lilia Chirilov, que a pesar de algún desliz técnico me ha parecido una intérprete de sorprendente afinidad con el lenguaje ligetiano, plena de coherencia y sentido. Raymon Arteaga, en cambio, creo que no ha tenido su noche y por el lado de la viola ha quedado un tanto coja esta lectura viguesa. En marzo de 2011 el GISXX vuelve a abordar este Cuarteto Nº1 de Ligeti en A Coruña; esperamos estar allí para constatar la evolución de su trabajo.

Como en el caso de las obras de Piazzolla y Strauss, el cuarteto ligetiano fue muy bien recibido por el público de Vigo, mayoritariamente conformado por gente de avanzada edad. Nada de pitidos ni de reacciones adversas para partituras que en algún caso no son en absoluto sencillas... Uno sigue sin comprender, acumulando ya unos cuantos conciertos con repertorios comprometidos a sus espaldas y recepciones generalmente positivas, el conservadurismo de nuestros programadores... En fin, uno de los viejos problemas de nuestros apolillados auditorios.
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